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Los desafíos del presidente Macron: economía y Europa

El nuevo jefe de Estado galo tendrá que reactivar el avance del PIB y del empleo, reducir la deuda y restaurar la competitividad global del país.

Francia suspira esperanzada y Europa respira aliviada. Lo que hace unos meses parecía imposible ha sucedido. La conservadora e inmovilista Francia apuesta, con riesgo, por la nueva política del joven, inteligente, decidido e inexperto Emmanuel Macron. Es la apuesta por la apertura, por la modernidad y por la adaptación a una nueva era y un nuevo mundo postcrisis. Un 62% de los ciudadanos franceses, desencantados de las élites y la corrupción, fustigados por la lacra del desempleo y desconfiados de los partidos tradicionales, temerosos pero esperanzados, depositan su confianza en un nuevo y atípico presidente. Un presidente con nuevas ideas que habla de crecimiento e igualdad, de prosperidad compartida, de innovación y modernidad, de flexibilidad y apertura de fronteras, de proyecto común con Europa.

El presidente Emmanuel Macron se enfrenta a un reto sobrehumano: detener el declive secular económico, social, cultural y político de Francia y encaminarla al progreso y la modernidad, compartiendo su soberanía dentro de Europa. Una tarea titánica en la que han fracasado, durante décadas, tanto la derecha como la izquierda. La primera gran derrota de los emergentes partidos populistas.

La herencia de Macron es un gran país enfermo. Un país con un crecimiento potencial por debajo de la media europea, con dificultades para la creación de empleo, con deterioro creciente de su competitividad internacional, con un estado de bienestar insostenible, con una administración mastodóntica, burocrática e ineficiente y con un sistema educativo no adaptado a las exigencias de la nueva era tecnológica.

Una parte importante de la sociedad carece de dinamismo, tiene aversión al cambio, a la apertura , a la globalización, y vive con la añoranza del pasado, de la grandeur del imperio. A pesar de todo, sigue siendo un gran país, una de las grandes potencias económicas y políticas mundiales y el principal símbolo de la cultura europea.

Macron tendrá que hacer frente a tres grandes retos económicos: devolver a Francia a la senda de crecimiento y la creación de empleo, reducir su alto endeudamiento público y privado, y restaurar la declinante productividad y competitividad global de su rígida economía.

El reto más importante de Macron es devolver a Francia al crecimiento y la creación de empleo. En la década anterior a la crisis, Francia creció dos décimas por debajo de crecimiento de la eurozona. En la salida de la crisis languidece con un débil crecimiento del 1,1 % en 2016. Insuficiente para rebajar la tasa de paro del 10%, un desempleo juvenil del 23,7% y un paro de larga duración de los más altos de la eurozona.

Un crecimiento débil y desequilibrado, impulsado fundamentalmente por el consumo, pero con una débil inversión empresarial y una balanza comercial crónicamente deficitaria. Francia pierde cuota en los mercados exteriores y sus exportaciones apenas alcanzan el 21% del PIB, frente al 39% de Alemania o el 25% de España.

El terrorismo está dañando el turismo, uno de los principales pilares del crecimiento de Francia. Por si fuera poco, su balanza por cuenta corriente es deficitaria. Lo cual indica la creciente necesidad de financiación y el elevado endeudamiento externo, que la hacen dependiente y vulnerable a una nueva convulsión de los mercados financieros.

La causa fundamental de la falta de dinamismo de su economía es el débil crecimiento de la productividad. En las últimas décadas el crecimiento de la productividad se ha ido debilitando hasta su estancamiento por debajo del 1%. Los costos laborales unitarios están por encima de la media de la eurozona, y siguen creciendo en la salida de la crisis. Los márgenes de las empresas se reducen y su capacidad exportadora se debilita. Las principales causas subyacentes de esta decadencia económica son: una administración sobredimensionada, burocrática e ineficiente, un mercado laboral rígido, escasa competencia en el mercado de bienes y servicios, excesiva burocracia, alto endeudamiento público y elevada fiscalidad.

