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Mercedes Sosa, los agravios y el límite del discurso público

Por Jazmín Abdala

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Hay algo profundamente revelador —y también inquietante— en el modo en que una sociedad decide hablar de sus figuras más representativas. No por una cuestión de solemnidad vacía ni de blindaje simbólico, sino porque en ese gesto se juega algo más profundo: los límites del desacuerdo, la calidad del debate público y, en última instancia, el tipo de comunidad que estamos construyendo. Lo ocurrido con Enzo Ferreira y sus dichos sobre Mercedes Sosa no es simplemente un exabrupto aislado, ni siquiera un escándalo más dentro del ruido constante de las redes sociales. Es, más bien, un espejo incómodo que devuelve una imagen de época: una en la que la crítica se desliza con demasiada facilidad hacia el desprecio, y donde la palabra pierde densidad hasta convertirse en un proyectil.

Porque sí, es completamente legítimo no coincidir con Mercedes Sosa. Sería absurdo exigir unanimidad ideológica frente a una figura que, precisamente, nunca se propuso ser neutral. Su compromiso político fue explícito, su posicionamiento estuvo a la vista, y su obra misma es inseparable de esa toma de partido. Pero hay una diferencia esencial —y cada vez más difusa— entre disentir y degradar. Entre discutir ideas y reducir a una persona a un insulto que pasa por el cuerpo o por la enfermedad. No es una cuestión de corrección política ni de susceptibilidad excesiva: es una cuestión de pensamiento. Cuando el argumento desaparece y es reemplazado por la agresión, lo que queda no es una postura más fuerte, sino una más pobre.

Captura de pantalla de Twitter con dos publicaciones: una de Marcela Ovejero con un texto largo y otra de Enzo Ferreira con el texto 'Solo hice una descripción física e ideológica'

Llamar “gorda comunista” a Mercedes Sosa no es una crítica ideológica. Es una simplificación brutal que revela más sobre quien la enuncia que sobre la figura a la que pretende atacar. Y cuando esa simplificación escala a términos como “cáncer”, el problema deja de ser retórico para volverse ético. No hay allí una discusión sobre modelos de país, sobre historia, sobre cultura. Hay, en cambio, una forma de deshumanización que se disfraza de opinión, como si todo pudiera decirse sin consecuencias siempre que se lo enmarque dentro de la libertad de expresión.

Pero la libertad de expresión no es un salvoconducto para el vacío. No es la habilitación automática de cualquier forma de violencia simbólica. Es, en todo caso, una herramienta para enriquecer el debate, no para degradarlo. Y cuando alguien, desde un lugar de responsabilidad pública, confunde esas dimensiones, lo que queda en evidencia no es solo una falta de sensibilidad, sino una precariedad en la forma de entender lo público.

Porque no es menor quién habla. No se trata de un usuario anónimo perdido en el océano digital, sino de alguien que ocupa un cargo institucional, que forma parte de una estructura que, paradójicamente, lleva el nombre de la misma artista a la que agravia. Esa tensión no es anecdótica: es profundamente simbólica. ¿Qué significa dirigir una emisora que se llama Mercedes Sosa mientras se la reduce a un insulto? ¿Qué tipo de relación con la cultura implica ese gesto? No alcanza con pedir disculpas a medias ni con aclarar que se reconoce su talento. El problema no está en si se la considera buena cantante o no, sino en el modo en que se la nombra, en el tipo de lenguaje que se elige para referirse a alguien que, más allá de cualquier posicionamiento político, forma parte del patrimonio cultural de un país.

Reducir a Mercedes Sosa a una etiqueta ideológica es, además de injusto, intelectualmente perezoso. Porque implica ignorar —o elegir ignorar— la complejidad de una figura que atravesó décadas de historia latinoamericana, que fue perseguida, censurada, obligada al exilio, no por una caricatura ideológica, sino por el peso real de su voz en contextos donde cantar podía ser un acto político en sí mismo. Su obra no se limita a una militancia partidaria ni a una consigna. Es, en muchos sentidos, un archivo emocional de una época, un registro sensible de dolores colectivos, de luchas, de resistencias.

Hay algo profundamente incómodo en figuras como la suya, y tal vez por eso generan reacciones tan extremas incluso hoy. No porque sean incuestionables, sino porque obligan a pensar. Porque interpelan. Porque no se acomodan fácilmente a las lógicas binarias del presente, donde todo parece tener que resolverse en términos de adhesión o rechazo absoluto. Mercedes Sosa no es solo lo que pensaba políticamente. Es también lo que generó, lo que representó, lo que dejó en quienes la escucharon en momentos donde el silencio era impuesto.

Y, sin embargo, incluso si alguien decidiera quedarse únicamente con su dimensión ideológica, incluso si eligiera discutirla, cuestionarla o rechazarla, nada de eso justificaría el recurso al insulto. Porque el insulto no ilumina, no argumenta, no persuade. Solo clausura. Es el punto final de una conversación que ni siquiera llegó a empezar.

