El Líbano no padece solamente una crisis económica grave; sufre una ocupación religiosa sectaria, ideológica y militar. Lo que el mundo está observando hoy no es el colapso de un sistema financiero, sino la asfixia de una nación a manos de una entidad ocupante que sirve a los intereses de una potencia extranjera que pretende islamizarla al chiismo persa.
Hezbollah, el ejercito ocupante y brazo ejecutor de Irán en el Mediterráneo, ha dejado de ser un “actor político” para convertirse en el ancla que arrastra al Líbano hacia un abismo de aislamiento, confrontación sectaria, pobreza y miseria.
En este escenario, para que el país recupere su lugar en el concierto de las naciones civilizadas y pro-occidentales debe producirse una ruptura total con el paradigma del terrorismo yihadista que representa Hezbollah. La soberanía libanesa es incompatible con la existencia de un ejército paralelo que responde a intereses de una teocracia violenta y externa. La paz definitiva con Israel no es una opción diplomática más; es la única llave para la supervivencia nacional, si el presidente Aoun no puede cumplir con ello, debe apartarse y renunciar ante lo que los libaneses ya están viendo como un absoluto fracaso de su gestión.
Un recorrido por la historia milenaria desde la presencia fenicia del antiguo Líbano, muestra que el país ha sido un puente entre Oriente y Occidente, y en materia del Líbano moderno, fue concebido como un refugio de pluralismo y libertad económica donde en los años 70, el sistema bancario libanés canalizaba la riqueza y el excedente de los recursos petroleros regionales, todo eso se rompió con la guerra civil impuesta por la Liga Árabe y la OLP de Yaser Arafat en abril de 1975.
Actualmente, Hezbollah busca destruir todo vestigio identitario fenicio y ha bregado -sin éxito- hacer lo propio con la forma de vida cristiana, drusa y sunita del país. Sin embargo, la organización chi´ita logró subordinar las decisiones sobre la guerra y la paz del país a la agenda de Teherán, anulado de tal manera el contrato social libanés cuyo origen tuvo lugar con el Pacto Nacional de 1943, que estableció las bases de la convivencia pacífica y el reparto parlamentario de representación política religiosa. Hezbollah arrasó con todo eso sirviéndose -transitoriamente- de aquellos dirigentes corruptos de todas y cada una de las sectas constituvas del tejido social y político, cristianos, drusos y sunníes cayeron en la trampa de la organización.
No obstante, la soberanía no es un elemento que pueda ser compartido. Mientras Hezbollah mantenga sus capacidades militares y un arsenal que supera al de muchos ejércitos regionales, el Estado Libanés es una ficción sin instituciones libres. En consecuencia, la comunidad internacional, liderada por Washington, París y Bruselas, debe dejar de financiar organizaciones de fachada humanitaria que acaban siendo infiltradas por la estructura de inteligencia de Hezbollah. “El apoyo debe ser binario: o se fortalece exclusivamente al Estado y las Fuerzas Armadas Libanesas (LAF) para que retomen el control total de sus fronteras, o se acepta que el Líbano siga siendo un paria internacional, manejado por una corporación criminal-global y por sus redes en Europa, África, América Latina e incluso EE. UU y Canadá”.
Muchos sostienen que uno de los pilares de la fuerza de Hezbollah es la fe, pero lo cierto es que no es la fe, lo que sostiene la organización es el dinero sucio. La organización ha mutado en una corporación criminal transnacional que utiliza el valle de la Bekaa como epicentro de la producción de Captagon, inundando la región y destruyendo el tejido social de los países árabes vecinos. Sus redes de lavado de dinero y tráfico de estupefacientes se extienden desde la Triple Frontera en Sudamérica hasta los puertos de África Occidental.
En estos tiempos de convergencia criminal, para Occidente, la lucha contra Hezbollah es una lucha contra el crimen organizado y el narcoterrorismo. Si alguna vez la hubo, hoy ya no hay una distinción real entre su ala política, sus servicios sociales y su brazo armado; ambos se alimentan de la misma “caja negra” financiada por el contrabando y la exportación de la revolución iraní. Desmantelar sus redes financieras es el primer paso para su colapso interno. Un Líbano alineado con Occidente debe adoptar estándares de transparencia bancaria que expulsen definitivamente los capitales del terrorismo.
