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Reconfiguración geopolítica inevitable en Oriente Medio (George Chaya)

Por Poder & Dinero

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El reciente viaje del presidente Donald Trump y los diálogos con su homólogo, el secretario general del comité central del partido comunista chino, Xi Jinping, abren un nuevo tablero en lo económico y político a nivel internacional, pero también lo hace en Oriente Medio.

La República Islámica de Irán se encuentra en el momento más crítico de su historia contemporánea. La devastadora guerra iniciada el 28 de febrero de 2026 (conocida en círculos estratégicos como la campaña militar de Occidente contra Teherán), ha destruido gran parte de su infraestructura nuclear clave, eliminó su liderazgo e impulso un vacío crisis de poder regional tras el debilitamiento de su red de aliados.

En este panorama de tierra arrasada, el histórico tablero que enfrenta a la potencia persa-chiita con las monarquías y los estados árabes sunitas liderados por Arabia Saudita dejó de ser una simple “Guerra Fría” para convertirse en una lucha de supervivencia táctica.

Aislada militarmente y con su “Eje de la Resistencia” fracturado (luego de la caída de Hamas, el severo debilitamiento de Hezbollah, la neutralización de las capacidades de los hutíes en Yemen y el colapso del régimen de Al-Assad en Siria), Teherán evalúa a contrarreloj cuales son sus opciones diplomáticas de disuasión o de confrontación que le quedan frente a un bloque sunita que observa su declive con profunda desconfianza y gran encono por haber sido blanco de misiles y drones iraníes.

Es cierto que existe un trasfondo histórico con un cisma que nunca se cerró, por lo cual, para comprender las opciones actuales de Irán, la academia exige inexorablemente remontarse al año 632 d.C., (fecha de la muerte del profeta Mohammad). El desacuerdo sobre su legítimo sucesor dio origen al cisma entre el sunníes (que optaron por los califas elegidos y que hoy representa cerca del 90% de los musulmanes del mundo) y el chiismo (quienes se mantuvieron fieles a la línea sucesoria de Alí, primo y yerno del profeta, hoy mayoritarios en Irán, Irak y Bahréin).

Aunque son muchos los exponentes de ambas corrientes los que niegan sus desencuentros a través del tiempo entre los dos sectores. Sin embargo, el factor religioso es utilizado con frecuencia en la era moderna como un catalizador de ambiciones geopolíticas por recursos e influencia regional. El punto de inflexión de la historia contemporánea ocurrió con la Revolución Islámica de 1979. Al derrocar al Sha Mohammad Reza Pahlavi e instaurar una teocracia chiita militante el Ayatollah Ruhollah Khomeini desafió directamente la legitimidad de las monarquías conservadoras del Golfo Pérsico, en especial a “la Casa Saud” (Arabia Saudí) quien se reconoce en el mundo islámico como la que custodia los lugares santos de La Meca y Medina. Desde entonces, la doctrina exterior iraní se basó en la exportación de la revolución y la creación de milicias satelitales al régimen que pivotean ideológicamente en torno a las políticas de Teherán y se los conoce como proxis en el “Creciente Fértil” (Líbano, Siria, Irak) y en Yemen.

La realidad en el escenario de la guerra en desarrollo y el fin del espejismo de Pekín que en 2023 celebro un encuentro diplomático global en cuyo marco se publicitó un acuerdo histórico entre Teherán y Riad, auspiciado por China en marzo de ese año hoy es historia del pasado.

En primera instancia el pacto parecía congelar la sangrienta rivalidad que mantuvo a ambos países enfrentados en guerras subsidiarias en Siria y Yemen durante la década pasada. Sin embargo, quienes nos especializamos en aquella región y sus asuntos, sabíamos acabadamente que no habría deshielo y que todo era un “imperativo estratégico temporal” en el cual, Irán buscaba alivio económico ante las sanciones y Arabia Saudita pretendía blindar su plan de desarrollo Visión 2030 de los ataques con drones. La guerra en curso desde febrero, pulverizó esa frágil ilusión. El lanzamiento de misiles iraníes que impactaron infraestructuras civiles y refinerías saudíes generó una ruptura definitiva en las relaciones. A pesar de los desesperados intentos de control de daños -como las disculpas televisadas del presidente iraní Masoud Pezeshkian tras activar las defensas aéreas de Arabia Saudí, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin-. La desconfianza del mundo sunita se ha tornado irreversible y esperan agazapados el tiempo de mover ficha contra los chiitas de Teherán.

