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¿Ha comenzado una Guerra Mundial Fragmentada?

Por Poder & Dinero

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La advertencia ya no procede de analistas marginales ni de informes reservados de inteligencia. En los últimos meses, jefes militares, presidentes y primeros ministros europeos han comenzado a hablar abiertamente de la necesidad de preparar a sus países para una eventual guerra con Rusia. Mientras la OTAN refuerza sus ejércitos y las sociedades europeas empiezan a ser mentalmente movilizadas para un escenario de conflicto prolongado, el continente se asoma a un horizonte inquietante: la posibilidad real de una confrontación armada de gran escala antes de que termine la década.

La sensación de que el orden internacional atraviesa un punto de inflexión estratégico se extiende desde Europa oriental hasta el Golfo Pérsico. Dos teatros de operaciones —Ucrania y Oriente Próximo— concentran actualmente tensiones que ya no pueden considerarse conflictos aislados, sino episodios de una crisis geopolítica más amplia.

El escenario europeo

Durante décadas, gran parte del mundo vivió bajo la convicción de que la guerra entre grandes potencias había quedado relegada a los textos de historia. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 quebró ese consenso con una brutalidad que aún hoy continúa reordenando el tablero estratégico europeo.

Cuatro años después, el lenguaje utilizado en las principales capitales occidentales ha cambiado de forma perceptible. Las referencias a la disuasión, el diálogo o la diplomacia conviven ahora con un término que durante décadas había sido cuidadosamente evitado: guerra.

En realidad, desde 2020 el mundo asiste a una confrontación indirecta entre bloques. Rusia, respaldada política y estratégicamente por países como Bielorrusia, China, Irán, Corea del Norte o Cuba, combate en Ucrania frente a un país que recibe un amplio apoyo militar, financiero y tecnológico por parte de los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Moscú ha logrado sortear parcialmente las sanciones occidentales mediante el apoyo de sus socios. China e Irán han suministrado tecnología, equipos militares y apoyo industrial, mientras Bielorrusia ha permitido el uso de su territorio como plataforma logística y militar para las fuerzas rusas. Corea del Norte ha ido más lejos al enviar tropas y armamento para reforzar el esfuerzo bélico del Kremlin. Cuba, por su parte, ha permitido la participación de combatientes voluntarios que se integraron en unidades rusas.

Ucrania, en cambio, ha sido sostenida por una amplia coalición occidental. Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, Polonia, Canadá e Italia han proporcionado armamento avanzado, entrenamiento militar, inteligencia satelital, asistencia financiera y ayuda humanitaria. Canadá, por ejemplo, ha destinado en cuatro años cerca de 25.000 millones de dólares en apoyo económico y militar, además de entregar cientos de vehículos blindados.

La prolongación de los combates ha provocado un elevado número de bajas en ambos bandos. Ante las dificultades para sostener el reclutamiento interno, tanto Rusia como Ucrania han recurrido a combatientes extranjeros y mercenarios. En muchos casos, esos combatientes pertenecen en realidad a unidades activas de fuerzas especiales de países que oficialmente se declaran neutrales.

Las consecuencias económicas de la guerra también han sido profundas. Las sanciones occidentales contra Rusia, la interrupción del suministro de hidrocarburos baratos procedentes de ese país y la destrucción de infraestructuras energéticas compartidas han alterado profundamente el equilibrio económico del continente.

El impacto no se limita a los Estados directamente implicados en el conflicto. Gran parte de la economía europea ha sufrido los efectos combinados del encarecimiento energético, la inflación y el aumento del gasto militar.

A estos daños económicos se suman las consecuencias sociales. Millones de personas han sido desplazadas por los combates o han huido de ciudades bombardeadas. Paralelamente, miles de jóvenes han abandonado sus países para evitar el reclutamiento obligatorio. Incluso en algunos países europeos comenzaron a detectarse movimientos migratorios hacia América Latina motivados por el temor a una eventual guerra generalizada.

Europa se rearma

Mientras el conflicto se prolongaba, las principales potencias europeas comenzaron a prepararse para una posible confrontación directa con Rusia.

