Trescientos años después de que la popular canción infantil “Mambrú se fue a la guerra” evocara con ironía la supuesta muerte del duque de Marlborough, John Churchill, el eco de aquella melodía resuena hoy con una literalidad inquietante. El Reino Unido, heredero de aquella tradición militar que forjó imperios y definió el equilibrio europeo, vuelve a prepararse para un escenario que muchos creían desterrado para siempre: una confrontación a gran escala en el Viejo Continente.
Este giro estratégico no es ni aislado ni improvisado. Se inscribe en un clima continental marcado por la prolongación indefinida de la guerra en Ucrania —que ya supera los cuatro años de hostilidades abiertas—, la creciente confrontación entre la OTAN y Rusia, y la percepción, cada vez más explícita entre los altos mandos militares, de que Europa ha entrado en una “zona gris” entre la paz y el conflicto armado. El primer ministro Keir Starmer ha sido taxativo al respecto. En marzo de 2026, durante una cumbre de defensa europea, advirtió que Occidente enfrenta una “guerra en dos frentes”: la persistente crisis en Ucrania y los crecientes focos de inestabilidad en Oriente Próximo, especialmente vinculados al conflicto iraní y sus ramificaciones regionales. “Tenemos que aceptar que hay una guerra en dos frentes —el conflicto iraní y el continuo conflicto ucraniano—”, declaró, subrayando la necesidad de una respuesta generacional ante un entorno de inseguridad profunda.
Este cambio de tono trasciende la mera retórica política. En los últimos meses, Londres ha acelerado un conjunto de medidas que, vistas en su conjunto, configuran un retorno a la lógica de la movilización nacional propia de las grandes guerras del siglo XX. Entre ellas destaca la actualización del llamado “Libro de Guerra” —un documento estratégico cuyos orígenes se remontan a la Primera Guerra Mundial y que estructuró la respuesta británica ante crisis de gran escala durante décadas—. La nueva versión, según ha detallado el jefe del Estado Mayor de la Defensa, el mariscal del Aire Sir Richard Knighton, no se limita al ámbito castrense. En un discurso pronunciado el 15 de diciembre de 2025 ante el think tank RUSI, Knighton presentó un ambicioso plan de preparación a gran escala para la nación, adaptado a las amenazas modernas y a una sociedad e infraestructuras contemporáneas. El documento incorpora lecciones de la Guerra Fría, de los conflictos recientes en Ucrania y de escenarios híbridos, contemplando desde la reorganización de hospitales y la protección de infraestructuras críticas (plantas energéticas, suministro de agua y redes de comunicación) hasta la movilización industrial y la preparación de la población civil para escasez, interrupciones energéticas, ciberataques o sabotajes.
Knighton ha sido una de las voces más insistentes y autorizadas en subrayar la gravedad del momento. “La relativa paz de la que ha disfrutado Gran Bretaña durante los últimos treinta años está cada vez más amenazada”, afirmó. En su intervención, instó a una “respuesta de toda la sociedad” que va más allá del fortalecimiento de las Fuerzas Armadas: “Necesitamos más personas dispuestas a luchar por su país, tanto en el Ejército regular como en las reservas. Debemos construir capacidad industrial para reabastecer y rearmar, y desarrollar las habilidades que la industria de defensa necesita”. Sus palabras —“hijos e hijas, compañeros, veteranos… todos tendrán un papel que desempeñar. Construir, servir y, si es necesario, luchar”— evocan directamente el sacrificio colectivo de las grandes movilizaciones del pasado, pero actualizadas a un contexto donde la resiliencia nacional incluye universidades, industria energética, manufactura y el propio Servicio Nacional de Salud (NHS).
Sobre el terreno, esta preparación adopta formas concretas y visibles. Tropas británicas participan activamente en ejercicios de alta intensidad en el flanco oriental de la OTAN, especialmente en los países bálticos. En Estonia, por ejemplo, unidades del Ejército británico se han desplegado en la base de Tapa para maniobras como el Ejercicio Resolute Warrior 25 y Spring Storm 26, donde se ensayan escenarios de “guerra total” con Rusia: combate en trincheras, operaciones con munición real, simulaciones de enfrentamientos directos y guerra en entornos urbanos o árticos. Estos entrenamientos replican las lecciones aprendidas en Ucrania, con énfasis en la brutalidad extrema del combate moderno —trincheras, drones, guerra electrónica y ataques saturantes—. El general Richard Shirreff, excomandante adjunto de la OTAN en Europa, ha descrito estos escenarios con crudeza: se trata de una guerra “de extrema brutalidad”, comparable a los conflictos más devastadores del siglo XX. Paralelamente, el Reino Unido ha intensificado su presencia en el Alto Norte y el Ártico, duplicando el número de tropas en Noruega y participando en ejercicios conjuntos como Cold Response y Lion Protector 2026, donde se protegen infraestructuras críticas frente a posibles sabotajes rusos.
