No puedo decir que estuve en cuerpo, pero si de alguna manera en espíritu; cuando tenía 4 años, Lorenzo González, mi padre, fue llamado a integrar las filas de la aeronáutica civil que participaría del conflicto del Atlántico Sur por las Islas Malvinas, entre Argentina e Inglaterra.
Para entonces, Lorenzo ya no era más integrante de la Fuerza Aérea: se había dado de baja en 1979. Su pasión era volar, no la vida militar, y encontró en la aviación civil el apoyo que estaba buscando, de la mano de una empresa que por entonces era símbolo de una Argentina industrial. Se trataba de Astilleros Alianza, una corporación dirigida por Arnaldo Martinenghi, grupo empresarial con subsidiarias en el sector petrolero: el tipo de empresa que hoy nuestro país necesita. La compañía, que cerró en 1991, por entonces contaba con un avión turbohélice Swearingen Merlin III, una obra maestra de la aviación civil, y un helicóptero Hughes 500 C, otra máquina de valor estratégico tanto de uso civil como militar.
Cómo decía, llegada la guerra, pilotos de la Fuerza Aérea y civiles conformaron el Escuadrón Fénix y pilotearon aviones no militares que eran propiedad de empresas como Astilleros Alianza, para desarrollar misiones de alto riesgo: guiado de escuadrillas, de diversión, de retransmisión de comunicaciones, búsqueda y rescate, patrullaje a lo largo de la costa patagónica y transporte de personal y armamento. El 28 de abril, en la base aérea de Morón, quedó constituido dicho escuadrón de 133 miembros, entre pilotos, mecánicos y auxiliares, cuya función primordial fue la de complementar las operaciones de combate militares.
De aquel momento tengo el recuerdo de mi madre, Regina Gava, quien bajo la presión de tener a su marido en guerra cayó en una fuerte depresión. Ya éramos 3 los hijos de esa joven pareja, Lucas, de 2 años, Maxi de 7, y yo, de 4, y la partida de Lorenzo al Teatro de Operaciones en el Atlántico Sur debe haber sido para ella un golpe tremendo. Llena de miedo y stress, su cuerpo colapsó. Si mal no recuerdo, la afectó el Síndrome de Ménière: tenía constantes zumbidos en los oídos y mareos; de hecho, no podía valerse por sus propios medios. Mi abuela, Elsa, estuvo acompañándonos y ayudándola en esa instancia tan extrema.
Me imagino que algo parecido deben haber vivido las familias de todos los involucrados, porque la guerra trasciende la zona de combate y entra, en especial, en los hogares de los combatientes. Desde sus domicilios, los familiares esperan noticias todo el tiempo, con esperanzas, pero ante la posibilidad de que esa persona no vuelva más. Regina, inmigrante italiana de esas que llegaron a Argentina en barco después de la Segunda Guerra Mundial, se encontraba ahora nuevamente atravesada por la guerra, y me imagino que sentía que su mundo estaba en un terremoto constante.
De hecho, el miedo que sentía no era irracional: uno de los aviones del Escuadrón Fénix sería derribado el 7 de junio en tareas de exploración y reconocimiento. Se trataba de un Lear Jet, matrícula T-24, de dotación de la Fuerza Aérea Argentina, falleciendo en él todos sus tripulantes militares: el comandante, vicecomodoro De la Colina; el copiloto, mayor Falconier; el fotógrafo militar, capitán Lotufo; el suboficial de comunicaciones, suboficial ayudante Luna; y el mecánico de aeronave, suboficial ayudante Marizza. Todos pertenecían a la II Brigada Aérea, con asiento en la ciudad de Paraná. Así que, aunque se trataba de aviones civiles, el peligro de ser derribados era real, en especial por la peligrosidad de las misiones que realizaban, con aviones sin armamento y sin la posibilidad de eyectarse.
Fueron dos meses en los que Regina estuvo en cama, con el miedo de perder a su marido y al papá de sus hijos, lo cual habría sido devastador, teniendo ella menos de 30 años de edad por entonces. Recuerdo que con mis hermanos la acompañamos la mayoría del tiempo, viendo tele, escuchando noticias sobre la Guerra, la Marcha de Malvinas, que se repetía varias veces por día en la transmisión o programas como “Las 24 Horas de Malvinas”.
Nuestra casa estaba en guerra: aunque nos encontrábamos lejos de la zona de conflicto, acompañamos a Lorenzo y a todos los intervinientes en espíritu; las mujeres y los hijos de los integrantes del Escuadrón Fénix y de la Fuerza Aérea eran nuestros amigos, con muchos de ellos habíamos compartido reuniones de familia en el Barrio Aeronáutico de El Palomar y en otros sectores de la Zona Oeste del conurbano bonaerense; nosotros por entonces vivíamos en un humilde barrio de Castelar, de calles de tierra, no muy lejos de la base aérea de Morón.
Terminado el conflicto bélico, Lorenzo volvió a casa. No recuerdo mucho de aquel momento, pero en los años siguientes, la Guerra de alguna manera continuó. Regina mantuvo los síntomas del Síndrome de Ménière por años, y tuvo algunos episodios de epilepsia, inclusive mucho después de 1982. El zumbido en los oídos en cambio, le duró toda la vida. No estoy seguro cómo afectó la Guerra a mi padre: puedo decir que volvió de Malvinas más eufórico, y más militar de lo que era, más severo. La vida familiar fue afectada en muchos aspectos, y cierta tristeza se posó en el hogar desde aquel momento. Las emociones habían sido muy intensas, las sensaciones de vida y muerte, de todo o nada, y no fue fácil erradicarlas.
Pasó el tiempo y fui entendiendo más la Guerra de Malvinas, aunque mi padre poco me habló de todo lo vivido. Tardó mucho en llegar el reconocimiento para los Veteranos de Guerra, que estuvieron silenciados y ocultados de la vida política por muchas décadas: ellos fueron a la Guerra en apoyo de ningún gobierno, sólo en defensa del territorio y de su convicción patriótica.
Su reivindicación llegó junto con la conciencia de la gesta heróica que habían realizado en el sur del Atlántico, como una memoria perdida que el pueblo fue recuperando. Recuerdo las reuniones que se hacían en casa, durante la década del 80 y del 90 del siglo pasado, intentando organizar el Escuadrón Fénix como grupo de ex combatientes, lo cual se terminó realizando pero no sin desafíos. Las ideas de que la guerra había sido innecesaria y que, además, se había perdido, no permitieron apoyo político y civil por muchos años, mientras que las gestiones del Ejecutivo hacia la Causa Malvinas fueron también erráticas y muchas veces, inexistentes.
Con los años, también vi fotos de Lorenzo en esos días de guerra: joven, con un proyecto de vida por delante; ese formoseño que soñó con volar parecía calmo, acompañado por un grupo humano consolidado, sin miedo. Entiendo que él debió haber tenido, como sus compañeros, de manera constante, en su mente y en su corazón, a su familia: en esas fotos que me llegaron, y que ahora comparto, ese amor por quienes los estaban esperando en casa, se percibe en el rostro de cada uno de ellos.
Marcos González Gava es co fundador de Reporte ASIA y especialista en gestión de negocios y asuntos culturales con la República Popular de China, y la región asiática en general

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