Francia ha asumido un papel central en este viraje estratégico. La decisión del presidente Emmanuel Macron de autorizar la construcción de un nuevo portaaviones nuclear —el programa PANG, destinado a convertirse en el mayor buque de guerra jamás construido en Europa— constituye tanto un proyecto militar como un mensaje político: París pretende mantener su condición de potencia estratégica autónoma dentro del sistema de defensa occidental.

Pero las señales de preparación para un conflicto van mucho más allá del ámbito estrictamente militar. El Gobierno francés ha ordenado a su sistema sanitario preparar planes para la eventual llegada de miles de heridos militares antes de 2026. Paralelamente, se ha recomendado a la población civil disponer de kits de emergencia para varios días, una medida que evoca los momentos más tensos de la Guerra Fría.

Las advertencias de los responsables militares franceses han sido particularmente explícitas. El general Fabien Mandon, jefe del Estado Mayor, advirtió ante el Parlamento que las Fuerzas Armadas deben estar preparadas para un “choque más violento” con Rusia en un plazo de tres o cuatro años. Su antecesor, Thierry Burkhard, fue aún más directo: “La guerra ya está en Europa”.

Alemania, tradicionalmente reticente a asumir un papel militar destacado tras la Segunda Guerra Mundial, también atraviesa una transformación estratégica profunda. Berlín ha iniciado un proceso de rearme que habría resultado impensable hace apenas una década.

El fondo extraordinario de 100.000 millones de euros destinado a modernizar la Bundeswehr simboliza el abandono definitivo de la llamada “cultura de contención” que caracterizó a la política alemana desde 1945. Incluso se debate la posibilidad de integrar plenamente a Alemania en el paraguas nuclear francés mediante acuerdos de disuasión compartida.

Polonia, por su parte, se ha convertido en el país europeo que se prepara con mayor determinación para una posible guerra. Varsovia dedica más del 4% de su producto interno bruto al gasto militar y aspira a construir el mayor ejército terrestre de Europa.

La militarización ha adquirido incluso una dimensión social. Programas de formación en tiro en las escuelas, entrenamiento paramilitar para funcionarios y una rápida expansión de las fuerzas territoriales de reserva forman parte de una estrategia nacional destinada a preparar a la sociedad para un eventual conflicto.

Países Bajos también ha reforzado su compromiso con la defensa colectiva de la OTAN. En caso de escalada militar con Rusia, las fuerzas profesionales neerlandesas serían desplegadas rápidamente en apoyo de los países bálticos o de otros aliados del flanco oriental.

El Gobierno ha incrementado el gasto en defensa y ha aprobado la adquisición de equipamiento militar moderno, incluidos aviones F-35, helicópteros navales, vehículos blindados y sistemas de defensa antiaérea.

Países Bajos participa además en iniciativas europeas como la European Sky Shield Initiative, destinada a reforzar la defensa antimisiles del continente frente a ataques aéreos o balísticos. Al mismo tiempo, el país se ha sumado a programas europeos de preparación estratégica como el plan Rearmar Europa / Preparación 2030, que busca fortalecer las capacidades militares colectivas del bloque.

Las autoridades neerlandesas también han comenzado a preparar su infraestructura civil para eventuales contingencias de guerra. Hospitales, servicios de emergencia y autoridades regionales elaboran planes de respuesta para situaciones de crisis, mientras se recomienda a la población disponer de reservas básicas de agua, alimentos y suministros para al menos 72 horas.

A diferencia de otros países europeos que han reintroducido el servicio militar obligatorio, Países Bajos ha optado por un modelo de reservistas voluntarios incentivados. Este sistema permite aumentar el tamaño de las fuerzas armadas sin recurrir a la conscripción y al mismo tiempo mantiene un elevado nivel de apoyo social al esfuerzo de defensa.

El Reino Unido, potencia nuclear y aliado clave de Washington, también ha intensificado su preparación estratégica.

Londres está reforzando sus capacidades navales y antimisiles mediante el desarrollo de nuevas tecnologías militares. Entre ellas se encuentran sistemas autónomos para la vigilancia submarina en el Atlántico Norte y armas avanzadas como el sistema láser naval DragonFire.

