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El Presidente, ni es Mauricio ni es Macri

El jefe de Estado hoy ni es “Mauricio”, el que ganó las elecciones. Ni es “Macri”, el apellido familiar que se hizo al sol de los negocios con el Estado.

No hay que subestimar al Presidente. Sin embargo el jefe de Estado hoy ni es “Mauricio”, el que ganó las elecciones ni es “Macri”, el apellido familiar que se hizo al sol de los negocios con el Estado. La propensión a gustar a partir del marketing político lo vació de aquello que los otros/nos-otros conocíamos de él.

El logro de Mauricio fue llenarse de positividad, disociándose de Macri, ese vestigio de negatividad que arrastró gran parte de su vida. Año y meses de gobierno fueron suficientes para reavivar lo que todos habíamos olvidado de él. Ahora no les alcanza a los que votaron a Mauricio, y más temible pasó a ser para aquellos que no querían a un Macri.

La conquista de la transparencia, despojando a Macri de todo lo malo - al mejor estilo del filósofo Byung Chul Han - , dio lugar a un Mauricio bueno y sometido a acciones operacionales, de gestión, como parte de procesos de cálculo, dirección y control. Bien al estilo corporación, mucho excel con el mejor equipo de los últimos 50 años y prescindente de política. Desmontado el ensayo y poniéndolo a juicio de la realidad, las consecuencias comienzan a estar a la vista.

Pero no hay que subestimar al Presidente. Él está a tiempo aún de ser el mejor de lo mejor de sus dos versiones. Y por qué no, tiene todo para llegar a ser superior a las últimas versiones presidenciales.

Las encuestas empiezan a ser claras. Al menos 6 de cada 10 argentinos ya no tienen una visualización positiva de “Mauricio and Macri”. El nivel de desconfianza creció. Los que votaron a Mauricio lo empiezan a ver más Macri. Comienza a caber la duda ¿A quién votamos? El resto confirma temores. Algunos estupefactos. Otros oportunistas incendiarios.

El propio Presidente se desdibuja a sí mismo. Los fallidos son todos propios y los aciertos son de la oposición. Dirían en el barrio, “se come todos los amagues y en muchos casos los goles son en contra”. Esta idea propia, suya, caprichosa, de someter la legitimidad de su título presidencial de 2015, en una contienda electoral de medio término, es otro error. ¡La final no es en octubre, sino en 2019 Señor Presidente!

Para volver a ser Mauricio, debe dejar el gradualismo en la política. Menospreciar en parte la tozuda coyuntura, elevarse sobre la agenda que lo acorrala, e imponer un poder seductor, inteligente, que consiga que la sociedad entienda a dónde está y hacia donde la lleva. El Presidente, en estas circunstancias, además está obligado a buscar incluso, otros rivales. Generar nuevos acuerdos, conducir a la Argentina a un formato racional. El pasado no debería ser su única contienda. En soledad, el pasado paraliza.

No hay que subestimar al Presidente. Mauricio Macri debe reestrenar una figura cargada de astucia más que de transparencia o positividad. Como explicaba Nietzsche, “hay mucha bondad en la astucia”. El Presidente puede confluir en lo más astuto de Mauricio y de Macri, ponerse por encima del fracaso y construir una estrategia de poder, no sólo de gobierno. Explotar lo mejor que junto tiene ser “Mauricio+Macri”.

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