16/4/2023 - Política y Sociedad

¿Es el liberalismo fascista?

Por marcos pascis

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Mucho se habla del “auge de la derecha” en el país, refiriéndose a las ideas liberales, sin embargo, las voces más discordantes trazan una similitud entre las ideas del liberalismo y las del fascismo, un corpus relativamente difuso de ideas propias de la década de 1930 y 1940; lo que resulta en, tal vez, un malintencionado error histórico y de concepto, si se pone a contraste de los grupos nacionalistas argentinos efectivamente cercanos en sus posiciones ideológicas al fascismo.

El liberalismo produjo ríos de tinta en busca de su definición, desde una filosofía meramente política como afirma Judith Shklar, hasta posiciones cercanas a “posturas frente a la vida” de corte Rortyano, pasando por definiciones morales de “no agresión” como las de J. S. Mill y su Principio del daño. Además, diversos autores vinculan al liberalismo con el espectro de izquierda, como T. H. Green o L. Hobhouse, dado que, en su afán de amparar al individuo para que este alcance el máximo de sus facultades morales y epistémicas, suponen la acción directa del estado como el baluarte para este fin.

Otros, en cambio, vincularon al liberalismo con posturas de derecha, como es el caso de R. Nozick y su afirmación de que la acción distributiva del estado (más allá de la seguridad y la justicia que quedan contempladas) afecta las restricciones laterales del individuo, esclavizándolo para pagar impuestos y con ello, transformándolo en un medio para un fin. Más allá de toda definición, es claro que las ideas liberales tienen el foco en el individuo, su autonomía y libertad, y desde esta base axiológica, surgen posturas más o menos estatistas.

El fascismo, por el contrario, implica ideas y tópicos antiliberales y corporativistas, sin embargo, la derecha argentina en los años donde primaron las alternativas a la democracia liberal, entre 1922 y 1945, no siempre fueron fascistas. Antes que nada, deberíamos definir al fascismo, que, similar al liberalismo, tuvo un amplio desarrollo teórico, existiendo miles de definiciones, así que podríamos entender al fascismo como un corpus de ideas móviles, interpretadas de diferente manera en base a condicionantes locales, que giran en torno al biologicismo, antiliberalismo y antiindividualismo, y donde además, existe un afán revolucionario y modernizador.

Derechas en Argentina

Para entender el contexto de la derecha y sus ideas, debe partirse de reforma de 1912. La Ley 8.871, cuya génesis se encuentra en los liberales reformistas que se decantaron por la reforma del sistema electoral. Ante el desfase que tenía el sistema político con respecto al dinamismo que produjo la economía agroexportadora, tanto en términos de riqueza como demográficos e inmigratorios, la ley buscó la participación efectiva de los individuos en los comicios, efectivizando el ideal rivadaviano de sufragio universal, y la formación de partidos políticos orgánicos. Pero el resultado fue la incapacidad de la cúpula gobernante de sistematizar un partido de tales características, lo que devino en la victoria presidencial en 1916 de Hipólito Yrigoyen y la UCR. Sucesivamente los bastiones provinciales de las élites ligadas al conservadurismo cayeron por las urnas y por las intervenciones federales.

Así, las ideas y discursos de derecha se articularon en torno a la crítica y oposición a la participación política de las masas por los resultados que esta generaba, debido a su disponibilidad para la “cooptación” de un líder carismático, como Yrigoyen. También existían ideas en torno al abuso de las instituciones del estado, con las repetidas intervenciones federales, y el avasallamiento del poder ejecutivo sobre el resto de los poderes. La derecha no poseía ideas antidemocráticas, sino un rechazo al abuso que el gobierno hacía de ella, por esta razón puede decirse que estas ideas estaban emparentadas con el republicanismo. Como puede vislumbrarse en las palabras de César Pico en El Número en 1931:

Comencemos por declarar que la participación del pueblo en el gobierno no puede negarse cuando se trata de aquellas cuestiones que le interesan privativamente, y que hasta en la misma constitución concreta del Estado el asentimiento de la comunidad es imprescindible, ya sea expreso, ya sea implícito.

Además, existía componente clerical vinculado al nacionalismo de corte hispanista entre los intelectuales. Así, se vio una emergencia de empresas intelectuales de esta índole: en 1917 se fundó el Ateneo Social de la Juventud, de carácter tradicionalista y católica, con la participación de jóvenes como Tomás Casares y Atilio Dell 'Oro Maini que una década después eran partícipes activos de las empresas intelectuales. En 1922 se instauraron los Cursos de Cultura Católica y en 1928 se fundó la revista Criterio, entre otras revistas.

