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Festival de Baradero 2026: tres lunas atravesadas por la resistencia cultural

Por Jazmín Abdala

Portada

El cielo estaba pesado desde temprano, como si supiera. En Baradero, la primera luna del Festival Nacional de Música Popular Argentina empezó con esa amenaza que en cualquier otro contexto podría haber vaciado el anfiteatro. Pero no. La lluvia llegó, insistente, incómoda, por momentos intensa, y lo único que no logró fue mover a la gente de su lugar.

Había pilotos, bolsas improvisadas, mantas empapadas y cuerpos quietos. Había mates que seguían girando aunque el agua los enfriara. Había familias enteras, grupos de amigos, parejas abrazadas, gente sola que igual estaba acompañada. Nadie parecía dispuesto a ceder. Como si quedarse fuera, en sí mismo, una forma de decir algo.

Baradero 2026 casi no sucede. Y eso se sentía.

Durante semanas, el festival estuvo al borde de no realizarse. La falta de recursos económicos lo dejó en una zona incierta, incómoda, donde lo simbólico pesa pero no alcanza. No es una novedad que la cultura atraviesa momentos difíciles, pero cuando el riesgo alcanza a un festival con más de medio siglo de historia, la alarma deja de ser sectorial y se vuelve colectiva.

La salida apareció desde el sector privado, con una productora que decidió hacerse cargo de lo que parecía caerse. No es un dato menor ni neutral. Es, en todo caso, una señal de época. El festival se hizo, sí, pero con la sensación latente de que sostener estos espacios cada vez cuesta más, cada vez depende de decisiones excepcionales, de voluntades que no siempre están garantizadas.

Y sin embargo, ahí estaba la gente.

La primera noche no fue prolija. No fue cómoda. Fue, más bien, honesta. El escenario se encendió igual, con artistas que salieron a tocar bajo la lluvia, con técnicos corriendo contra el clima, con un público que no pedía perfección sino presencia. Eso generó algo difícil de explicar desde afuera: una especie de pacto silencioso entre quienes estaban arriba y quienes estaban abajo.

No importaba tanto la lista de temas, ni el orden de la grilla, ni siquiera las condiciones técnicas. Importaba estar. Resistir. Sostener.

En ese sentido, la lluvia terminó siendo casi un personaje más. No como obstáculo, sino como prueba. Y Baradero la pasó.

Lo que se vio esa primera luna fue, en esencia, lo que define al folklore cuando deja de ser una etiqueta y se vuelve experiencia: pertenencia. Una idea de comunidad que no necesita explicarse demasiado, porque se ejerce. Porque se queda bajo el agua cuando sería más fácil irse.

El segundo día encontró otro clima. Literal y simbólico. El sol apareció, el suelo empezó a secarse y el anfiteatro recuperó esa postal que se repite cada año: gente por todos lados, entradas colmadas, un murmullo constante que mezcla ansiedad, alegría y una especie de calma compartida.

La convocatoria fue masiva. Mucho más de lo que algunos esperaban después de una previa tan incierta. Pero el festival, incluso en su fragilidad, sigue teniendo algo que convoca. Algo que no se explica solamente por los nombres de la grilla.

Porque sí, están los artistas. Están las figuras consagradas, los que llenan escenarios, los que tienen trayectorias largas y reconocimiento. Pero Baradero no es solo eso. O no es principalmente eso.

Lo que pasa ahí tiene más que ver con lo que se genera entre las personas.

Hay algo en el aire, en la forma en que la gente escucha, en cómo se arman las rondas, en cómo se aplaude, en cómo se canta incluso lo que no se sabe del todo. No es un consumo pasivo. Es una participación activa, emocional, colectiva.

El folklore, en ese contexto, deja de ser un género musical y se convierte en lenguaje. Una manera de decir quiénes somos, de dónde venimos, qué nos importa. Y eso se siente en cada acorde, pero también en cada gesto del público.

El sábado fue eso: una confirmación de que el festival, incluso con todo en contra, sigue siendo un punto de encuentro.

Arriba del escenario, la diversidad fue evidente. Sonidos del litoral, del norte, del centro del país. Chacareras, zambas, chamamé, fusiones más nuevas, propuestas que mezclan lo tradicional con lo contemporáneo. No hay una única forma de hacer folklore, y Baradero lo sabe.

Esa mezcla no genera ruido. Genera diálogo.

Las nuevas generaciones no llegan a romper con lo anterior, sino a conversar con eso. A tensionarlo, a transformarlo, a hacerlo propio. Y eso es lo que permite que el folklore siga vivo. No la repetición, sino la reinterpretación constante.

En ese cruce también aparece algo interesante: el público acompaña. No se queda solo con lo conocido. Escucha lo nuevo, se abre, responde. Y eso no es menor. Porque sin esa apertura, no hay renovación posible.

