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Cambios sin orden, desorden sin cambios

Por Poder & Dinero

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En lo que llevamos de 2026, una serie de hechos y anunciaciones han impactado sobremanera en las relaciones internacionales, al punto que, sin llegar a producir una modificación de escala en tales relaciones, sí implicaron acaso una situación cercana a la inflexión.

Por un lado, la geopolítica, que contrariamente a lo que se sostenía no se marchó con la Guerra Fría ni tampoco con el advenimiento del régimen de la globalización, sufrió una fuerte aceleración como consecuencia de decisiones que tomó la presidencia estadounidense en relación con plazas estratégicas selectivas, es decir, zonas que forman parte del "vecindario próximo" de la  única super-potencia grande, rica y estratégica del globo.

La contundente operación de extracción del hasta entonces presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, obedeció a un pedido de captura emitido por un juzgado de Nueva York. Pero ello fungió de manera decisiva para que Estados Unidos impidiera que Venezuela, ubicada dentro del primer anillo de intereses geopolíticos y geoeconómicos de la potencia mayor, afirmara un patrón cada vez más retador frente a la super-potencia, al tiempo que incrementaba vínculos con potencias rivales de Estados Unidos, principalmente China.

Asimismo, alegando cuestiones geopolíticas, estratégicas y de interés nacional, el presidente estadounidense sostuvo que Panamá, Canadá y Groenlandia deberían ser parte de Estados Unidos. No se trató de un anuncio nuevo, pues en 2024, como presidente electo, se refirió a ello, para volver sobre el tema con más vigor ya como mandatario. 

Fuera del vecindario cercano, la geopolítica en clave de neto sentido territorial y de poder se pudo apreciar en conflictos como el de Marruecos-Sahara Occidental, para el que Trump sostuvo una lógica centrada en la continuidad territorial.

Si a estas declaraciones de geopolítica extrema, que sorprenderían al mismo general alemán Karl Haushofer, consideramos el arancelismo ofensivo global, Trump prácticamente militarizó la geoeconomía, el único contrapeso internacional cuando el modelo geopolítico se vuelve peligrosamente predominante.

Finalmente, el mandatario "conservador-revolucionario" conminó a Europa, su aliado, a que se "preocupe y ocupe" de sus propios asuntos e intereses y los solvente económicamente; cerrando agenda con una difusa propuesta de orden internacional en clave “castocrática”, es decir, un presumible orden de fuertes basado en políticas de fuerza, capacidades aumentadas y subordinados.

Todas estas situaciones implican un cambio en la velocidad de la política internacional, pero sin que se registre siquiera un esbozo de orden. Una aceleración de hechos y anuncios en un contexto de predominancia del modelo de polos en términos relacionales. Es decir, todo se hace con base en relaciones de poder interestatal.

Por ello, el desorden continúa, aunque con "nuevas realidades" que cada vez más asocian desorden con descomposición, pues las "novedades" puede que despejen un principio clásico de las relaciones de poder, el de la incertidumbre de las intenciones, pero suponen reforzamiento de la autoayuda por parte de los Estados, irónicamente: un estado de suspicacia internacional "recargada".

En tal contexto, las denominadas "políticas de costumbre", que se fueron afirmando durante las casi dos últimas décadas, han sobrecargado la geopolítica y se extienden a la geoeconomía, convirtiendo este segmento o sustituto de orden, es decir, de paz relativa, en un campo de competencia que podría arrastrar al mundo hacia un gran apagón estratégico, es decir, encauzar la política internacional hacia escenarios rojos sin nada que la mitigue.

Frente a este escenario inquietante, surgen voces que consideran que los nuevos actores de la política internacional, esto es, las grandes compañías tecnologías y la inteligencia artificial (general y generativa), podrían moderar o suavizar la afirmación de un desorden internacional bajo confrontación como el actual. En otros términos, la aplicación de la IA a los conflictos, por caso, podría significar la aplicación de una diplomacia muy calibrada que, despejando suspicacias en materia de intenciones ocultas, proporcione ganancias a las partes en liza.

Sin embargo, quizá hay cierto exceso de esperanzas en relación con el advenimiento de una era de relaciones “inter-IA”, esto es, lo que el estadounidense Ian Bremmer ha llamado relaciones tecnopolares.

Es cierto que hoy el futuro es más incierto que antes, pues por primera vez hay un horizonte con posibilidades de trascender lo humano. Pero es pertinente tener presente que en los años setenta se consideraba que la "era tecnotrónica" y el creciente fenómeno de las interdependencias "relocalizaría" y hasta difuminaría las capacidades y habilidades de los Estados.

Medio siglo después, ello no sólo no ha ocurrido, si bien es verdad que la globalización atravesó barreras de protección estatales e impactó en la situación social de distintos países, sino que hay una revitalización del Estado, como quedó evidenciado en algunos discursos pronunciados en la última  reunión en Davos.

Seguramente habrá un significativo margen de cooperación en materia de capacidades tecnológicas entre los Estados. Pero también es seguro que los Estados no sólo utilizarán la tecnología de escala para mejorar sus funciones de gobernabilidad, sino que buscarán optimizar sus habilidades para mejorar capacidades con el fin de concentrar más poder y lograr así ventajas frente a otros competidores. Estados Unidos y China nos ofrecen hoy una antesala de ello.

En este contexto, por demás interesantes son las reflexiones que nos aportan Henry Kissinger, Eric Schmidt y Daniel Huttenlocher en su indispensable libro "La era de la inteligencia artificial y nuestro futuro humano":

"Las cualidades dinámicas y emergentes de la IA  generan ambigüedad en al menos dos aspectos. En primer lugar, la IA puede funcionar como esperamos, pero generar resultados que no prevemos. Con esos resultados puede llevar a la humanidad a lugares no previstos por sus creadores. Al igual que los estadistas de 1914 no supieron reconocer que la vieja lógica de la movilización militar, combinada con la nueva tecnología, llevaría a Europa a la guerra, el despliegue de la IA sin una cuidadosa consideración puede tener graves consecuencias. Estas pueden ser localizadas, como en el caso de un coche autónomo que toma una decisión que pone en peligro la vida, o trascendentales, como un conflicto militar importante. En segundo lugar, en algunas aplicaciones, la IA puede ser impredecible y sus acciones pueden resultar totalmente sorprendentes. Pensemos en AlphaZero que, en respuesta a la instrucción 'gana al ajedrez', desarrolló un estilo de juego que, en los milenios de historia del juego, los humanos nunca habían concebido. Aunque los humanos pueden especificar cuidadosamente los objetivos de la IA, a medida que le damos más libertad, los caminos que toma para alcanzar sus objetivos pueden llegar a sorprendernos e incluso alarmarnos”.

Pero acaso es conveniente no continuar demasiado realizando ejercicios de prognosis sobre un fenómeno de margen incierto. Maquiavelo decía que él no reflexionaba sobre “reinos que no había conocido”. Consideremos los límites del gran pensador florentino y reflexionemos sobre aquello que sucede y, con o sin nostalgia, no dejemos en el pasado la experiencia.  

Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales. Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas. Ex profesor titular de Geopolítica de la Escuela Superior de Guerra Aérea. Ex profesor en la Universidad de Buenos Aires y en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación Argentina. Colaborador en revistas y sitios especializados nacionales e internacionales. Autor de los libros "La política exterior rusa después de la Guerra Fría. Humillación y reparación" y ¨La Geopolítica nunca se fué¨, entre otros

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