El esfuerzo británico se refleja también en el plano presupuestario y tecnológico. El Gobierno de Starmer se comprometió en febrero de 2025 a elevar el gasto en defensa hasta el 2,5 % del PIB en 2027 —tres años antes de lo previsto inicialmente—, con la ambición de alcanzar el 3 % en el próximo Parlamento (posiblemente antes de 2029, según exploraciones en curso en febrero de 2026). Este incremento, el mayor sostenido desde el fin de la Guerra Fría, equivale a unos 13.400 millones de libras adicionales anuales y se financia en parte mediante la reducción del gasto en ayuda internacional del 0,5 % al 0,3 % del ingreso nacional bruto. Los fondos se destinan a la modernización de capacidades clave: submarinos de ataque, sistemas nucleares, drones, guerra digital y, especialmente, la reconstrucción de la base industrial de defensa. En noviembre de 2025, el Ejecutivo anunció la construcción de al menos seis nuevas fábricas de municiones y energéticos (explosivos y propelentes), con una inversión inicial de 1.500 millones de libras en un “pipeline always on” que permitirá escalar la producción rápidamente en caso de necesidad. Parte de los 6.000 millones de libras destinados a municiones en esta legislatura servirán para fabricar hasta 7.000 armas de largo alcance en suelo británico, generando más de 1.000 empleos directos y posicionando a la industria de defensa como motor de crecimiento económico en todas las regiones del país.
Sin embargo, el Reino Unido no actúa en solitario. En todo el continente europeo se multiplican las señales de una preparación similar, aunque desigual en intensidad y enfoque. En Francia, el presidente Emmanuel Macron ha impulsado un servicio nacional voluntario de diez meses para jóvenes, con el objetivo de reforzar las reservas y proyectar disuasión. En Polonia, uno de los ejércitos más grandes de la OTAN, se ha implementado desde 2024 un programa de entrenamiento militar básico voluntario de un mes, ampliable a nueve o once meses para quienes deseen incorporarse. Alemania, que suprimió el servicio obligatorio en 2011, analiza la reintroducción de un modelo voluntario o por sorteo a partir de 2026, con exámenes médicos obligatorios para jóvenes de 18 años. Los países nórdicos, más expuestos geográficamente, lideran esta transformación. Suecia reactivó en 2017 un sistema de registro obligatorio para jóvenes de ambos sexos y desarrolla una estrategia de “defensa total” que involucra a toda la sociedad; Finlandia y Noruega mantienen desde hace décadas el servicio militar obligatorio, integrando a la población civil en la planificación de defensa. Dinamarca extendió la conscripción a las mujeres en julio de 2025, mientras que Estonia, Letonia y Lituania mantienen sistemas de reclutamiento activo.
Más llamativa aún resulta la preparación civil. Suecia ha distribuido manuales de crisis a todos los hogares, con instrucciones precisas sobre almacenamiento de alimentos, localización de refugios y respuesta ante ataques. Lituania y otros estados bálticos han elaborado guías similares. En contraste, las sociedades de Europa occidental, incluido el Reino Unido, aún muestran cierta resistencia psicológica a asumir plenamente la posibilidad de un conflicto de gran escala. Esa brecha de percepción preocupa a los estrategas. Knighton ha señalado que el Reino Unido “no percibe la amenaza con la misma intensidad” que algunos aliados orientales, lo que podría ralentizar la respuesta en un momento crítico. De ahí la insistencia en abrir un debate público sobre los costes de la defensa, la necesidad de una movilización más amplia y la formación de reservas y cadetes para fomentar una cultura de resiliencia nacional.
La posibilidad de una guerra directa entre Rusia y los países europeos sigue siendo, en términos estrictos, un escenario que todos los actores afirman querer evitar. Moscú niega intenciones ofensivas contra la OTAN y denuncia la expansión de la Alianza como una amenaza existencial. Sin embargo, la acumulación de tensiones —militarización progresiva, incidentes en el Báltico, ciberataques y guerra híbrida—, junto con la fragilidad de los equilibrios actuales, alimenta la preocupación de que un incidente o una escalada mal calculada pueda desencadenar un conflicto mayor. En este contexto, el Reino Unido parece decidido a no repetir los errores del pasado. La reactivación del “Libro de Guerra”, el aumento del gasto militar, la apuesta por fábricas de municiones y la apelación directa a la sociedad civil forman parte de una estrategia que busca anticiparse a lo impensable, haciendo del país un “objetivo más duro” para cualquier adversario.
Como en tiempos del duque de Marlborough, la guerra no es un destino deseado, pero sí una posibilidad que exige preparación rigurosa y colectiva. La vieja canción infantil hablaba de un regreso incierto. En la Europa de 2026, la pregunta no es solo quién irá a la guerra, sino si el continente será capaz de evitarla mediante disuasión creíble y unidad. Entretanto, en Londres y en otras capitales europeas, los preparativos avanzan con una determinación que revela hasta qué punto la historia, lejos de haber terminado, vuelve a reclamar su lugar con urgencia renovada. El desafío es claro: transformar la resiliencia en disuasión real, antes de que sea demasiado tarde.
Adalberto Agozino es Doctor en Ciencia Política, Analista Internacional y Docente de la Universidad de Buenos Aires

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