El episodio más disruptivo ocurrió este jueves 26, cuando el Presidente decidió romper lanzas con los principales capitanes de la industria argentina. Bajo la acusación de ser "delincuentes" y parte de un "sistema corrupto", Milei disparó una ráfaga de apodos despectivos que sacudieron al sector empresarial. Figuras de la talla de Paolo Rocca, CEO de Techint, fueron rebautizadas desde el poder central como "Don Chatarrín de los tubitos caros", mientras que a Javier Madanes Quintanilla, de la firma Fate —golpeada recientemente por despidos y cierres parciales—, se lo calificó burlonamente como "Don Gomita". A Roberto Méndez, de Neumen, le tocó el turno bajo el mote de "Señor Lengua Floja". Estos ataques no son meras anécdotas; representan el quiebre de la relación con el sector productivo tradicional, al que el Gobierno acusa ahora de generar "inflación por avaricia" para desviar la mirada de la caída del consumo y la recesión.
Este clima de hostilidad se respira también en las calles y en la relación con las instituciones. La renuncia de Marco Lavagna al INDEC a principios de mes, tras denunciar presiones para postergar la implementación de un nuevo IPC que reflejaba cifras de inflación superiores a las deseadas, ha dejado una mancha de sospecha sobre la transparencia estadística del Gobierno. La sospecha de que el Banco Central y el Ejecutivo han comenzado a "dibujar" los números para sostener el relato del éxito económico se vuelve cada vez más difícil de ignorar, especialmente cuando el ciudadano común nota que los precios en la góndola no coinciden con los gráficos oficiales que el Presidente postea compulsivamente.
Mientras tanto, en el Congreso, la media sanción de la Ley de Glaciares en el Senado se logró bajo una presión asfixiante hacia los gobernadores. La estrategia fue clara: asfixia financiera para las provincias que no se alinearan y promesas de "aire" fiscal para las que acompañaran el desguace de la protección ambiental en favor del RIGI. Sin embargo, esta victoria legislativa se ve empañada por la creciente violencia contra la prensa. Durante las jornadas de protesta, el hostigamiento a cronistas y camarógrafos, tildados de "ensobrados" por el propio Presidente, se tradujo en agresiones físicas por parte de fuerzas de seguridad y militantes, en un intento sistemático por silenciar cualquier registro que escape a la narrativa de la "libertad".
La pregunta que flota en el aire es si un modelo económico puede ser viable cuando su único motor es la exclusión y su único combustible es el odio y la contienda, cuanta previsibilidad nos puede dar un modelo que se sustenta en el maltrato verbal y la asfixia economica a todos los sectores. Con una imagen positiva que ya perfora el piso del 40% y una negativa que roza los 60% la sociedad empieza a ver en los ataques presidenciales son una maniobra de distracción frente al hambre, el Gobierno parece estar encerrándose en su propia burbuja de confrontación. Gobernar bajo la lógica del ring permanente puede ganar algunas tendencias en redes sociales, pero difícilmente logre tapar el hecho de que, afuera del cuadrilátero, la realidad argentina se está quedando sin aliento mientras convive con un clima de conflictividad y polarizacion sin sentido constante.
Los empresarios no son meros "actores del sistema", sino los responsables de miles de empleos y de una cadena de valor que Milei parece decidido a sacrificar en el altar de una apertura importadora indiscriminada. Resulta irónico que Paolo Rocca, quien fue un apoyo clave para la consolidación del Gobierno y un entusiasta de la reforma laboral, sea hoy el blanco de un escrache digital por defender la competitividad de sus insumos frente al aluvión chino.
Aquí reside la mayor contradicción de la gestión actual. Milei se abraza a la figura de Trump, un líder cuyo programa económico se basa en el "America First", en la protección de sus industrias con aranceles agresivos y en el fomento del empleo local. Sin embargo, el "Trumpismo a la argentina" parece ser exactamente lo opuesto: una invitación a que la industria nacional se hunda bajo el peso de una competencia desigual mientras el Estado se desentiende de las consecuencias sociales. El Presidente parece ignorar que su referente del Norte jamás permitiría que sus fábricas cerraran por un dogmatismo de libre mercado que el propio Estados Unidos ya abandonó.
La situación de Fate es el ejemplo más doloroso de este experimento. Tras verse obligada a reducir drásticamente su operación y despedir a cientos de trabajadores debido al ingreso masivo de neumáticos chinos a precios de remate, la respuesta presidencial fue la burla y la acusación de "delincuentes" para sus dueños. Es un escenario donde el éxito del modelo se mide por la cantidad de importaciones baratas, sin importar que en el camino se destruya el capital humano y técnico que tardó décadas en construirse.
Gobernar un país como si fuera un foro de discusión digital está teniendo un costo real en fábricas cerradas y hogares sin ingresos. La pretensión de ser un gobierno "pro mercado" se da de bruces con la realidad de un mercado interno que se asfixia. Si el espejo de Milei es realmente el Estados Unidos de Trump, la distorsión es total: el original protege a sus trabajadores y a sus empresarios estratégicos, mientras que la copia argentina parece decidida a sacrificarlos para ganar una batalla cultural en redes sociales. El resultado no es una economía más libre, sino una nación más pobre y dependiente.


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