La revolución bolchevique de 1917 reforzó los miedos de “la derecha” a la expansión del socialismo. En 1919 estas ideas se articularon en respuesta a la izquierda y el miedo al “maximalismo”, materializándose en la Liga Patriótica Argentina cuyo presidente fue Manuel Carlés, quien fue tiempo después interventor federal. Sin un ideario programático, eran “conservadores combativos” que buscaban proteger con violencia la Constitución de las amenazas foráneas izquierdistas, alejándose igualmente de la esencia revolucionaria del Fasci di Combattimento.

La victoria electoral de la UCR en 1928 supuso un duro golpe para la derecha republicana, como lo muestra la creación de la revista La Nueva República el año anterior. Esta fue fundada por los hermanos Irazusta y participaron intelectuales como Tomás Casares y Ernesto Palacio, además de contar con el apoyo directo de José Félix Uriburu. Las esperanzas de evitar el personalismo y la afección a las autonomías quedaron sepultadas con el retorno de Yrigoyen. Había llegado, por consiguiente, lo que Lugones consagró como “la hora de la espada”.

El 6 de septiembre de 1930 un grupo de militares derrocó a Yrigoyen. Dos grupos diferentes se unieron: la corriente Justo-Sarobe y la corriente uriburista. Los primeros veían corrompido el proceso democrático por la violencia política y la presencia de una masa de “electores no capacitados”. Por ello entendían depuración de las instituciones y la eliminación de la ley Sáenz Peña como imperativas para el correcto funcionamiento de la democracia. Los segundos, de forma minoritaria, apelaban por una reforma más honda de las instituciones en pos del reforzamiento del federalismo y de la autonomía, además de cambiar la representación legislativa hacia un modelo corporativista, con el objetivo de evitar el abuso del poder central frente al individuo, inscrito en una comunidad. En el plano económico para ambas corrientes, el estado únicamente debía brindar un marco legal para el desempeño libre de las fuerzas del mercado.

Entonces, puede decirse que las ideas republicanas de defensa del federalismo y la división de poderes, el antipersonalismo derivado en antiyrigoyenismo, el miedo a la izquierda, que el voto efectivo podría llegar a situar en el poder, y el corporativismo en algunos grupos minoritarios, se identificaron como un horizonte de ideas aglutinadoras para los heterogéneos grupos de derecha, anclados al statu quo, cuya alianza fue clave en el golpe del 6 de septiembre. Las ideas de los intelectuales estaban presentes en la política a través de una relación “simbiótica”: los políticos apelaban a las ideas de los intelectuales como fuente de legitimación ideológica y los intelectuales apelaban a los políticos porque tenían acceso a las instituciones y podían generar cambios.

Además, los acontecimientos externos impactaban en las ideas y la forma en la que los intelectuales comprendían su realidad. Los nazis eran considerados “paganos” por su “religión cívica” y por su estado totalitario, pero a la vez alabados por su antisemitismo, movilización social y planificación estatal. El fascismo era bien visto por los aspectos relacionados a la movilización de las masas, el corporativismo y el militarismo, similar al nazismo, pero el elemento nacional, propio de la cultura itálica, imposibilitaba que los intelectuales vean al régimen del Duce un modelo a “importar”. Lo opuesto ocurrió con el franquismo y su corporativismo, donde el estado era el agrupador de corporaciones “naturales” generadas espontáneamente, a diferencia del fascismo. La guerra civil Española fue vista como una “cruzada” por la hispanidad frente al enemigo “comunista y ateo”.

Por último, el Crack de Wall Street en 1929 impactó en las ideas de derechas, ya que tuvo repercusiones desastrosas para el libre comercio y flujo de capitales. Este hecho implicó nuevas funciones para el estado, tal vez, la más importante fue la capacidad de modificar los precios relativos. En un momento de crisis de la balanza comercial y de deflación, el estado comenzó a mirar hacia sí mismo, apelando a la sustitución de importaciones y al mercado interno. Los intelectuales de derecha comenzaron a radicalizarse y acercar sus posiciones al fascismo y su política económica y social; fomentaban un tipo de corporativismo estatal y clerical, el cual organizaba a la sociedad jerárquicamente. El docente corporativista italiano Gino Arias, ejemplifica esta vaga idea:

"No hay que admitir pues, ni el liberalismo ni el socialismo, ni el estatismo, sino la doctrina tomista, eternamente viva, que nos presenta un Estado que armoniza, dirige, moraliza y unifica las múltiples iniciativas económicas, de conformidad con las leyes morales de la utilidad racional o 'secundum se'"

Luego de la muerte de Uriburu en 1932, los intelectuales de derecha comenzaron un camino de producción literaria guiados tanto por el desencanto con el gobierno y con el ejemplo que suponían los regímenes europeos. El gobierno de la Concordancia apeló primero a la restricción del sufragio y luego al fraude para conseguir victorias electorales. Este elemento elitista del régimen se contrapuso con la apelación popular en las ideas de los intelectuales de derecha. Al minar la soberanía popular en la praxis, el gobierno apeló a la institución católica como fuente legitimadora, instaurándose “el mito de la nación católica”.

