Ayer se subió una foto de Maduro esposado en un avión desde la cuenta de Trump.
Nadie lo vio arrestado en la calle. No hubo transmisión en vivo del operativo. No hay registro de ningún proceso legal. Solo una imagen y un tweet.
Y sin embargo, el precio del petróleo se movió. Los mercados reaccionaron. Los gobiernos emitieron declaraciones. Los medios cubrieron “el evento”.
¿Qué evento? ¿El arresto de Maduro o la publicación del tweet?
Acá es donde la mayoría de los análisis que vi estos días se quedan cortos. Porque insisten en preguntar: ¿es verdad o mentira? ¿Está realmente preso? ¿Es una puesta en escena?
Preguntas equivocadas para el fenómeno que estamos viendo.

La CCRU y las ficciones productivas
Allá por fines de los noventa, un grupo de académicos en la Universidad de Warwick formó lo que llamaron la CCRU: Cybernetic Culture Research Unit. Entre ellos estaban Nick Land, Sadie Plant, Mark Fisher, y otros que después se volverían influyentes en la teoría contemporánea.
Una de sus ideas centrales era el concepto de hiperstición: ficciones que se hacen reales a sí mismas por el hecho de ser narradas y creídas.
No es lo mismo que una mentira. Una mentira presupone una verdad que está siendo ocultada o distorsionada. La hiperstición opera diferente: no oculta nada, produce algo.
Tampoco es lo mismo que una profecía autocumplida común. Es más que eso. Es entender que ciertas narrativas funcionan como máquinas productivas que generan las condiciones materiales de su propia realización.

El ejemplo más obvio que no vemos
Pensá en la plata, la moneda, la biyuya, la tarasca.
Un billete de cien dólares es un pedazo de papel. No tiene valor intrínseco. No podés comerlo, no te abriga, no te cura. Su paridad con el oro se sacó hace decadas. Y sin embargo, funciona como si tuviera valor. ¿Por qué? Porque todos actuamos como si lo tuviera.
El dinero es una hiperstición exitosa. Una ficción compartida que, por ser compartida, produce efectos absolutamente reales: mueve bienes, construye edificios, financia guerras, alimenta poblaciones.
No tiene sentido preguntar si el valor del dinero es “verdadero” o “falso”. La pregunta es obsoleta. El dinero funciona. Produce realidad.

Volvamos a Maduro
Con esto en mente, miremos de nuevo lo que pasó.
Trump sube una foto. Dice que Maduro fue arrestado. Los mercados reaccionan. Los gobiernos responden. Los medios cubren.
¿Importa si Maduro está “realmente” preso en algún sentido verificable? La foto ya hizo su trabajo. Ya produjo movimientos de capital, reposicionamientos geopolíticos, narrativas que van a estructurar las próximas semanas de cobertura y tambien hizo que Nike rompa record en ventas con el conjunto que el mas duro usó.

El tweet no fue un reporte sobre un evento. El tweet fue el evento.
Esto no es una teoría conspirativa. No estoy diciendo que “nos mienten”. Estoy diciendo algo más evidente: que la distinción entre verdad y mentira, entre real y falso, dejó de ser referencial para entender estos fenómenos.
Por qué nuestras categorías no sirven
Cuando vemos algo así, nuestro instinto es agarrar la brújula moral: ¿quiénes son los buenos? ¿Quiénes los malos? ¿Quién dice la verdad? ¿Quién miente?
Bueno-malo. Víctima-victimario. Verdadero-falso.
Son categorías del siglo XIX. Herramientas diseñadas para un mundo donde la propaganda funcionaba ocultando información, donde había una realidad “ahí afuera” que el poder distorsionaba, donde el trabajo crítico era despejar la niebla para ver claro.
Pero hoy el poder no funciona ocultando. Funciona produciendo. No esconde la realidad detrás de una cortina de humo. Genera realidad a través de la circulación de signos.
No hay una verdad escondida debajo del tweet de Trump esperando ser descubierta. El tweet es la cosa. Es la máquina productiva haciendo su trabajo.
¿Y entonces qué?
Acá es donde la gente suele preguntar: “Bueno, ¿y qué hacemos? ¿Nos resignamos? ¿Todo vale?”
No.
Pero sí tenemos que cambiar las preguntas que hacemos.
En lugar de “¿qué es verdad?”, preguntar “¿qué produce esta narrativa?”
En lugar de “¿quién tiene razón?”, preguntar “¿qué efectos materiales genera esta circulación de signos?”
En lugar de “¿qué está pasando realmente?”, preguntar “¿qué futuros se vuelven más probables si esta ficción se masifica?”
Y quizás la más importante: ¿qué queremos hacer real?
Porque si las ficciones son máquinas productivas de realidad, entonces tenemos que pensar qué ficciones estamos alimentando, amplificando, haciendo circular. No desde la ingenuidad de creer que podemos “decir la verdad” contra las mentiras del poder. Sino desde la comprensión de que estamos todos metidos en una guerra de narrativas donde el premio no es tener razón sino producir mundo.
Nota final
No escribo esto para decirte qué pensar sobre Venezuela o sobre Trump. Genuinamente no me interesa entrar en ese debate.
Lo escribo porque me frustra ver la misma conversación estéril repetirse cada vez que pasa algo así: “es verdad”, “es mentira”, “los medios mienten”, “hay que buscar la información real” “marico asi empezo el socialismo”.
Todo eso presupone un mundo que ya no existe. Un mundo donde había un territorio debajo del mapa.
Hoy el mapa es lo único que hay. Y los que entienden eso son los que están dibujando. Hay que batallar contra los brujos hipersticionales del capital.

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