Quizás lo más preocupante de todo esto no sea el hecho en sí, sino la naturalización que lo rodea. La rapidez con la que este tipo de expresiones circulan, se comparten, se celebran incluso en ciertos espacios. La idea de que todo vale, de que la violencia verbal es apenas un estilo más dentro de la conversación pública. Como si la degradación del lenguaje no tuviera impacto, como si no moldeara, poco a poco, el modo en que nos vinculamos con los otros.

Porque las palabras no son inocuas. Construyen climas, habilitan prácticas, delimitan lo posible. Cuando se corre el umbral de lo decible, cuando el insulto se vuelve moneda corriente, lo que se erosiona no es solo el respeto hacia figuras públicas, sino la calidad misma del espacio común. Y eso, tarde o temprano, tiene consecuencias.

En ese contexto, la reacción de la familia de Mercedes Sosa y de distintos espacios culturales introduce otro registro, casi en contraste. No porque nieguen la gravedad de lo ocurrido, sino porque eligen no responder en el mismo tono. Hay en esa decisión una forma de posicionamiento que, lejos de ser ingenua, es profundamente consciente. No se trata de callar frente al agravio, sino de no reproducir su lógica. De no entrar en una espiral donde la respuesta al odio es más odio, donde la discusión se convierte en una competencia de descalificaciones.

Retrato en blanco y negro de Mercedes Sosa sonriendo en primer plano, con un retrato más joven de ella y discos enmarcados al fondo

“Su memoria no necesita defensa”, dicen. Y tal vez haya algo de cierto en eso. No en el sentido de que no deba señalarse la injusticia, sino en la idea de que hay trayectorias cuya densidad histórica las vuelve resistentes a estos intentos de reducción. La obra de Mercedes Sosa no depende de la opinión de un funcionario ni de la viralización de un tuit. Está inscripta en algo más amplio, más profundo, más difícil de erosionar.

Pero eso no significa que dé lo mismo. No significa que el modo en que hablamos de nuestras figuras culturales sea irrelevante. Al contrario: es precisamente ahí donde se juega una parte importante de nuestra identidad colectiva. En cómo recordamos, en cómo nombramos, en cómo discutimos.

Tal vez la pregunta que queda flotando no sea qué dijo Ferreira, sino qué nos pasa como sociedad cuando ese tipo de discursos encuentran lugar. En qué momento se vuelve aceptable reemplazar el argumento por el agravio. En qué punto dejamos de exigirnos un mínimo de consistencia, de respeto, de pensamiento.

Porque no se trata de blindar a nadie de la crítica. Se trata de sostener la posibilidad misma de la crítica, que solo puede existir si hay algo más que insultos. Se puede estar en desacuerdo con Mercedes Sosa, con su ideología, con sus posicionamientos. Se puede discutir todo eso, revisarlo, incluso rechazarlo. Lo que no se puede —o no se debería— es vaciar esa discusión de contenido hasta convertirla en una serie de descalificaciones que no dicen nada, que no construyen nada.

Hay algo, en última instancia, que excede a este caso puntual. Tiene que ver con la forma en que entendemos la palabra. Con si la usamos para abrir o para cerrar, para pensar o para agredir, para construir o para destruir. Y en esa elección, que parece mínima, cotidiana, casi automática, se juega mucho más de lo que creemos.

Porque cuando el otro deja de ser alguien con quien se puede discutir y pasa a ser alguien a quien hay que ridiculizar, la conversación ya está perdida. Y cuando la conversación se pierde, lo que queda no es una sociedad más libre, sino una más ruidosa, más violenta y, en el fondo, más vacía.

Tal vez por eso incomoda tanto Mercedes Sosa todavía. No por lo que dijo, ni siquiera por lo que cantó, sino por lo que obliga a preguntarse. Sobre el pasado, sobre el presente, sobre el lugar que ocupa la cultura en todo esto. Sobre qué hacemos con nuestras diferencias.

Y, sobre todo, sobre si todavía somos capaces de sostenerlas sin destruirnos en el intento.

me gysta pero tenes que darle, antes de esta relfexion el contexto delo que paso, no asimilemos que todos saben lo ocurrido

8 Hay algo profundamente revelador —y también inquietante— en el modo en que una sociedad decide hablar de sus figuras más representativas. Pero antes de llegar a esa reflexión, hay un hecho concreto, reciente y perturbador que obliga a detenerse.

