Nacida en el seno de una familia acomodada y ligada al mundo de las artes y la literatura -su padre fue un destacado escritor de biografías-, atravesó una niñez marcada por la muerte de sus padres y los abusos constantes de sus medio-hermanos.
Esta infancia tormentosa le ocasionó a la joven escritora una serie de pensamientos depresivos que la acompañarían durante toda su vida.
A pesar de todo, Virginia Woolf nunca dejó de escribir y logró convertirse en una escritora única e indispensable a la hora de revisar la literatura del siglo pasado. A menudo comparada con el escritor irlandés James Joyce, Woolf desarrolló una obra donde la introspección y la búsqueda de la identidad se convierten en tópicos principales.
Su narrativa nos introduce como testigos de la modernización que tuvo lugar en la primera posguerra del siglo pasado. En su cumbre La señora Dalloway, Woolf pone en el centro un día de vida del personaje de Clarissa, una ama de casa típica de principios de siglo atravesada por su tiempo.
Los estragos de la guerra se hacen visibles cuando Septimus, un veterano del Ejército británico decide terminar con su vida tras sufrir estrés postraumático.
El flagelo de la guerra y el sufrimiento que causa a la población civil, sobre todo a las mujeres, quedaría plasmado en Tres Guineas, un manifiesto feminista y pacifista sobre el mundo que podrían construir las mujeres si les fueran otorgados espacios de poder.
La incipiente emancipación de la que gozaron las mujeres durante la guerra llevó a los intelectuales de la época a reflexionar sobre el rol de la mujer en la sociedad. Virginia Woolf, un ícono del feminismo literario, problematizó en Un cuarto propio, las dificultades que atravesaban las escritoras mujeres en un mundo hecho a medida por y para los hombres.
Para la literatura universal, la muerte de Virginia Woolf significó una pérdida irreparable. Su vida fue breve pero su legado vive en cada una de sus obras y en toda escritora que se ve inspirada por sus escritos.


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