La tendencia hacia lo popular y a la movilización de las masas en las ideas de la derecha, distan del elitismo antiplebeyo de 1916 o 1928. Al igual que las ideas relacionadas al rol del estado, cobrando importancia en las relaciones sociales, más allá de la imposición de un marco legal y normativo, y en la planificación económica y mercado internista.

La derecha argentina, encarnada en los “nacionalistas”, aproximaron sus ideas a las del fascismo (entendido no como el régimen italiano, sino como el corpus de ideas antiliberales) y comenzaron a formular ciertas concepciones negativas en torno a la democracia y a las elites, las cuales por sus resultados iban a degenerar en una “revolución social”, en una situación caótica y anárquica. La democracia liberal, en una díada con el libre comercio, se consideraba un régimen implantado en el territorio. Si bien se intuye un desdoblamiento entre la praxis democrática y su basamento ideológico, es difusa la diferencia y responde únicamente al pragmatismo del momento. Esta democracia, según la reconstrucción anterior, inducía a la creación de una elite antinacional, que por ser la representante de intereses puntuales como los extranjeros o la “mayoría”, no gobernaba para el cuerpo nacional en su totalidad; este es el fenómeno que llamé “mala elite”.

Esta combinación de democracia, liberalismo y una elite antinacional perjudicaban el desarrollo social y económico del país, y, por ende, a sus habitantes. El aumento de la pobreza y del pauperismo, contrastaba de forma rotunda para los nacionalistas, con la pomposidad de la vida de la elite.

Ante tal situación, los nacionalistas construyeron un corpus en base a preconceptos locales y principalmente, a ideas y ejemplos extranjeros. Así, la democracia liberal, con sus fundamentos igualitaristas y la representación de intereses individuales a través del sufragio, darían paso a un estado organizado a través de la representación de corporaciones, en las cuales los individuos formarían parte y se verían representados, de manera similar a los regímenes italiano, alemán y español. Con ello, se levantaría una sociedad jerárquica y funcional, propia de la “naturaleza” de los latinoamericanos por ser “tierra de conquista”. Y así, el organismo nacional, compuesto por sus diversas partes organizadas jerárquicamente, funcionaría de una forma tal que los intereses del todo, esto es, la nación, sean beneficiados, y con ello las condiciones de los menos aventajados.

Las políticas públicas tenían su génesis y praxis en la “buena elite”, políticos que no gobernarían para la mayoría, sino para la nación, y, por esta razón, no se aislarían de la sociedad, evitando el rechazo del populus y una posible reacción revolucionaria.

Estas políticas distributivas encontraban su justificación en el catolicismo, siendo la religión su base axiológica y el tomismo su base filosófica. El mantenimiento de la propiedad privada, subordinada al estado, con pretensiones y usos sociales, era justificada por el criterio de justicia del tomismo, por lo que, al eliminar la probabilidad de explotación material y comercial que los nacionalistas consideraban presente en la democracia liberal, se protegería a la persona y sus derechos. El catolicismo debería ser la “cabeza espiritual” de este totalitarismo porque existía una profunda raíz hispana, proveniente desde la Conquista y que, a través de la religión y el idioma, unía, como un hilo rojo, a las naciones latinoamericanas, y las enmarcaba en un proyecto más grande, como afirma un afamado intelectual nacionalista José María Péman:

La Hispanidad en toda su anchura es la que puede dar la fórmula del único totalitarismo legítimo, o sea, el totalitarismo cristiano, donde verdaderamente se salve todo: la Nación y el Estado, de una parte, y de otro la dignidad de la persona humana, el Espíritu, la cultura: todo lo que está en peligro en Europa.

Palabras finales:

En conclusión, la comparación entre liberalismo y fascismo es un oxímoron, dado que, las bases axiológicas de la corriente liberal, basadas en el individuo, su libertad y autonomía, son antitéticas a los postulados fascistas, basados en la exaltación de las masas, y la inscripción del individuo al colectivo y este al estado, donde la representación de intereses individuales es reemplazada por el corporativismo.

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marcos pascis

marcos pascis

Hola, mi nombre es Marcos, soy historiador y docente, Magister en investigación histórica por la Universidad de San Andrés. Interesado en las ideas políticas, los intercambios culturales y políticas públicas.

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