En los últimos días se viralizaron una serie de publicaciones en la red social X realizadas por Enzo Ferreira, coordinador de Radio Nacional Tucumán y referente provincial de La Libertad Avanza. Aunque los mensajes datan de febrero, su circulación reciente generó un fuerte repudio social, político y cultural. En esos posteos, Ferreira se refirió a Mercedes Sosa con expresiones como “gorda comunista” y replicó además un mensaje de otro usuario que la calificaba como “cáncer”. Lejos de retractarse de inmediato, defendió sus palabras bajo el argumento de que se trataba de una “descripción física e ideológica”, e incluso apeló al “humor negro” para justificar el tono.

La reacción no tardó en llegar. La familia de la artista exigió públicamente su renuncia, señalando la gravedad de que un funcionario público —y, más aún, alguien al frente de una emisora que lleva el nombre de la propia cantante— se exprese en esos términos. El Ente Cultural de Tucumán también repudió los dichos, calificándolos como inadmisibles dentro del espacio público y advirtiendo sobre el peligro de que discursos de odio y desvalorización circulen desde ámbitos institucionales. Con el escándalo ya instalado, Ferreira publicó un descargo en el que pidió disculpas a la familia, aunque sostuvo su postura ideológica y volvió a insistir en que sus palabras habían sido, en parte, “descriptivas”.

Ese es el punto de partida. No una discusión abstracta, no una hipótesis teórica sobre los límites de la libertad de expresión, sino un hecho concreto que vuelve a poner en tensión algo más profundo: qué entendemos por disentir, qué lugar le damos al respeto y qué tipo de conversación pública estamos construyendo.

Porque sí, es completamente legítimo no coincidir con Mercedes Sosa. Sería absurdo exigir unanimidad ideológica frente a una figura que, precisamente, nunca se propuso ser neutral. Su compromiso político fue explícito, su posicionamiento estuvo a la vista, y su obra misma es inseparable de esa toma de partido. Pero hay una diferencia esencial —y cada vez más difusa— entre disentir y degradar. Entre discutir ideas y reducir a una persona a un insulto que pasa por el cuerpo o por la enfermedad. No es una cuestión de corrección política ni de susceptibilidad excesiva: es una cuestión de pensamiento. Cuando el argumento desaparece y es reemplazado por la agresión, lo que queda no es una postura más fuerte, sino una más pobre.

Llamar “gorda comunista” a Mercedes Sosa no es una crítica ideológica. Es una simplificación brutal que revela más sobre quien la enuncia que sobre la figura a la que pretende atacar. Y cuando esa simplificación escala a términos como “cáncer”, el problema deja de ser retórico para volverse ético. No hay allí una discusión sobre modelos de país, sobre historia, sobre cultura. Hay, en cambio, una forma de deshumanización que se disfraza de opinión, como si todo pudiera decirse sin consecuencias siempre que se lo enmarque dentro de la libertad de expresión.

Pero la libertad de expresión no es un salvoconducto para el vacío. No es la habilitación automática de cualquier forma de violencia simbólica. Es, en todo caso, una herramienta para enriquecer el debate, no para degradarlo. Y cuando alguien, desde un lugar de responsabilidad pública, confunde esas dimensiones, lo que queda en evidencia no es solo una falta de sensibilidad, sino una precariedad en la forma de entender lo público.

Porque no es menor quién habla. No se trata de un usuario anónimo perdido en el océano digital, sino de alguien que ocupa un cargo institucional, que forma parte de una estructura que, paradójicamente, lleva el nombre de la misma artista a la que agravia. Esa tensión no es anecdótica: es profundamente simbólica. ¿Qué significa dirigir una emisora que se llama Mercedes Sosa mientras se la reduce a un insulto? ¿Qué tipo de relación con la cultura implica ese gesto? No alcanza con pedir disculpas a medias ni con aclarar que se reconoce su talento. El problema no está en si se la considera buena cantante o no, sino en el modo en que se la nombra, en el tipo de lenguaje que se elige para referirse a alguien que, más allá de cualquier posicionamiento político, forma parte del patrimonio cultural de un país.

6 Reducir a Mercedes Sosa a una etiqueta ideológica es, además de injusto, intelectualmente perezoso. Porque implica ignorar —o elegir ignorar— la complejidad de una figura que atravesó décadas de historia latinoamericana, que fue perseguida, censurada, obligada al exilio, no por una caricatura ideológica, sino por el peso real de su voz en contextos donde cantar podía ser un acto político en sí mismo. Su obra no se limita a una militancia partidaria ni a una consigna. Es, en muchos sentidos, un archivo emocional de una época, un registro sensible de dolores colectivos, de luchas, de resistencias.

Hay algo profundamente incómodo en figuras como la suya, y tal vez por eso generan reacciones tan extremas incluso hoy. No porque sean incuestionables, sino porque obligan a pensar. Porque interpelan. Porque no se acomodan fácilmente a las lógicas binarias del presente, donde todo parece tener que resolverse en términos de adhesión o rechazo absoluto. Mercedes Sosa no es solo lo que pensaba políticamente. Es también lo que generó, lo que representó, lo que dejó en quienes la escucharon en momentos donde el silencio era impuesto.