Al mismo tiempo, el Gobierno británico mantiene una intensa actividad diplomática en foros internacionales como la OTAN o la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), donde promueve mecanismos de transparencia militar y reducción de riesgos destinados a evitar escaladas accidentales.

Sin embargo, más allá del discurso diplomático, la tendencia general del continente resulta evidente: el rearme ha dejado de ser una opción política para convertirse en una necesidad estratégica ampliamente asumida.

El teatro de operaciones de Oriente Próximo

Mientras Europa se prepara para una posible confrontación futura, Oriente Próximo vive ya una guerra abierta.

Desde el ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2024, gran parte de la región se encuentra atrapada en una espiral de violencia que ha ido ampliando progresivamente el número de actores implicados.

Si se consideran las sucesivas escaladas militares y la reciente ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán como parte de una misma dinámica bélica, el conflicto regional involucra directa o indirectamente a más de veinte países.

Entre ellos se encuentran Estados Unidos, Israel, Reino Unido, Francia, Grecia, España, Georgia, Líbano, Siria, Irán, Bahréin, Omán, Yemen, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Irak, Jordania y Chipre.

En este amplio y complejo teatro de operaciones, la intensidad de los combates ha superado en muchos casos a la registrada en el frente europeo. Gaza, por ejemplo, ha quedado prácticamente reducida a escombros tras meses de bombardeos y combates urbanos.

La madrugada del 28 de febrero marcó una nueva fase en la crisis regional.  En una operación coordinada, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques aéreos y con misiles contra objetivos estratégicos en Irán, incluyendo instalaciones militares, centros de investigación nuclear y bases de los Guardianes de la Revolución. La ofensiva —presentada por Washington como una acción preventiva destinada a neutralizar amenazas estratégicas— provocó cientos de víctimas y la destrucción de infraestructuras críticas.

La reacción iraní fue inmediata. Teherán respondió mediante ataques con misiles balísticos, drones y operaciones indirectas ejecutadas por milicias aliadas en la región. Bases estadounidenses en Irak, Siria y los países del Golfo fueron atacadas, mientras objetivos israelíes en el Mediterráneo oriental y el mar Rojo quedaron bajo amenaza.

La crisis se trasladó rápidamente al Golfo Pérsico, donde Irán anunció el cierre del estrecho de Ormuz, de los puntos más sensibles de la economía mundial.

Por ese corredor marítimo transitan diariamente alrededor de veinte millones de barriles de petróleo, aproximadamente una quinta parte del consumo global, además de cerca del veinte por ciento del comercio mundial de gas natural licuado.

El bloqueo del paso marítimo ha dejado cientos de buques atrapados en el Golfo Pérsico. Petroleros, portacontenedores y transportes de gas permanecen detenidos mientras las compañías navieras suspenden operaciones por temor a ataques.

Las consecuencias económicas han sido inmediatas. Los precios del petróleo han experimentado fuertes subidas y los mercados financieros han reaccionado con gran volatilidad. Si el bloqueo se prolongara durante varios meses, diversos analistas estiman que el precio del crudo podría superar los 120 o incluso los 150 dólares por barril.

Un sistema internacional al borde de la fractura

En este contexto, la pregunta resulta inevitable: ¿ha comenzado ya la Tercera Guerra Mundial? Formalmente, todavía no. No existe una guerra declarada entre las grandes potencias. Pero el mapa global muestra una realidad cada vez más inquietante.

Europa oriental, Oriente Próximo y varias regiones de Asia concentran conflictos interconectados en los que participan directa o indirectamente las principales potencias del sistema internacional.

El mundo parece haber entrado en una etapa de conflictos simultáneos entre bloques rivales, una situación que algunos analistas describen como una “guerra mundial fragmentada”.

La cuestión que permanece abierta es si esas guerras regionales podrán mantenerse contenidas o si, como ocurrió en las grandes conflagraciones del siglo XX, terminarán convergiendo en un enfrentamiento global. Por ahora, el planeta no vive todavía una tercera guerra mundial. Pero tampoco puede afirmarse que siga viviendo en paz.

Adalberto Agozino es Doctor en Ciencia Política, Analista Internacional y Docente de la Universidad de Buenos Aires.

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