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El cielo está encantador

Por Jerónimo Alonso

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En su documento figuraba Carlos Alberto Solari. Pero hacía mucho tiempo que ese nombre había quedado reservado para trámites y formalidades. Para el resto del país era el Indio: un músico más para algunos, un poeta para otros, un ícono para muchos y una figura imposible de ignorar incluso para quienes nunca escucharon una de sus canciones. Una semana después de su muerte, esa identidad colectiva parece más viva que nunca.

Solari era un tipo especial que vivía en La Plata y observaba el mundo con desconfianza y curiosidad hasta que en 1976 fundó, junto al guitarrista Eduardo “Skay” Beilinson, su obra cumbre: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Ya desde su nombre extravagante, Los Redondos prometían romper con lo superlógico del rock nacional.Lo que comenzó como una banda de culto en el under convirtió a Solari en la figura más convocante del rock latinoamericano, poseyendo así el pogo más grande del universo.

Un ángel para la soledad

Desde Los Redondos hasta los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, nunca pareció hablarles a los vencedores ni a los amos que juegan al esclavo. Sus canciones encontraban a quienes habían sufrido cosas peores, a los que se sentían fuera de lugar, a los que avanzaban por la vida convencidos de que todo preso es político, de que el mundo rara vez era tan simple como pretendían hacerlo ver, y a quienes, gracias a Dios, tampoco creían en lo que oían.

En sus letras habitaban perdedores entrañables, personajes golpeados por la realidad y almas que buscaban refugio. Encontraron compañía, no solo en las bandas, sino también entre ellos mismos. Eran el futuro que había llegado hace rato, eran los jóvenes que debían flamear las banderas de sus corazones, luciese o no el sol.

Había una sensación difícil de explicar. El Indio parecía conocer las historias de quienes lo escuchaban sin haberlos visto jamás. Muchos ricoteros encontraron en sus palabras una voz que los acompañaba cuando nadie más parecía hacerlo, pero recordándoles que se merecían bellos milagros y que iban a ocurrir.

Mientras buena parte de la cultura celebraba lo mainstream personificado en una "bestia pop", sus canciones se detenían en los márgenes. Allí estaban los solitarios en el puticlub, los desencantados, los que seguían adelante aun cuando el camino parecía oscuro. Para ellos escribió versos que terminaron funcionando como abrazos colectivos. "Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón" dejó de ser una frase de canción para convertirse en una forma de resistir.

La identificación fue tan profunda que trascendió su música. Para miles ocupó un lugar parecido al de un compañero de vida. Un hombre que entendía que la vida podía ser dura y que, aun así, siempre había motivos para seguir adelante porque la suerte del principiante no podía fallar.

En un país acostumbrado a los ídolos, el Indio terminó siendo otra cosa. Para muchos fue la voz que aparecía en los auriculares durante las peores noches. Para otros, el responsable de recordarles que todos nos merecíamos bellos milagros que tarde o temprano, ocurrirán. Y para una generación entera, simplemente, su único héroe en este lío.

Las despedidas son esos amores dulces

Durante horas, miles de ricoteros de todas partes de Argentina lo homenajearon en el Parque de los Trabajadores de Villa Domínico. En el dolor de haber despido a su ídolo, había canciones de quien les había puesto palabras a sus alegrías, derrotas y soledades. Sin importar dónde vivían, los fanáticos viajaban horas a cualquier ciudad para asistir a las misas ricoteras, misas que eran mucho más que ver un recital de rock and roll.

La muerte nunca fue un tema ajeno al universo del Indio. Habitó sus canciones y entrevistas disfrazadas en una especie de profecía. Sin embargo, lejos de temerle, parecía observarla con la misma curiosidad con que había mirado al mundo desde que era joven. Siguió escribiendo y grabando incluso cuando el Parkinson ya condicionaba por completo su vida cotidiana. Quería que la muerte lo encontrase vivo y para ello, fundó El Mister y los Marsupiales Extintos, una banda en paralelo a Los Fundamentalistas donde, con una música más experimental, lo mantenía más activo.

El Mister le dedicó emotivas palabras a Gustavo Cerati el día de su muerte, demostrando que siempre se habían encontrado del mismo lado de la mecha y que su rivalidad fue más un mito fomentado por los medios y el público que una enemistad real. En su carta abierta destacó estar convencido de que los verdaderos artistas conocían la muerte antes de morir, una frase que resumía su relación con el paso a la inmortalidad.

Al principio, la noticia de que el Parkinson agotó a la estrella generó un mar de incertidumbre entre sus seguidores. Varias veces se había hecho violencia mintiendo sobre su muerte y los ricoteros no querían morder el anzuelo una vez más hasta que la cuenta oficial de Instagram del artista fue heraldo de pésimas noticias y llegó el adiós

No faltaron quienes encontraron coincidencias asombrosas entre algunas de aquellas canciones y las circunstancias de su muerte. Pero más allá de cualquier teoría, lo cierto es que Solari llevaba décadas conversando con la finitud. Había aprendido que vivir costaba vida y que toda historia, incluso las más extraordinarias, termina enfrentándose a su última página. Para muchos, su despedida tuvo algo de cierre profético. El 5 de junio, a las nueve de la mañana (números que aparecen en su canción Flight 956, una metáfora de una despedida), en su casa de Parque Leloir, se confirmó que un ángel sonso y amateur lo condujo hacia el paraíso al que había sido condenado y el Indio Solari se marchó cantando.

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Jerónimo Alonso

Jerónimo Alonso

Me llamo Jerónimo y tengo 21 años. Actualmente me encuentro en el tercer año de la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Me gusta escribir de diversos temas para poder informar al público y contar historias poco conocidas o desde otra mirada.

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