El estado de conflicto perpetuo con Israel es la razón de ser de Hezbollah. Sin la narrativa de la “resistencia”, Hezbollah pierde la excusa para mantener sus armas. Sin embargo, para el ciudadano libanés promedio, ese conflicto solo ha traído destrucción y la pérdida de oportunidades históricas que lo han sumido en la postergación, la carencia y la falta de servicios básicos para una vida normal. De allí la importancia de la paz con Israel, la paz con Israel será el motor de la reconstrucción libanesa en todo orden y constituye el único camino a la modernidad y el progreso de sus ciudadanos. Este es el imperativo estratégico del siglo XXI para El Líbano. ¿Quién que no anteponga su miopía ideológica y fanatismo puede negar que los Acuerdos de Abraham han desbloqueado miles de millones de dólares en inversiones y cooperación en educación, tecnología, agricultura y otras varias disciplinas en los Estados del Golfo? Mientras el Líbano se mantiene cautivo en una retórica de los años 70 que solo ha generado pobreza, postergación y la frustración de su gente.
La paz permitiría una explotación conjunta de los yacimientos de gas en el Levante, convirtiendo al Líbano en un centro energético para Europa. También volvería el Líbano de la industria turística anterior a la invasión palestina de 1975. Nuevamente sería el polo turístico de inversiones de las grandes cadenas hoteleras. La estabilidad fronteriza atraería de nuevo al capital occidental y al turismo de lujo que una vez hizo de Beirut la envidia del mundo llamándola la Paris del Mediterráneo y al Líbano la Suiza de Oriente Medio.
En materia de tecnología, nadie puede dudar que El Líbano podría beneficiarse del ecosistema de innovación israelí creando un polo tecnológico único en el Mediterráneo Oriental. Israel ha manifestado en múltiples ocasiones que su conflicto no es con el pueblo libanés, sino con la base de misiles iraní instalada en su territorio.
Concluyendo, la paz definitiva permitiría que la “Línea Azul” se convierta en una frontera de intercambio y progreso y no de sangre. Washington no debe seguir siendo un espectador pasivo. Es necesario un enfoque de “Máxima Presión” que no solo apunte a Teherán, sino directamente a los facilitadores de Hezbollah dentro del sistema político libanés. Cualquier líder político que proteja el arsenal de la milicia debe ser sancionado y excluido del sistema financiero global. La implementación de la Resolución 1701 de la ONU debe ser agresiva. La UNIFIL no puede seguir siendo una fuerza de observación pasiva; necesita un mandato robusto para asegurar que el sur del Líbano esté libre de armas ilegales. El desarme de Hezbollah es el requisito previo para cualquier plan de ayuda y rescate del FMI o del Banco Mundial.
En otras palabras, el Líbano está ante su última oportunidad. Puede elegir ser el último eslabón de un “Eje del Mal” que solo ofrece opresión y estancamiento o puede reclamar su destino como una democracia que mire a Occidente, moderna y soberana. No hay nada real por lo cual resistir, la farsa terminó. Hoy la única y verdadera resistencia, es la que los libaneses exigen: “un país normal, donde las leyes se dicten en el Parlamento y no en otro país y en los búnkeres de las ruinas que han quedado del suburbio del Dahieh”.
La paz con Israel y el desarme de Hezbollah no son gestos de rendición, son los actos de valentía más grandes que el Líbano puede realizar para asegurar el futuro de sus hijos. Es hora de expulsar a los mercenarios de la fe y abrazar la libertad para construir un destino prospero. El país y toda su gente, de todas las religiones, ya han sufrido demasiado por consignas absurdas que solo han traído miseria y destrucción. Es tiempo de acabar con todo eso y caminar unidos en paz y a un futuro mejor.

*Professor George Chaya is a Senior Advisor on Middle Eastern affairs in National Security and expert in Open Source Intelligence (OSINT) based in Washington DC, USA

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