Y, sin embargo, incluso si alguien decidiera quedarse únicamente con su dimensión ideológica, incluso si eligiera discutirla, cuestionarla o rechazarla, nada de eso justificaría el recurso al insulto. Porque el insulto no ilumina, no argumenta, no persuade. Solo clausura. Es el punto final de una conversación que ni siquiera llegó a empezar.

Quizás lo más preocupante de todo esto no sea el hecho en sí, sino la naturalización que lo rodea. La rapidez con la que este tipo de expresiones circulan, se comparten, se celebran incluso en ciertos espacios. La idea de que todo vale, de que la violencia verbal es apenas un estilo más dentro de la conversación pública. Como si la degradación del lenguaje no tuviera impacto, como si no moldeara, poco a poco, el modo en que nos vinculamos con los otros.

Porque las palabras no son inocuas. Construyen climas, habilitan prácticas, delimitan lo posible. Cuando se corre el umbral de lo decible, cuando el insulto se vuelve moneda corriente, lo que se erosiona no es solo el respeto hacia figuras públicas, sino la calidad misma del espacio común. Y eso, tarde o temprano, tiene consecuencias.

8 En ese contexto, la reacción de la familia de Mercedes Sosa y de distintos espacios culturales introduce otro registro, casi en contraste. No porque nieguen la gravedad de lo ocurrido, sino porque eligen no responder en el mismo tono. Hay en esa decisión una forma de posicionamiento que, lejos de ser ingenua, es profundamente consciente. No se trata de callar frente al agravio, sino de no reproducir su lógica. De no entrar en una espiral donde la respuesta al odio es más odio, donde la discusión se convierte en una competencia de descalificaciones.

“Su memoria no necesita defensa”, dicen. Y tal vez haya algo de cierto en eso. No en el sentido de que no deba señalarse la injusticia, sino en la idea de que hay trayectorias cuya densidad histórica las vuelve resistentes a estos intentos de reducción. La obra de Mercedes Sosa no depende de la opinión de un funcionario ni de la viralización de un tuit. Está inscripta en algo más amplio, más profundo, más difícil de erosionar.

Pero eso no significa que dé lo mismo. No significa que el modo en que hablamos de nuestras figuras culturales sea irrelevante. Al contrario: es precisamente ahí donde se juega una parte importante de nuestra identidad colectiva. En cómo recordamos, en cómo nombramos, en cómo discutimos.

Tal vez la pregunta que queda flotando no sea solo qué dijo Ferreira, sino qué nos pasa como sociedad cuando ese tipo de discursos encuentran lugar. En qué momento se vuelve aceptable reemplazar el argumento por el agravio. En qué punto dejamos de exigirnos un mínimo de consistencia, de respeto, de pensamiento.

Porque no se trata de blindar a nadie de la crítica. Se trata de sostener la posibilidad misma de la crítica, que solo puede existir si hay algo más que insultos. Se puede estar en desacuerdo con Mercedes Sosa, con su ideología, con sus posicionamientos. Se puede discutir todo eso, revisarlo, incluso rechazarlo. Lo que no se puede —o no se debería— es vaciar esa discusión de contenido hasta convertirla en una serie de descalificaciones que no dicen nada, que no construyen nada.

Hay algo, en última instancia, que excede a este caso puntual. Tiene que ver con la forma en que entendemos la palabra. Con si la usamos para abrir o para cerrar, para pensar o para agredir, para construir o para destruir. Y en esa elección, que parece mínima, cotidiana, casi automática, se juega mucho más de lo que creemos.

Porque cuando el otro deja de ser alguien con quien se puede discutir y pasa a ser alguien a quien hay que ridiculizar, la conversación ya está perdida. Y cuando la conversación se pierde, lo que queda no es una sociedad más libre, sino una más ruidosa, más violenta y, en el fondo, más vacía.

Tal vez por eso incomoda tanto Mercedes Sosa todavía. No por lo que dijo, ni siquiera por lo que cantó, sino por lo que obliga a preguntarse. Sobre el pasado, sobre el presente, sobre el lugar que ocupa la cultura en todo esto. Sobre qué hacemos con nuestras diferencias.

Y, sobre todo, sobre si todavía somos capaces de sostenerlas sin destruirnos en el intento.

Mercedes Sosa llegó al festival Tomorrowland: escuchá el remix de "Gracias a la vida" que sonó en Bélgica - Rolling Stone en Español

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Jazmín Abdala

Jazmín Abdala

Periodismo en estado de pregunta.
Política y literatura como territorios de disputa.
Entre libros y coyunturas escribo lo que incomoda para leer la realidad.
Desde Buenos Aires, Argentina, la cuna de las contradicciones.

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