Durante décadas, el crecimiento de China fue presentado como una proeza exclusivamente propia: disciplina, planificación estatal, mano de obra abundante y una cultura milenaria orientada al largo plazo. Sin embargo, hay un dato incómodo que suele quedar fuera del relato épico: el ascenso económico chino no puede entenderse sin una decisión clave de Estados Unidos en 1979.
Ese año, el presidente Jimmy Carter otorgó a la República Popular China el estatus de Nación Más Favorecida (MFN). En términos técnicos, fue una decisión comercial. En términos históricos, fue el punto de partida de la mayor transferencia de poder económico del siglo XXI.
1979: el punto de inflexión
Cuando China recibió ese estatus, su economía era marginal: representaba menos del 2% del PBI mundial, con niveles de ingreso propios de un país rural y atrasado. Bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, Beijing entendió rápidamente la oportunidad: acceso preferencial al mayor mercado del mundo, tecnología occidental, inversiones extranjeras y reglas de comercio estables.
Estados Unidos creyó estar exportando capitalismo y democracia. China entendió que estaba importando tiempo, escala y mercado.
Del taller del mundo a superpotencia
Entre 1980 y 2024, la economía china creció a un ritmo promedio cercano al 9% anual. En cuatro décadas pasó de ser una economía periférica a convertirse en la segunda potencia económica global, con un PBI que hoy ronda el 18% del total mundial, superando ampliamente a Europa individualmente y disputándole el liderazgo a Estados Unidos.
China se convirtió, para el mundo, en el gran espacio de producción barata.
Mano de obra abundante, bajos salarios, subsidios estatales, infraestructura financiada por el Partido Comunista y un tipo de cambio administrado.
Occidente ganó productos baratos. China ganó algo mucho más importante: acumulación de capital, transferencia tecnológica y poder estructural.
Empresas estadounidenses deslocalizaron producción para reducir costos. Gobiernos occidentales celebraron la baja de precios. Mientras tanto, China construía una red industrial que hoy es casi imposible de reemplazar.
Sun Tzu y la guerra sin balas
Hay una frase de Sun Tzu que resume con precisión quirúrgica la estrategia china:
“La excelencia suprema no consiste en ganar todas las batallas, sino en derrotar la resistencia del enemigo sin luchar.”
Eso es exactamente lo que hizo China. No confrontó militarmente a Estados Unidos. Lo desbordó económicamente.
Construyó una superioridad productiva, comercial y financiera, mientras desplegaba una política exterior pragmática, flexible y persistente. Inversiones, créditos, infraestructura, comercio, seducción diplomática y, cuando fue necesario, presión económica. Ningún mecanismo quedó fuera del manual.
El resultado: dependencia global de la producción china. Sin disparar un tiro, China fue desplazando a Estados Unidos de posiciones estratégicas clave.
Trump frente al monstruo que creó Washington
Hoy, Donald Trump se enfrenta a las consecuencias de aquellas decisiones. Su diagnóstico es claro: Estados Unidos fortaleció a su principal rival. Trump entiende que la raíz del problema está en decisiones como la de 1979. Por eso, su política reciente apunta a:
Reindustrializar Estados Unidos.
Subir aranceles a productos chinos.
Limitar el acceso chino a tecnología sensible.
Presionar a aliados para que reduzcan su dependencia de Beijing.
Reordenar las cadenas globales de producción.
Pero hay un problema de fondo: no se puede deshacer en pocos años lo que se construyó durante cuatro décadas.
Trump no combate a la China de Mao. Combate a una superpotencia económica, militar y nuclear, integrada profundamente al comercio global y con capacidad real de disputar liderazgo mundial.
La historia del ascenso chino no es solo una historia de disciplina asiática o planificación estatal. Es también —y sobre todo— una historia de decisiones tomadas en Washington.
Carter abrió la puerta. China cruzó, aprendió y se quedó. Trump intenta revertir la historia.
Hoy, Estados Unidos intenta cerrarla, pero del otro lado ya no hay un país en desarrollo, sino un rival sistémico. Y como enseñó Sun Tzu, cuando la batalla se gana sin disparar un solo tiro, el verdadero vencedor ya no necesita permiso para avanzar.

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