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Campanas en el Viento (Leo Silva)

Por Poder & Dinero

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Los domingos por la mañana, las campanas de la iglesia de Matamoros cruzaban el Río Grande hasta mi pueblo natal, Brownsville, Texas, como una voz lejana que intenta despertar una casa dormida. A veces el sonido era tenue y distante; otras, cortaba el cielo como una cuchilla—siempre como un recordatorio de que dos mundos no estaban separados, sino entretejidos por el sonido, el olor y la memoria. De vez en cuando, el ejército mexicano realizaba ejercicios, y su cadencia de marcha rodaba por las llanuras como un trueno bajo. Esas campanas y esas botas se volvieron la banda sonora de mi infancia: ceremoniales y cotidianas, solemnes y vivas.

Algunos domingos iba con mi abuelo al cementerio municipal de Brownsville para cuidar las tumbas de mis bisabuelos. Casi no hablábamos. Existía entre nosotros un lenguaje que no necesitaba palabras: un silencio deliberado mientras trabajábamos con herramientas pequeñas y manos que conocían los contornos de la memoria. Arrancábamos hierba, barríamos la basura que los vientos del Golfo dejaban en su descuido, enderezábamos marcos y flores de plástico vencidas por el sol y el tiempo. Era una liturgia pequeña y privada, y el trabajo mismo se sentía como un acto de devoción.

Hoy, al mirar atrás, veo lo que de niño no podía entender: ese trabajo era terapéutico para mi abuelo. El cementerio le ofrecía una tarea que aquietaba el ruido del mundo. Le daba orden, continuidad, una forma de honrar a las personas que habían dado forma a su vida. Sus movimientos eran firmes, casi meditativos, como si cada raíz obstinada que arrancaba aflojara algún peso interior. Creo que le gustaba tener compañía, no para conversar, sino por la responsabilidad compartida. Así aprendí que la presencia no siempre se anuncia; a veces es simplemente dos figuras bajo el sol, haciendo lo que hay que hacer.

Cuando terminábamos el trabajo, venía la recompensa. Íbamos a la tortillería del barrio, donde el aire estaba espeso de vapor y masa, y recogíamos paquetes envueltos en papel, aún tibios al tacto. Ahí comprábamos barbacoa—carne cocida a fuego lento en un hoyo bajo tierra, a veces durante veinticuatro horas—tierna, ahumada, hecha para compartirse. De regreso en casa, la mesa se llenaba de tortillas, salsa picante y limón. Comíamos hasta que las manos brillaban, hasta que la barbacoa no era más que huesos y recuerdo, hasta que el trabajo silencioso del cementerio daba paso a la risa y a la plenitud de la comida. Esos domingos olían a tierra, a leña y a maíz caliente; sabían a familia.

Hay una paz especial en cuidar lugares que se supone deben estar quietos. Tal vez por eso el cementerio se volvió uno de mis sitios favoritos de los domingos: las tareas eran simples y honestas, el movimiento repetitivo y claro. En ese silencio, uno oye las cosas con mayor nitidez—el viento entre los árboles, una radio lejana tocando un bolero, el roce suave de una escoba sobre el concreto. Esos sonidos no están vacíos; son la puntuación constante de una vida que se conserva, que se recuerda. A veces, las campanas del otro lado del río se colaban, entrelazadas con el redoble de las botas y el murmullo de las hojas. Aprendí a escuchar lo que permanece.

Ahora soy el único que sabe exactamente dónde están las tumbas de mis antepasados. Los mapas viven en mí, trazados en la memoria.

Ninguna lápida lo cuenta todo, pero yo recuerdo. Cargo con sus nombres, sus lugares de descanso, sus historias. Tal vez por eso escribir este texto también me resulta terapéutico. El acto de recordar con palabras no es tan distinto de barrer una tumba: ambos son gestos de cuidado, formas de decir no estás olvidado. Si el cementerio calmaba a mi abuelo, la página me aquieta a mí.

A veces me pregunto si algún día, mucho después de que yo me haya ido, un bisnieto mío encontrará esto y lo leerá. Quizá se reconozca en él, o al menos alcance a vislumbrar quién fui yo y quiénes fueron nuestros antepasados. Tal vez entienda que los domingos no eran solo días de descanso, sino días de memoria—días en que sonaban campanas, marchaban ejércitos, se cuidaban tumbas y la barbacoa se sacaba humeante de la tierra para una familia reunida alrededor de la mesa. Si buscan de dónde venimos, ojalá nos encuentren aquí: en el trabajo y la comida, en el silencio y el canto.

Esos rituales dominicales se me alojaron en el pecho y crecieron ahí. Más tarde, cuando mi vida tomó corrientes más oscuras, cuando la violencia, la ley y el trabajo de interdicción marcaron mis días, nunca perdí la noción de las verdades dobles del territorio fronterizo. México era música y luz dorada de polvo; también era peligro y resistencia. Era las manos pacientes de mi abuelo, el silencio de un cementerio, el chasquido metálico de las botas del ejército y la dulzura ahumada de la barbacoa. Las contradicciones no se anulaban; me enseñaron a vivir dentro de la complejidad sin apartar la mirada.

Aún hoy, las campanas de Matamoros viven en mí como un estribillo. Cuando cierro los ojos, siento la aspereza en las palmas y oigo el silencio entre los gestos en el cementerio. La memoria no es ordenada. Mezcla lo cotidiano con lo profundo hasta que se vuelven indistinguibles: el vaivén lento de un bolero, el roce de una escoba, el crujido del papel de carnicería envolviendo tortillas calientes. Esas son las cosas que me anclan.

Así comenzaban mis mañanas de domingo, con el trabajo pequeño y constante de estar presente: cuidar, recordar, comer, escuchar. Si la frontera me enseñó algo, es que el sentido de pertenencia no siempre es ruidoso. A veces se parece a una mañana tranquila con un abuelo entre lápidas, seguida de una comida que restaura a todos en la mesa. A veces es simplemente la esperanza de que algún día, cuando nos toque, alguien pase, barra el lugar—y recuerde.

Leo Silva es ex agente residente a cargo de la DEA (Oficina Residente de Monterrey) y autor de  El Reinado del Terror, con décadas de experiencia en primera línea en la lucha contra los cárteles transnacionales.

Desde la publicación de sus memorias, Silva se ha convertido en una voz reconocida en los medios y en el circuito de conferencias. Su historia y sus análisis han sido presentados en entrevistas con el periodista ganador del Premio Pulitzer Jorge Ramos en Univision (Así veo las cosas), el periodista tres veces ganador del Emmy Paco Cobos (La Entrevista), y Ana Paulina (Voces con Ana Paulina), donde su participación generó millones de reproducciones. También ha sido invitado en plataformas destacadas como el pódcast Cops and Writers con Patrick J. O’Donnell, Game of Crimes con Steve Murphy y Llamados a Servir con Roberto Hernández.

 

A través de sus libros, conferencias y apariciones en los medios, Silva continúa iluminando las realidades del crimen organizado, la labor de las fuerzas del orden y el costo humano de la guerra contra las drogas, al mismo tiempo que comparte lecciones de resiliencia, liderazgo y veracidad.

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