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25 de mayo de 1810: ¿qué pasaba en Asia mientras Buenos Aires se sublevaba? (Marcos González Gava)

Por Poder & Dinero

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En el mismo momento en que el Río de la Plata iniciaba su camino hacia la independencia, China, Japón y Corea vivían bajo sistemas milenarios que parecían inamovibles. Cincuenta años después, ninguno sería igual.

Hay fechas que funcionan como espejos. El 25 de mayo de 1810 es una de ellas. Mientras en Buenos Aires el Cabildo Abierto destituía al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y sentaba las bases de lo que sería la independencia argentina, al otro lado del planeta tres de las civilizaciones más antiguas y poderosas del mundo vivían en una quietud que, vista desde hoy, resulta engañosa. No era paz: era el silencio previo a una transformación sin precedentes.

China: el gigante que aún no sabía lo que se venía

En 1810, el trono del Imperio Qing lo ocupaba el emperador Jiaqing, el quinto hijo del legendario Qianlong, cuyo reinado había llevado a China a su mayor extensión territorial. Jiaqing heredó un imperio que seguía siendo una de las economías más grandes del mundo, pero también heredó sus fracturas: corrupción burocrática generalizada, una población que había crecido de manera explosiva durante el siglo XVIII y una presión fiscal que aplastaba a los campesinos de las provincias interiores.

La presencia europea era todavía marginal. Todo el comercio con Occidente estaba confinado al sistema Canton, un régimen que obligaba a los mercaderes extranjeros a operar exclusivamente a través de Guangzhou y bajo condiciones estrictamente controladas por el Estado imperial. Los británicos, que ya dominaban el comercio global, miraban a China con apetito y frustración en partes iguales.

Faltaban apenas tres décadas para que ese orden se quebrara. La Primera Guerra del Opio, entre 1839 y 1842, marcaría el inicio del llamado «siglo de humillaciones»: tratados desiguales, puertos forzados, cesión de Hong Kong. Nada de eso era imaginable en mayo de 1810. China se veía a sí misma como el centro del mundo. Y en muchos sentidos, todavía lo era.

Japón: el país cerrado en su propio esplendor

A unos 2.000 kilómetros al noreste, el archipiélago japonés vivía uno de los períodos más singulares de su historia. El shogunato Tokugawa, instalado desde 1603, mantenía con firmeza la política de sakoku: un régimen de aislamiento que prohibía la entrada de extranjeros, restringía los viajes al exterior de los propios japoneses y reducía el comercio internacional a un único canal controlado: los neerlandeses en el puerto artificial de Dejima, en Nagasaki.

Pero el aislamiento no era estancamiento. El período Edo era una época de extraordinaria vitalidad cultural y urbana. Edo —la actual Tokio— era ya una de las ciudades más pobladas del planeta. El teatro kabuki convocaba multitudes. Los grabados ukiyo-e documentaban una sociedad sofisticada, irónica y visualmente deslumbrante.

La clase mercantil crecía. La alfabetización aumentaba. Japón era un mundo completo, perfectamente funcional, que había decidido no necesitar a Occidente.

Esa decisión duraría cuarenta y tres años más. En 1853, el comodoro Matthew Perry fondeó su escuadra de barcos a vapor frente a la bahía de Edo y exigió la apertura del país. Lo que siguió fue la Restauración Meiji: la industrialización más veloz de la historia moderna y la transformación de un shogunato feudal en una potencia imperial en menos de medio siglo.

Corea: el reino que eligió no existir para el mundo

Más al sur de la península, la dinastía Joseon gobernaba Corea desde 1392. Era un reino tributario de China Qing, estructurado sobre una filosofía confuciana que permeaba desde las relaciones familiares hasta el funcionamiento del Estado. La aristocracia yangban monopolizaba el poder político y el acceso al saber. Los exámenes imperiales determinaban quién ascendía y quién no.

Si Japón era cerrado, Corea era hermético. Tanto que los occidentales que intentaban acercarse —jesuitas, comerciantes, exploradores— encontraban una resistencia casi absoluta. El apodo que le quedaría para la historia, «Reino Ermitaño», no era una metáfora. Era una descripción precisa de una política exterior que consideraba el contacto con el exterior como una amenaza a la estabilidad interna.

En 1810, esa estabilidad ya mostraba grietas. La desigualdad rural se profundizaba. Las facciones de la corte se enfrentaban con violencia creciente. Los problemas fiscales acumulaban tensión social. Pero ninguna de esas crisis apuntaba todavía hacia el exterior. El peligro parecía interno, y las soluciones también se buscaban adentro.

Un modelo que cambiaría en cincuenta años

Lo notable de esta fotografía simultánea —Buenos Aires en 1810, Beijing en 1810, Edo en 1810, Seúl en 1810— es la velocidad con que se volvió obsoleta. En cincuenta años, el mapa político, económico y cultural de Asia Oriental había sido reescrito por completo.

China entró en un ciclo de guerras, tratados humillantes y desintegración parcial del poder central que no se cerraría hasta el siglo XX. Japón, en cambio, absorbió el impacto occidental con una disciplina y una velocidad que asombraron al mundo: para 1905 derrotaba militarmente a Rusia, la primera vez que una potencia asiática vencía a una europea en la era moderna. Corea quedó atrapada en el medio: disputada entre China, Japón y las potencias occidentales, fue finalmente anexada por Tokio en 1910, exactamente un siglo después de la Revolución de Mayo.

Mientras Buenos Aires inauguraba su proceso de independencia con la mirada puesta en el futuro, Asia Oriental vivía el último capítulo de un orden milenario. Ninguno de los dos mundos sabía las transformacions que les esperaban. Pero la historia, como siempre, no esperaría para desplegarse.

Marcos González Gava es Co Fundador de Reporte Asia, Especialista en negociaciones comerciales y financieras, y asuntos culturales con la República Popular China

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