Ante este escenario, la estrategia y las opciones de Irán frente al bloque sunnita del Golfo no aparece simple en la medida que emergen acercamientos que buscan cerrar alianzas estratégicas geopolíticas sunnitas integradas por Arabia Saudita, Egipto, Turquía y Pakistán. Frente a la consolidación de ese cuadrilátero político que está avanzando desde las primeras semanas de mayo, Teherán cuenta con tres cartas sobre la mesa, cada una de ellas encarna un alto costo político y militar: En primer lugar, Iran sabe que es incapaz de sostener una guerra convencional prolongada contra Estados Unidos, Israel y algún otro país que se posicione en la Alianza Washington-Jerusalén. La situación de Teherán no es buena en la medida que sus principales proxis regionales han sido degradados fuertemente en lo militar.

Sin embargo, Irán puede recurrir con cierto éxito temporal a la asfixia del comercio internacional. El Estrecho de Ormuz, por donde transita la mayor parte del petróleo y gas licuado (GNL) global, todavía es controlado por las fuerzas iraníes que buscan imponer nuevas regulaciones de soberanía comercial marítima, aunque Washington ya está adoptando un contra-bloqueo que hará más difíciles las cosas a Iran, que solo podrá luchar una guerra asimétrica que le acarreará grandes costos ante nuevos bombardeos sobre su territorio. Al mismo tiempo, Iran tratará de presionar económicamente a las economías del Golfo (que ya sufren daños colaterales en sus infraestructuras tecnológicas, centros de datos en Bahréin y turismo regional) para obligarlas a negar el uso de su espacio aéreo y bases militares a las aeronaves estadounidenses bajo el plan que Washington denomina: Project Freedom.

Otra opción para Iran es activar su astuta y pendular diplomacia de geometría variable donde por un lado excluye el tema de sus programas misilisticos y por otro dice no estar decidido a concesionar el tema de desarrollo nuclear, al que califica como un derecho que le asiste. Esta opción es muy poco realista y la diplomacia persa lo sabe y solo se inclina por esta variable de negociación para comprar tiempo a través de contactos de alto nivel de sus diplomáticos. Así, Irán intenta explotar la ambigüedad estratégica de Arabia Saudita ya que Riad teme que un colapso total del régimen de Teherán desate un caos incontrolable o empuje a Irán a acelerar la detonación de un arma nuclear antes de que sus plantas remanentes sean destruidas.

Por último, es claro que Irán evalúa que se le acepte “una carta regional de las que considera como paracaídas auxiliar”. Esta opción que jugará en su momento adecuado -aunque con poca probabilidad de triunfo y aceptación- es la oferta de revivir “una arquitectura de seguridad regional sin injerencia de superpotencias occidentales”. De hecho, hay varios colegas en capitales europeas e incluso en Washington, quienes desde su profundo desconocimiento regional abonado por el factor de “la ingenuidad académica”, la que baraja conceptos antes impensables en la literatura académica, como un “banco de combustible nuclear conjunto” o promesas de inversiones saudíes en la postguerra a cambio de concesiones en los programas de defensa del reino.

Teherán sabe y se hace fuerte en ese saber: “que el mundo árabe rechaza de igual modo las llamadas intenciones de Israel por rediseñar el mapa de Oriente Medio por medio de la fuerza”. Como última alternativa ante el aislamiento del mundo islámico sunnita, Irán podría buscar consolidar su alianza con Moscú y Pekín. Aunque ambas potencias han emitido condenas tibias a los bombardeos occidentales sobre territorio, el flujo clandestino de inteligencia satelital, componentes químicos para misiles de combustible sólido procedentes de China y tecnología de drones de última generación es el auténtico soporte vital del régimen.

Las posibilidades y acciones de los actores islámicos de Oriente Medio han revelado que el mito de la “solidaridad pan-musulmana” ha claudicado definitivamente ante la realidad del interés nacional (Realpolitik).

La agresión militar de Irán contra sus vecinos árabes musulmanes en pleno mes sagrado de Ramadán, socavó décadas de hábil retórica diplomática persa. Ese ha sido tal vez el error fatal por parte de Irán, algo impensado que ha empujado a los árabes del Golfo a fortalecer el bloque sunnita que se ampara bajo el paraguas de defensa occidental e incluso profundiza la lógica de “los Acuerdos de Abraham” para aislar el radicalismo de los grupos yihadistas.

Lo concreto al día de hoy es que Irán ya no compite por la hegemonía regional de Oriente Medio. Sus opciones actuales frente al mundo sunnita están reducidas a una sola premisa: negociar con pragmatismo su supervivencia o arriesgarse a la desintegración total del modelo revolucionario instaurado en 1979 por el Imam Khomeini.

Prof. George Chaya, is a Senior Advisor on Middle Eastern Affairs USA National Security expert OSINT based in Washington DC.

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