La administración pública de Francia está sobredimensionada y es ineficiente. El gasto público alcanza el 57 % del PIB, el más alto de la eurozona tras Finlandia. El gasto social de su Estado de Bienestar es de los más altos de Europa. El mantenimiento de la administración se come un 18% del presupuesto. El número de funcionarios por habitante supera la media europea. El endeudamiento público se eleva al 96% del PIB, por encima del 90% de la Eurozona. El déficit público, a pesar de la prórroga otorgada por Bruselas, se resiste a bajar del 3,4%. La cuña fiscal y social que tienen que soportar las empresas debilita sus márgenes y reduce su competitividad. La excesiva burocracia y reglamentación lastra la creación de empresas y perjudica su desenvolvimiento. La reforma de la administración pública es el principal y más difícil reto de Macron .

Mercado laboral rígido

El mercado de trabajo es muy rígido. La tasa de desempleo se resiste a bajar del 10%. El desempleo juvenil alcanza el 23,7 % y el paro de larga duración es de los más altos de la eurozona. Es un mercado dual, con excesiva protección de los trabajadores fijos y alarmante crecimiento del empleo temporal. La rígida reglamentación laboral y la lentitud de la justicia dificultan la contratación y penalizan el despido. El excesivo proteccionismo y la falta de control desmotivan la búsqueda de empleo. La formación profesional es mejorable y las políticas activas de formación y adaptación a los requerimientos de las empresas son insuficientes para reducir el paro de larga duración. La reciente reforma laboral ha sido insuficiente, Macron deberá profundizar en ella.

Una de las causas de la pérdida de competitividad de las empresas es la falta de concurrencia en los mercados de bienes y servicios. Existen demasiadas barreras de entrada en el mercado de servicios profesionales. La excesiva reglamentación y la escasa libertad de apertura y de libertad de horarios lastran al mercado del comercio minorista. La liberalización del mercado de bienes, y sobre todo el de servicios, es una reforma acuciante. El hasta ahora excelente sistema educativo de Francia está anquilosado, incapaz de adaptarse a las nuevas exigencias de formación de la revolución de las nuevas tecnologías. Las universidades francesas no están en el ránking global de excelencia de las mejores universidades. La formación profesional tiene que adaptarse a las nuevas exigencias. Francia está perdiendo la carrera de la innovación y el desarrollo de tecnológico.

Misión casi imposible

¿Podrá hacer frente Macron a semejantes desafíos, con un partido recién nacido, enfrentándose a las élites de los altos funcionarios, de las empresas públicas y de los poderosos sindicatos, que lucharán por preservar su poder ancestral? Una misión difícil, casi imposible, pero inevitable. Su actual programa es breve y ambiguo, y con algunas aparentes contradicciones. Su enfoque es socio-liberal. Su propuesta de reducir y hacer más eficienciente la administración pública, reduciendo el gasto público, los impuestos y el número de funcionarios, convive con la promesa de aumentar la inversión pública en 50.000 millones de euros, mantener las pensiones y el sistema de bienestar social, aumentar el gasto en defensa interior y proteger a los sectores más débiles. No dice cómo lo va hacer. Con un gobierno débil, tras las próximas elecciones legislativas, tendrá que concretar sus políticas, en cohabitación y pacto con los partidos tradicionales. No será una tarea fácil para un gobierno débil, con un parlamento fragmentado. Que se lo pregunten a Mariano Rajoy.

La propuesta más firme de Macron es su apuesta por más Europa. El eje franco-alemán se verá fortalecido, pero con el liderazgo absoluto de Alemania. La ruta de avance en la integración a varias velocidades que defiende Angela Merkel se verá fortalecida. Avance que estará condicionado al cumplimiento de la reglas de juego, al equilibrio presupuestario, a la disciplina fiscal y a la ortodoxia financiera, sin olvidarse de una austeridad aliviada. Sustancialmente nada habrá cambiado, pero Angela Merkel respirará aliviada.

Fuentes: Expansión

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