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En globalización, Trump y China se parecen más de lo que se cree

Los presidentes de EE.UU. y China usan una retórica diferente pero sus visiones del mundo son similares

El presidente de China, Xi Jinping, fue a Davos para alabar la globalización. El recién elegido presidente de Estados Unidos, Donald Trump, fue a Washington para enterrarla.

“Buscar el proteccionismo es como encerrarse en una habitación oscura”, dijo Xi en Davos a las agradecidas elites. Días después, Trump replicó: “La protección llevará a una gran prosperidad y fortaleza”. Steve Bannon, el principal estratega de Trump, sugirió comparar los discursos: “Son dos visiones diferentes del mundo”.

Pero las apariencias engañan. La primera semana de Trump en la Casa Blanca sugiere que sus visiones y las de Xi sobre el mundo podrían tener más en común de lo que parecen, lo que potencialmente puede representar malas noticias para el resto del mundo.

China nunca aceptó el modelo liberal occidental de la globalización, según el cual las fuerzas del mercado deben operar a través de las fronteras en gran parte libre de la interferencia de gobiernos nacionales. China subordina las fuerzas del mercado y las relaciones comerciales a la visión dominante del Estado sobre el interés nacional. Trump muestra un enfoque similarmente nacionalista del mundo: retiró a EE.UU. del Acuerdo Transpacífico de 12 naciones e impuso nuevas restricciones a la entrada de extranjeros, además de planear construir un muro a lo largo de la frontera mexicana y considerar imponer impuestos a las compañías que llevan su producción al exterior.

La orientación política fundamental de Xi es nacionalista, no globalista, dice Andrew Batson de Gavekal Dragonomics, una firma de investigación con sede en China. Eso también se aplica a Deng Xiaoping, que abrió China al mundo en 1979, dijo. Xiaoping apuntaba a todo lo que hiciera mejor a China sin ningún compromiso ideológico a la libertad de mercados o de comercio por sí mismas. “Xi está más bien en esa tradición. Su eslogan es realmente, hacer a China grande otra vez”.

Este punto puede encontrarse enterrado en medio de los tópicos y proverbios en el discurso de Xi en Davos: China ha seguido el “camino del desarrollo que le conviene” y se niega a “seguir ciegamente” a los demás.

Ese camino significó darle la bienvenida a la inversión extranjera y de paso usar la palanca de su gigantesco mercado para obtener una transferencia de experiencia y tecnología a las compañías chinas. Implicaba también el uso de subsidios, restricciones de licencias, compras gubernamentales y un sinnúmero de otras políticas para restringir la competencia extranjera con los campeones nacionales chinos, desde automóviles hasta tarjetas bancarias. Significaba también mantener el valor de su moneda bajo para sostener grandes superávits comerciales.

China ha reconsiderado el camino de las pasadas hegemonías económicas mundiales. Como escribió Ha-Joon Chang, un escéptico del libre comercio de la Universidad de Cambridge, Gran Bretaña no adoptó el libre comercio hasta el siglo XIX, cuando se había convertido en la indiscutible potencia económica mundial. EE.UU. mantuvo altos aranceles hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Eso no prueba que el proteccionismo haya causado la industrialización. La inversión, los derechos de propiedad privada y la alfabetización fueron mucho más importantes. Pero el libre comercio es políticamente más fácil de vender desde una posición de fortaleza.

La globalización ha permitido a China industrializarse y sacar a millones de la pobreza, manteniendo la capacidad de favorecer a sus propias empresas en el país.

“A China le gustan las reglas actuales porque limitan a otros más que a ella”, dice Brad Setser, especialista en economía internacional del Consejo de Relaciones Exteriores. La pregunta, dice Setser, es si, al igual que hicieron antes Gran Bretaña y EE.UU., China está ahora “segura de su capacidad para competir y se ha graduado de la protección de la industria infantil. Yo lo creería más firmemente si China no persiguiera tan agresivamente una política industrial en áreas como los semiconductores y la aviación”.

Aunque China ha cumplido gran parte de los compromisos adquiridos en tratados internacionales, las empresas extranjeras se han vuelto menos optimistas en medio de barreras regulatorias, competencia con las empresas chinas y una aplicación cuestionable de la ley, según el Consejo Empresarial EE.UU.-China.

Con excepciones ocasionales, EE.UU. no ha apuntado a niveles a particulares de empleo ni al balance comercial, sino que buscó establecer reglas bajo las cuales sus empresas podrían competir libremente. El TPP, lanzado por George W. Bush y negociado por Barack Obama, no sólo debía promover el crecimiento, sino también consolidar las relaciones estratégicas y crear nuevos códigos transnacionales de conducta empresarial.

Trump puede estar señalando que esa era ha terminado. En su lugar, está emulando a China en el uso del apalancamiento del mercado estadounidense y el brazo fuerte del gobierno federal para extraer mejores términos de empresa por empresa y de país por país. Al igual que China, eleva la cohesión nacional por encima del argumento económico y de la aceptación humanitaria de más inmigrantes y refugiados, y al igual que China, aboga por la “no interferencia” en los asuntos de otros. “Es el derecho de todas las naciones a poner sus propios intereses en primer lugar”, dijo. “No buscamos imponer nuestro modo de vida a nadie”.

Está en duda si EE.UU. puede o no replicar el éxito de China. Beijing busca proteger nuevas industrias. Trump trata de preservar empleos bien remunerados en industrias maduras inherentemente vulnerables a la automatización o las importaciones. Las barreras extranjeras de represalia podrían afectar a los sectores más exitosos de EE.UU., como el software, la agricultura y los aviones. El tradicional compromiso de EE.UU. con las leyes y el debido proceso es incompatible con la simbiosis entre las empresas y el gobierno sobre la que se basa la “economía socialista de mercado” de China.

El que más pierde, sin embargo, es el resto del mundo. Eso es porque el mensaje no es que China sea ahora el guardián de una economía global abierta; es que nadie lo es.

Fuentes: WSJ

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