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Fiscalidad internacional para dummies

Martín Litwak

Así como las golondrinas migran en busca de climas cálidos por cuestiones de alimentación, los capitales migran desde los infiernos tributarios a los paraísos fiscales. 

El problema no son los paraísos fiscales, sino los infiernos tributarios

Esta columna pretende resumir, en tan pocas palabras como sea posible y en lenguaje absolutamente llano, dos libros, decenas de artículos académicos, cientos de conferencias, dos décadas de estudio y trabajo de campo.

No se trata de un objetivo sencillo, pero – de lograrlo – pienso que va a venir muy bien. Es que cansa leer opiniones sobre cuestiones de política tributaria provenientes de personas sin la más mínima capacitación en la materia o de gente cuyas creencias políticas les obnubila la mirada.

Empecemos por el principio.

Desde un punto de vista tributario, existen tres tipos de países o jurisdicciones:

  1. los paraísos fiscales;
  2. los infiernos tributarios; y
  3. los que no son ni una cosa ni la otra.

Más allá de lo que pudieron haber leído al respecto, los paraísos fiscales no son antros en los cuales corruptos, terroristas y otros tipos de criminales esconden sus botines (todos los paraísos fiscales menos Estados Unidos, de hecho, intercambian información financiera de forma automática con el resto del mundo con lo cual sería bastante tonto que alguien pretendiera esconder algo allí), sino que son Estados o territorios que comparten las siguientes características:

  • ofrecen un alto grado de seguridad jurídica;
  • creen – y de alguna manera participan – en la competencia fiscal (es decir, creen en el derecho soberano de cada Estado de fijar los impuestos sin intromisiones de terceros);
  • protegen el derecho a la propiedad de las personas; y 
  • protegen el derecho a la privacidad de las personas.

Esto último, que puede parecer menor, no lo es para nada. Recordemos que cuando los pagadores de impuestos del Reino Unidos se opusieron a la creación del Impuesto a la Renta, allá por 1841, lo hacían sobre la base de que, para ellos, el gobierno no tenía por qué saber cuánto dinero ganaban. De más está decir, que estamos totalmente de acuerdo con ellos.

Teniendo en cuenta la caracterización que hicimos más arriba, califican como paraísos fiscales tanto Panamá y las Islas Vírgenes Británicas como Suiza, Estados Unidos o los países bálticos.

Si vuestra visión de los paraísos fiscales es diferente, entonces se han dejado influenciar por las campañas de lobby de la OECD, el G-20 y demás organizaciones que aglutinan países de alta tributación e invierten fortunas en hostigar a las jurisdicciones offshore. 

Los infiernos tributarios, por otro lado, y muchos de los lectores se van a sentir reflejados aquí, son países en los cuales:

  • la seguridad jurídica es baja o nula;
  • los impuestos son altos;
  • los pagadores de impuestos son víctimas de un acoso permanente por parte del organismo recaudador de impuestos; y
  • existe una gran cantidad de impuestos en diferentes niveles, lo cual impide que el pagador de impuesto conozca el verdadero esfuerzo fiscal que hace.

Es bastante común que en estos países existan muchas personas con “Síndrome de Estocolmo Fiscal” que justifican la alta presión tributaria con argumentaciones pre-lógicas vinculadas a la “justicia social”, la “re-distribución de la riqueza” y demás.

Muchos de los países de América Latina calzan perfectamente en esta definición.

Entre ambos tipos de Estados, se encuentra un grupo de países que no son ni una cosa ni la otra. Por lo general, se trata de países con alta presión tributaria pero que a la vez ofrecen seguridad jurídica.

La mayor parte de los países de Europa se encuentran en esta categoría, y de allí su encono con los paraísos fiscales, que son más eficientes que ellos y pueden por ende ser más competitivos fiscalmente hablando.

En este tipo de países, es habitual que existan millonarios culposos, cuyos “argumentos” utilizan los grandes grupos de presión para atacar a los paraísos fiscales. Como siempre decimos, es muy sencillo adoptar esta postura luego de haber llegado a tener los patrimonios que tienen. Por otro lado, nada les impide declarar y pagar impuestos más elevados o hacer más donaciones. El mejor ejemplo de este tipo de personaje es Bill Gates.

Los capitales no se fugan, se fugan los presos

Ahora bien, siempre hemos dicho que los capitales son aversos al riesgo y desde hace un tiempo hemos graficado esto con una frase más clara aún: los capitales son mimosos y por ende van hacia donde los tratan mejor.

Se trata de un concepto tan sencillo como real.

Así como las golondrinas y otras aves migran en busca de climas cálidos por cuestiones de alimentación, los capitales migran desde los infiernos tributarios - y también desde los países de alta tributación - a los paraísos fiscales. Y lo hacen porque allí están más protegidos y reciben un mejor trato.

Sin perjuicio de los preconceptos que tiene la mayor parte de la gente, ignorante en esta materia, el principal objetivo no es tributario sino de protección patrimonial.

En el caso de América Latina, por ejemplo, la principal razón por la cual las personas con activos o residencia en la región estructuran sus patrimonios tiene que ver con la búsqueda de una mayor seguridad jurídica. Si se puede, adicionalmente a la obtención de esta mayor seguridad jurídica, conseguir una ventaja impositiva, que en general pasa simplemente por el diferimiento fiscal, y resolver el tema sucesorio, bárbaro. Pero la optimización fiscal, les guste o no, no es hoy en día el principal objetivo perseguido por familias latinoamericanas a la hora de encarar la planificación de sus patrimonios. 

Respecto de la privacidad, se trata también de un objetivo fundamental dentro de la planificación patrimonial pero no por el secreto en sí mismo ni por un tema de derechos civiles, sino porque tiene que ver justamente con la integridad física de las personas. Recordemos que América Latina, de acuerdo con un informe emitido con fecha octubrede 2019, tiene 43 de las 50 ciudades más violentas del mundo y que, de acuerdo con otro, 3 de los 10 países donde se producen más secuestros. En 2013, México representó el 20% de todos los secuestros del mundo.

No se puede medir todo con la misma vara y en algún momento la OCDE y los países de alta tributación van a tener que entender las diferencias que existen entre América Latina y el resto del mundo. 

Como siempre decimos, esperemos que lo hagan antes de que alguna persona sea asesinada o secuestrada como consecuencia del enfermizo intercambio de información que propone, exige y monitorea precisamente la OCDE a través del “Common Reporting Standard”. 

Volviendo al tema de la “migración de capitales”, hay dos cosas que siempre nos llamaron la atención:

  • quienes critican esta “fuga de capitales” (término ridículo si los hay) también pretenden que empresas extranjeras inviertan capitales en los países en los cuales ellos residen (es decir, la “fuga” es mala o buena dependiendo dónde reside quien la crítica); y
  • muchos de los que critican a la gente que protege sus ahorros fuera de su país de residencia no lo hacen con quienes eligen un barrio más seguro para vivir, un destino más seguro para vacacionar, usar paraguas cuando llueve o ponerse el cinturón de seguridad cuando se suben un auto; cuando básicamente en todos esos casos estamos haciendo lo mismo: protegiendo algo que valoramos (sea ello nuestro dinero, el estar secos, el vivir tranquilos, el disfrutar de un descanso o nuestra propia vida).

Solo pedimos un mínimo de conocimiento para opinar sobre cuestiones de política tributaria y coherencia al hacerlo.

 
 
 

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