La noche avanzó con esa energía sostenida, con momentos de euforia y otros más íntimos, con canciones que invitan a bailar y otras que obligan a quedarse quieto. Todo convive. Todo entra.

Para el domingo, el festival ya era otra cosa. O mejor dicho, ya había construido su propio clima. Esa especie de burbuja que se arma cuando un evento logra instalarse más allá de sus condiciones iniciales.

La tercera luna tiene siempre un peso distinto. Es el cierre, pero también es una síntesis. Una forma de condensar lo que pasó en los días anteriores.

Y en Baradero, eso se sintió.

El anfiteatro volvió a llenarse. La gente llegó con esa mezcla de entusiasmo y nostalgia anticipada que tienen los finales. Como sabiendo que algo se termina, pero también que algo queda.

Arriba del escenario, la presencia de figuras históricas reforzó esa idea de continuidad. De tradición que no se corta. De un hilo que viene de lejos y que sigue tejiéndose.

Pero lo más interesante no estaba solo ahí.

Estaba en la forma en que el público respondía. En cómo se generaban esos momentos de emoción compartida, donde no hay diferencia entre quien canta y quien escucha. Donde la distancia entre escenario y platea se vuelve, por momentos, inexistente.

Eso es difícil de construir. Y más difícil de sostener en el tiempo.

Baradero lo hace hace más de cincuenta años.

En paralelo a todo lo que pasaba sobre el escenario, había otra dimensión igual de importante: la económica y social. Porque un festival de estas características no es solo un evento cultural. Es también un motor para la ciudad.

Hoteles llenos, casas alquiladas, comercios trabajando a ritmo intenso, puestos de comida que no paran, feriantes, trabajadores independientes. Todo eso forma parte del entramado que hace posible el festival.

Y en un contexto donde muchas economías locales están golpeadas, ese movimiento no es menor.

Por eso, cuando se habla de la dificultad para sostener estos espacios, no se trata solo de una discusión cultural. Se trata también de una discusión económica. De entender que la cultura no es un gasto, sino una inversión que impacta de manera directa en múltiples niveles.

Baradero 2026 puso eso en evidencia.

Pero también mostró algo más profundo.

Mostró que, incluso cuando las condiciones no son las mejores, hay algo que empuja para que estos espacios existan. Algo que no siempre se puede medir en números.

Tal vez tenga que ver con la necesidad de encuentro. Con la posibilidad de sentirse parte de algo más grande. Con esa idea, un poco difusa pero muy real, de que hay experiencias que no se reemplazan.

El folklore tiene eso.

Tiene una raíz que no se ve, pero que sostiene. Que atraviesa generaciones, contextos, crisis. Que cambia de forma, pero no desaparece.

En Baradero, eso se vuelve visible.

Se vuelve canción, pero también se vuelve cuerpo, se vuelve abrazo, se vuelve permanencia.

La imagen de la primera noche, con la lluvia cayendo y la gente sin moverse, queda como una síntesis perfecta de todo lo que fue el festival. Porque ahí está todo: la dificultad, la insistencia, la decisión de quedarse.

No fue un festival perfecto. Y quizás ahí está su mayor valor.

Fue un festival real. Atravesado por problemas concretos, por tensiones, por limitaciones. Pero también por una enorme capacidad de sostenerse.

Y eso lo vuelve, de alguna manera, más significativo.

En tiempos donde muchas cosas parecen frágiles, donde lo inmediato gana terreno, donde lo cultural muchas veces queda relegado, Baradero aparece como un recordatorio.

De que hay tradiciones que siguen latiendo.

De que hay comunidades que se siguen encontrando.

De que hay músicas que siguen diciendo.

Las tres lunas no fueron solo tres noches de shows. Fueron tres momentos donde algo se reafirmó. Donde, a pesar de todo, el folklore encontró su espacio.

Y la gente también.

Porque al final, más allá de los nombres, de la producción, de las discusiones sobre financiamiento, lo que queda es eso.

La experiencia.

El haber estado.

El haber sido parte de algo que, por un rato, hizo que todo lo demás quedara un poco al margen.

Baradero sigue ahí.

No como una garantía, sino como una posibilidad que hay que cuidar.

Porque si algo dejó esta edición, es la certeza de que estos espacios no son eternos por sí solos.

Se sostienen.

Se defienden.

Se habitan.

Y mientras haya gente dispuesta a quedarse bajo la lluvia para que eso suceda, el folklore va a seguir teniendo un lugar.

Aunque cueste.

Aunque duela.

Aunque, como este año, casi no pase.

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Jazmín Abdala

Jazmín Abdala

Periodismo en estado de pregunta.
Política y literatura como territorios de disputa.
Entre libros y coyunturas escribo lo que incomoda para leer la realidad.
Desde Buenos Aires, Argentina, la cuna de las contradicciones.

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