Me miro al espejo del baño, ese que tiene una rajadura finita en la esquina inferior izquierda, como una cicatriz que nadie ve pero que yo conozco de memoria. La canilla gotea: ploc, ploc, ploc. En la repisa hay un solo lujo nuevo en semanas: un pintalabios rojo mate, comprado en cuotas, como casi todo en este país.
No lo necesito, lo sé. Pero lo abrí igual. Y mientras lo deslizo sobre la boca, pienso en algo que leí una vez: la lipstick economy.
La teoría dice, más o menos, que cuando la economía se va al demonio, la gente deja de comprar autos, electrodomésticos, viajes, pero sigue comprando pequeñas cosas que los hagan sentir vivos: un perfume, un esmalte, un labial. No es frivolidad. Es resistencia.
Y yo me estoy resistiendo, parada frente a este espejo, con el sueldo pulverizado, los precios cambiando como si tuvieran ansiedad y ese miedo suave que ya no se va nunca: el de no saber qué va a pasar mañana.
Parece increíble, pero el pintalabios no es un invento moderno ni una estrategia de marketing.
En la Mesopotamia antigua, hace más de cinco mil años, ya se trituraban piedras semipreciosas para teñirse los labios. En el Antiguo Egipto, Cleopatra se pintaba con una mezcla de insectos machacados, óxido de hierro y sustancias que hoy nos darían pánico. Era tóxico, sí. Pero era símbolo de estatus, de poder, de identidad.
Después vinieron siglos donde pintarse la boca era pecado, señal de prostitución o de brujería. En Europa se prohibía, en Inglaterra llegó a haber leyes que anulaban matrimonios si una mujer había “engañado” a un hombre usando cosméticos.
El primer labial moderno como lo conocemos apareció a fines del siglo XIX, en Francia, gracias a un perfumista llamado Maurice Levy, que en 1884 presentó en la Exposición Universal de Ámsterdam una barra sólida de color dentro de un pequeño tubo metálico. No se llamaba todavía “lipstick”: se lo conocía como stylo d’amour, lápiz del amor. No era glamoroso ni masivo, pero ahí empezó todo, el objeto que después iba a entrar en carteras, mochilas y bolsillos de millones de mujeres en todo el mundo.
Hoy, más de cien años después, yo me pinto los labios en un departamento alquilado en Argentina, en pleno 2026, mientras pienso cómo pagar la SUBE, el alquiler, la tarjeta y la comida.
Este país siempre fue un laboratorio de crisis.
Mi abuela todavía recuerda la hiperinflación de 1989 como si hubiese sido ayer. No era solo que todo aumentaba: era que el dinero se volvía inútil. Los precios subían más de un 50% por mes, la inflación anual superó el 3000%, y la gente cobraba y corría al supermercado antes de que remarcaran otra vez.
El austral —nuestra moneda de entonces— ya no servía ni para confiar. Se emitía sin respaldo, no había dólares, la economía estaba rota. Hubo saqueos, disturbios, hambre real. Alfonsín no pudo terminar su mandato y entregó el poder antes de tiempo.
Pero incluso en ese contexto, mi abuela cuenta que algunas mujeres seguían comprando cremas, esmaltes, labiales. No para mostrarse. Para no rendirse.
Yo era chica en 2001, pero el recuerdo es más fuerte que muchas cosas que viví de grande.
El 19 de diciembre decretaron el estado de sitio. El 20, el país salió a la calle con cacerolas, bronca, hambre y desesperación. Hubo represión, muertos, saqueos. De la Rúa se fue en helicóptero como una postal de derrota nacional. En pocos días pasaron cinco presidentes. Todo era un desorden sin forma.
Mis viejos escondían plata en frascos, lloraban bajito, y aun así, una tarde mi mamá volvió del centro con un lápiz labial baratísimo, comprado en una farmacia casi vacía.
—Para acordarme de que sigo siendo yo —dijo.
Eso es la lipstick economy en su versión argentina: cuando el país se incendia, buscamos pequeñas certezas en objetos mínimos.
En 2026 volvemos a escuchar la expresión “tiempos difíciles” como si fuera una marca registrada. Inflación, deuda, ajustes, reformas, bronca, incertidumbre. Todo parece transitorio, pero la transitoriedad se volvió permanente.
Y yo, en medio de ese ruido, me pinto los labios.
No es una coreografía íntima, no es una pose. Es un gesto pequeño, cotidiano, casi infantil, pero profundamente humano. Pintarse es marcar territorio sobre el propio cuerpo cuando todo lo demás es ajeno: la economía, la política, el precio del pan, el futuro.
Me pinto para salir a trabajar, para ir a la radio, para entrevistar a alguien, para caminar por la calle. Me pinto incluso cuando no voy a ver a nadie. Porque verme en el espejo con un poco de color me recuerda que todavía estoy acá.
La palabra “resiliencia” está gastada, pero no encuentro otra mejor. Resiliencia es eso: la capacidad de doblarse sin quebrarse.
El labial no arregla nada, no baja la inflación ni paga la luz. Pero construye algo invisible: una sensación de control en medio del caos.
Mientras lo paso por la boca, pienso que este gesto tan simple conecta a Cleopatra, a mi abuela en el 89, a mi vieja en el 2001 y a mí hoy. Todas en crisis distintas, con monedas distintas, pero con la misma necesidad de no desaparecer del todo.
Vuelvo a mirarme. El rojo no es perfecto, me pasé un poco del borde. Me limpio con el dedo, torpe, humana.
Este espejo vio lágrimas, sonrisas, enojos, besos que después dolieron. Vio pasar gobiernos, slogans, promesas rotas. No guarda dólares ni plazos fijos, pero guarda algo más persistente: la costumbre de seguir.
Quizás la lipstick economy no sea una teoría económica. Quizás sea apenas una forma poética de decir que, cuando todo se derrumba, todavía elegimos no vivir en blanco y negro.
Y entonces entiendo que no me pinto para gustar. Me pinto para acordarme que sigo acá, que todavía puedo elegir un color en medio de tanta sombra.
Salgo del baño, cierro la puerta. Afuera el país sigue temblando. Pero yo ya me armé. Con lo único que pude comprar este mes: un poco de rojo para no volverme transparente.

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