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Europa y Rusia: geopolítica y geoeconomía para ser potencias de clase mundial (Alberto Hutschenreuter)

Por Poder & Dinero

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Europa y Rusia se hallan enfrentadas. No de modo directo, pero sí indirectamente. La asistencia europea a Ucrania y la fuerte desconfianza en materia de intenciones entre ambas las coloca en un estado de creciente discordia o de "no guerra". Más todavía, en Europa están cada vez más convencidos de que durante el próximo lustro podría haber un choque directo con el poder euroasiático.

Si ello sucede, no solo sería una fatalidad mayor para el continente y el mundo, sino que posiblemente lo que resta del siglo quedaría inficionado por tal impacto.

Más allá de este escenario luctuoso, la prolongada y fatigosa guerra en Ucrania está  mostrando a Europa y a Rusia realidades que deben considerar.

A la primera, que no se puede ser solamente una potencia institucional. La experiencia no ofrece casos de poderes únicamente normativos: los actores de escala son cabales o no lo son. Las potencias como Atenas o Venecia eran centros políticos y comerciales vitales, pero esos rangos eran acompañados con probadas capacidades militares.

A la segunda, que no se puede ser solamente un centro geopolítico-militar. La experiencia ofrece casos de poderes así, pero ello (como lo prueban las obras de Carlos Cipolla o Paul Kennedy) casi siempre asegura el declive. Esparta, Prusia y la propia Unión Soviética bien califican como casos de "Estados-espadas".

Por ello, si Europa y Rusia aspiran a ser "jugadores estratégicos de orden mundial", es decir, algo más que "actores de orden internacional", deben concentrarse más en la geopolítica, Europa, y en la geoeconomía, Rusia.

Que Europa asuma la geopolítica significa desmontar la autopercepción de ser "un jardín en la jungla". La regularidad internacional supone anarquía y competencia, no amistad y complacencia. En este marco, asumir la geopolítica implica amparar y promocionar intereses propios, no libretos estratégicos ajenos que pueden poner en riesgo la seguridad en territorio europeo como, de hecho, la han puesto al extender la OTAN más allá de lo estratégica y  geopolíticamente conveniente (cabe recordar que estadistas y pensadores realistas de la talla de George Kennan, Henry Kissinger, Brent Scowcroft y Kenneth Waltz, por citar solo algunos, desaconsejaron la ampliación de la Alianza hacia la "zonas rojas" rusas).

Europa se halla, a su pesar, retornando aceleradamente la geopolítica, pero su enfoque podría resultar insuficiente y hasta riesgoso si no evalúa la indivisibilidad de la seguridad en clave continental-euroasiática, no exclusivamente continental-occidental, pues no se alcanzará la misma excluyendo al actor euroasiático mayor, Rusia. La experiencia nos dice que no se logra un orden con exclusión, si no, recordemos lo que sucedió con Alemania y Rusia después de la Primera Guerra Mundial, cuando las dos, una sometida y la otra lateralizada por el orden de los vencedores de Versalles, firmaron el Tratado de Rapallo en 1922, a partir del cual iniciaron una política de colaboración que solo se rompió cuando la Alemania nazi invadió la Unión Soviética en 1941.

Que Rusia se vuelque de pleno a la geoeconomía no significa dejar de ser un actor que vive de productos de la tierra, sino encarar la siempre procrastinada modernización tecnológica para convertirse  (tal vez en pocas décadas y siempre que no ocurra otra guerra) en una "potencia de clase mundial", es decir, de poder nacional o agregado completo, algo que no lo fue  durante sus dos regímenes históricos, la monarquía y el soviético, pero tampoco como Federación Rusa, “un gran poder, una superpotencia regional y una superpotencia nuclear”, como bien la definió el experto en Rusia Leon Aron.

No será una tarea sencilla que Rusia adopte lo que para otro experto, el estadounidense Stephen Kotkin, sería un gran paso para la estabilidad local, regional y mundial: desistir de su “geopolítica perpetua” y asumir el pluralismo geopolítico, es decir, el acato a las soberanías en su vecindario cercano. Efectivamente, Rusia difícilmente podrá quitarse el “gen geopolítico”; pero si no subordina la geopolítica a los imperativos tecnológicos no logrará cambiar desconfianza por deferencia internacional, e incluso podría afrontar nuevos “tiempos de tumultos”.

 En suma, Europa y Rusia son actores imprescindibles en un contexto de orden que se espera cada vez más con apremio, pero hasta que no se comprometan con cambios imperativos no lograrán el necesario estatus de potencias de talla o clase estratégica mundial.

Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales. Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas. Ex profesor titular de Geopolítica (ESGA). Ex profesor en la UBA y en el ISEN. Colaborador en revistas y sitios especializados nacionales e internacionales. Autor de "La política exterior rusa después de la Guerra Fría. Humillación y reparación" y ¨ La Geopolítica nunca se fue ¨

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