El 7 de febrero de 1985 es un día que permanecerá grabado en mi memoria para siempre, sin importar cuántos años pasen.
Fue un día que transformó de manera profunda la dinámica de la guerra contra las drogas en México, y un día que cambió, de forma irreversible, el rumbo de mi propia vida.
Hasta entonces, mi futuro parecía claro. Me encontraba en mi último año de universidad, a punto de cumplir mi meta de convertirme en profesor de inglés. El camino era estable, predecible y honorable. Estaba muy cerca de alcanzarlo.
Entonces llegó la noticia del secuestro de Enrique Camarena en Guadalajara.
Recuerdo con absoluta claridad dónde me encontraba cuando lo supe. Recuerdo el peso de ese momento, no como un titular, sino como algo íntimamente perturbador. Un agente federal estadounidense secuestrado a plena luz del día. Las implicaciones eran inequívocas. Se habían cruzado límites. Las reglas habían cambiado.
Camarena no era un símbolo cuando fue secuestrado. Era esposo, padre y compañero. Un agente que hacía lo que los agentes hacen todos los días: cumplir con su deber, reunir inteligencia y enfrentar a organizaciones criminales que prosperan mediante el miedo y la corrupción.
Su secuestro no fue únicamente un acto de brutalidad. Fue un desafío abierto al Estado de derecho.
Ese día obligó a una reflexión profunda.
El secuestro y asesinato de Camarena destruyeron cualquier ilusión de que existieran límites que las organizaciones criminales respetarían. Marcó el inicio de una nueva etapa, definida por la intimidación, la violencia y el ataque deliberado contra quienes representaban la justicia.
Para mí, también fue un punto de inflexión.
Casi de inmediato, los planes que había trazado con tanto cuidado comenzaron a parecer insuficientes. La enseñanza de la literatura se sentía distante frente a la urgencia de lo que estaba ocurriendo. Sentí un llamado, no hacia la aventura ni el heroísmo, sino hacia la responsabilidad. Hacia el servicio. Hacia estar del lado de quienes estaban dispuestos a enfrentar lo que otros preferían ignorar.
Tomé una decisión que incluso a mí mismo me sorprendió.
Buscaría una carrera en la Administración para el Control de Drogas.
No hubo anuncios dramáticos ni grandes declaraciones. No hubo dudas. Una vez tomada la decisión, jamás miré atrás.
Ese día también cambió la manera en que el mundo percibía a la DEA.
Hasta el 7 de febrero de 1985, la agencia operaba en gran medida en las sombras. Nuestro trabajo era silencioso, meticuloso y, en gran parte, invisible para el público. Esa invisibilidad terminó en el momento en que Enrique Camarena fue secuestrado.
Lo que siguió fue extraordinario.
La muestra de apoyo —de todas las agencias federales y del Presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan— fue inédita y de alcance global. No se limitó a Washington ni siquiera a los Estados Unidos. Resonó en todo el mundo.
Es válido afirmar que, después de ese día, no hubo una sola persona en el mundo que no supiera qué era la DEA o, al menos, que no supiera que existía.
Pero ese reconocimiento tuvo un costo insoportable.
Muchos años después de haber ingresado a la DEA, también fui asignado a Guadalajara.
Caminé por las mismas calles que alguna vez recorrió Camarena. Cada día pasaba por el lugar exacto donde fue secuestrado. En días difíciles —a veces abrumadores— caminaba deliberadamente por ese punto. No por morbo, sino como un recordatorio silencioso. Un momento de reflexión compartido, aunque no se expresara en voz alta, por muchos de los que servimos después de él.
Me recordaba por qué estábamos ahí.
Sin importar lo duro que fuera un día, me repetía una verdad sencilla: no podía permitirme ser derrotado por un solo mal día. Al menos yo aún tenía un día. Él ya no.
Yo podía regresar a casa con mi familia. Él no.
Esa realidad me sostuvo, no solo en Guadalajara, sino a lo largo de toda mi carrera, especialmente durante mi tiempo en Monterrey, donde los desafíos eran constantes y las apuestas, implacables. Cuando la determinación flaqueaba, la memoria la restauraba.
Para la DEA, el 7 de febrero no es una fecha de visibilidad ni de reconocimiento institucional. Es un día de luto. Un día de memoria.
Cada año, en esta fecha, tomo un momento para orar por el alma de Enrique Camarena, por el bienestar de su familia y para dar gracias por el sacrificio supremo que hizo al servicio de algo más grande que él mismo.
Enrique Camarena no es recordado como una estadística ni como un expediente. Es recordado como un hermano caído. Como un símbolo de deber, sacrificio y firmeza.
El 7 de febrero de 1985 no solo transformó políticas y operaciones en la guerra contra las drogas. Transformó vidas, incluida la mía. Y décadas después, su eco permanece.
Este es un día de luto.
Un día de memoria.
Un día para honrar a nuestro héroe eterno.
Ninguno de nosotros que portó la placa olvidará jamás este día.
Nota del autor
Esta reflexión está escrita en memoria.
El 7 de febrero es un día de luto dentro de la Administración para el Control de Drogas (DEA), una fecha dedicada a honrar la vida y el sacrificio del agente especial Enrique “Kiki” Camarena. Para quienes servimos, su secuestro y asesinato no fueron hechos abstractos ni historia lejana; marcaron carreras, transformaron instituciones y dejaron una huella perdurable en nuestro sentido del deber.
Este ensayo no pretende ser un análisis, una acusación ni un testimonio personal. Se ofrece, sencillamente, como un acto de memoria—compartido en silencio y con respeto—para un compañero caído cuyo sacrificio sigue resonando, décadas después.
En este día, recordamos.
Leo Silva es ex agente especial a cargo de la DEA (Oficina de Monterrey) y autor de Reign of Terror y El Reinado de Terror. Con décadas de experiencia en la primera línea de la lucha contra los cárteles transnacionales, Silva ofrece a los lectores una mirada íntima a algunas de las operaciones más peligrosas dirigidas contra líderes y organizaciones de alto nivel.
Desde la publicación de sus memorias, Silva se ha convertido en una voz reconocida en los medios y en el circuito de conferencias. Su historia y sus análisis han sido presentados en entrevistas con el periodista ganador del Premio Pulitzer Jorge Ramos en Univision (Así veo las cosas), el periodista tres veces ganador del Emmy Paco Cobos (La Entrevista), y Ana Paulina (Voces con Ana Paulina), donde su participación generó millones de reproducciones. También ha sido invitado en plataformas destacadas como el pódcast Cops and Writers con Patrick J. O’Donnell, Game of Crimes con Steve Murphy y Llamados a Servir con Roberto Hernández.
A través de sus libros, conferencias y apariciones en los medios, Silva continúa iluminando las realidades del crimen organizado, la labor de las fuerzas del orden y el costo humano de la guerra contra las drogas, al mismo tiempo que comparte lecciones de resiliencia, liderazgo y veracidad.

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