La guerra en Ucrania transita su quinto año sin que ninguna de las partes en pugna haya logrado ventajas decisivas. Ni Rusia ha conseguido ir más allá de ese 20 por ciento de control territorial capturado en el este y sur de Ucrania, ni Kiev ha logrado hacer retroceder a las fuerzas expedicionarias rusas.
Por ello, en materia de escenarios se ha consolidado el de guerra estacionada. En este contexto, las acciones de ambos tienden a incrementar el desgaste a través de ataques indiscriminados (particularmente con drones) que buscan desmoralizar el frente en el teatro, como asimismo afectar el nervio clave en toda guerra: la cohesión político-social de las partes.
Es posible que el margen de tiempo, que hasta no hace demasiados meses era un activo más favorable a Rusia que a Ucrania, se haya reducido comenzando a erosionar al presidente Putin, cuyos índices de aprobación y confianza por parte de la sociedad, como dato inicial de ello, han experimentado descensos por primera vez desde 2022.
En relación con posibles fisuras dentro de la estructura de poder en Rusia, esto es, Consejo de Seguridad, ministerio de Defensa, Servicio Federal de Seguridad e Inteligencia Exterior de las Fuerzas Armadas, no se registran datos sobre ello; y lo trascendido se relaciona con reclamos de proceder con mayor dureza en la guerra.
El dato que provoca preocupación está situado en la economía rusa, pues, más allá del hecho relativo con la reorientación que llevó adelante Rusia con sus ventas de petróleo y gas hacia las demandantes economías de Asia-Pacífico-Índico, moderando así los efectos de las sanciones, los ingresos fueron utilizados para sostener la guerra, "militarizando" cada vez más la economía nacional.
Aunque ello tuvo un efecto favorable para el crecimiento económico de Rusia en los años siguientes a 2022, desde el año pasado ese "modelo" viene mostrando sus límites, aun con el alto precio del crudo como consecuencia de la situación turbulenta en la sensible placa geopolítica del golfo Pérsico.
Las consecuencias son constatables: desempleo, escasez de bienes de consumo, inflación, dependencia externa (principalmente de China). El modelo solo podría sostenerse si el precio del crudo se mantiene elevado, pero la situación internacional es coyuntural y volátil. Además, Rusia continúa procrastinando su modernización económica, el gran reto del país en el siglo actual si verdaderamente aspira a convertirse en una potencia completa como Estados Unidos y China.
Para expresarlo en términos muy prácticos: la sociedad rusa ha comenzado a pagar el alto precio de una guerra "quieta" que ha costado cientos de miles de muertos.
Entonces, resulta pertinente preguntarse si Putin no está menospreciando los tiempos de la guerra, sobrepasando la oportunidad de alcanzar un acuerdo que le signifique a Rusia ganancias geopolíticas en relación con sus clásicos reparos, es decir, el de contar con zonas de amortiguación o de amparo territorial frente a propósitos extranjeros de neocontención en sus mismos lindes, y lograr que Ucrania adopte un estatus de neutralidad reforzada.
Es verdad que prácticamente no se evalúan escenarios en los que las fuerzas rusas sean expulsadas del este y sur de Ucrania. Parafraseando a un general estadounidense, podríamos decir que "la presencia rusa en esos territorios no admite sustitutos". Pero también es prácticamente imposible el escenario "Ucrania no existe", es decir, el de una gran ofensiva militar rusa que termine con la toma de Kiev, la captura del gobierno y el establecimiento de un gobierno prorruso, que fue el propósito de la "Operación Militar Especial" lanzada el 24 de febrero de 2022.
Además de esta situación, Ucrania ha demostrado que no sólo resiste la fatiga, sino que puede sostener las ofensivas rusas. Claro que ello solo es posible con la asistencia de una Europa que decidió no persuadir a Kiev para que acuerde con Moscú, y concentrarse a la vez en desarrollar capacidades para una eventual confrontación con Rusia durante la próxima década, pues, aunque no todos, en Europa consideran (casi obsesivamente) que la "actividad geopolítica asertiva" de Rusia (eso que el estadounidense Stephen Kotkin denomina “geopolítica perpetua”) proseguirá tras Ucrania.
Es decir, Europa antes no evitó (en rigor, no intentó) con su diplomacia de “potencia institucional” desaconsejar a Kiev de "adoptar la decisión" de marchar hacia la membresía en la OTAN sabiendo (supuestamente) que ello activaría una respuesta de fuerza por parte de Moscú, pero tampoco hoy intenta persuadir a Ucrania para que acepte las consecuencias de aquella retadora decisión tomada a poco de llegar Zelensky al poder, y admita el precio que implica retar geopolítica y geográficamente a Rusia, una potencia eminentemente terrestre.
Por ello, acaso Putin, persiguiendo en Ucrania objetivos que difícilmente se alcanzarán, está dejando pasar el momento estratégico. Así, del mismo modo que Occidente intentó ir más allá de la victoria en la Guerra Fría empujando la OTAN hacia el inmediato oeste de Rusia, Putin intenta una victoria absoluta empujando a Rusia a una situación que podría comprometerla.
Esto nos remite al Carl con Clausewitz, quien en su célebre obra "De la guerra" advierte sobre la búsqueda de una victoria militar absoluta desdeñando la búsqueda de una victoria o resultado político sostenible en la guerra. Porque no olvidemos que para este influyente prusiano la guerra no era un fin sino un medio.
Por último, y aquí entramos en el terreno de las hipótesis, si la situación en Ucrania termina comprometiendo a Rusia, podría reaparecer el tema del uso de armas atómicas. Hasta hoy, la disuasión nuclear por parte de Rusia no ha detenido a Ucrania y sus valedores occidentales. Pero no olvidemos que la doctrina nuclear rusa revisada en 2024 habilitaría eventualmente su utilización.
Resulta complejo saber qué consideraría hacer Putin ante un escenario comprometido. Resulta difícil saber qué haría Rusia ante tal situación, pues, como decía el gran escritor Nikolái Gógol, Rusia no proporciona respuestas sobre su futuro.

Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales. Posgrado en Control y Gestión de Políticas Públicas. Ex profesor titular de Geopolítica (ESGA). Ex profesor en la UBA y en el ISEN. Colaborador en revistas y sitios especializados nacionales e internacionales. Autor de "La política exterior rusa después de la Guerra Fría. Humillación y reparación" y "La geopolïtica nunca se fue. Los grandes acontecimientos mundiales en clave política, territorial y de poder

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