En su exposición ante el Foro Económico Mundial de Davos, Javier Milei volvió a utilizar una de sus frases de alto voltaje conceptual: “Maquiavelo ha muerto”. La definición no fue casual ni aislada. Apareció en el marco de un discurso orientado a cuestionar los consensos políticos, económicos y culturales que —según su mirada— dominaron Occidente durante las últimas décadas.
El contexto es clave. Milei habló ante líderes políticos, empresarios y funcionarios de organismos multilaterales, un auditorio históricamente asociado al pragmatismo, la diplomacia y la negociación permanente. Es decir, al corazón mismo de la política que él viene a impugnar. En ese escenario, declarar la “muerte” de Nicolás Maquiavelo funciona como una provocación calculada: no apunta al pensador florentino en sí, sino a lo que representa en la práctica política contemporánea.
Maquiavelo simboliza la política del cálculo, del equilibrio, del acuerdo posible aun a costa de principios. La política entendida como técnica de administración del poder, donde la moral queda subordinada a la eficacia. Al decir que ese modelo está muerto, Milei plantea que ese esquema ya no ordena la realidad actual: ni en la Argentina ni, según su diagnóstico, en el mundo.
En el discurso de Davos, la frase se inscribe dentro de una narrativa más amplia: el rechazo al gradualismo, a la corrección política y a lo que denomina “consensos artificiales”. Para Milei, la política dejó de premiar al dirigente moderado y pasó a validar al que expresa una posición ideológica clara, confrontativa y sin matices. En ese sentido, la afirmación busca legitimar su propio estilo: frontal, disruptivo y abiertamente conflictivo.
También hay un mensaje dirigido a las élites globales. Milei sugiere que el orden político-económico que Davos ayudó a consolidar —basado en acuerdos multilaterales, regulaciones cruzadas y negociación constante— entró en crisis. En su visión, la etapa que se abre es la de las definiciones tajantes, donde la ambigüedad ya no construye poder sino desconfianza social.
Sin embargo, la frase encierra una paradoja. Aunque se declare el fin de Maquiavelo, el ejercicio del poder sigue requiriendo decisiones estratégicas, alianzas tácticas y administración del conflicto. La diferencia es que Milei no reniega del poder, sino del lenguaje tradicional con el que se lo ejerce.
En Davos, cuando dijo que “Maquiavelo ha muerto”, Milei no estaba haciendo filosofía política: estaba marcando una frontera. Entre la política que se justifica en la astucia y la que se legitima en la convicción. Entre el orden que se negocia en silencio y el que se impone a la vista de todos. Para sus seguidores, es una señal de época. Para sus críticos, una advertencia sobre los límites de gobernar sin pragmatismo.

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