La caída de la República de Nagorno-Karabaj o Artsaj en septiembre de 2023 marcó mucho más que el final de una entidad armenia con miles de años de desarrollo histórico y cultural. Representó el colapso del equilibrio geopolítico surgido tras la Primera Guerra de Nagorno-Karabaj (1988-1994) –en el contexto de desintegración de la Unión Soviética– y dejó expuesta una realidad incómoda para Yereván: el sistema de seguridad que durante décadas garantizó Rusia ya no ofrece certezas reales para Armenia. La derrota militar frente a Azerbaiyán, la limpieza étnica de más de 100.000 armenios de Nagorno-Karabaj y las crecientes tensiones diplomáticas con Moscú aceleraron una transformación estratégica que hoy redefine la política exterior, la identidad estatal y el posicionamiento regional armenio.
La “nueva Armenia” impulsada por el primer ministro Nikol Pashinian ya no parece estructurarse alrededor de la causa de Nagorno-Karabaj, el legado post-soviético ni de la histórica dependencia del Kremlin. Por el contrario, busca avanzar hacia un modelo pragmático, orientado a Occidente y con una creciente aproximación a Europa. Sin embargo, esa transición ocurre desde una posición de debilidad estatal y geopolítica, vulnerabilidad militar y profunda incertidumbre regional, especialmente frente a las intenciones de un Azerbaiyán fortalecido.
La derrota armenia y el nuevo equilibrio regional
La derrota armenia no puede entenderse únicamente como un fracaso militar coyuntural ocurrido durante los 44 días de combate entre septiembre y noviembre de 2020. El colapso fue el resultado de un deterioro estructural del balance regional acumulado durante décadas.
Azerbaiyán modificó sistemáticamente la correlación de fuerzas a su favor. Ello fue posible gracias a cuantiosos ingresos energéticos –principalmente por la exportación de petróleo y gas natural–, la modernización de sus Fuerzas Armadas mediante una estrategia sostenida de rearme y un intenso trabajo diplomático tanto en sus relaciones bilaterales como en foros multilaterales. Mientras Armenia actuó durante décadas bajo la premisa de que el equilibrio militar surgido de la victoria en la Primera Guerra permanecería relativamente estable, Bakú orientó sus esfuerzos hacia la reversión del status quo posterior a 1994.
El rol de aliados como Turquía e Israel resultó determinante en esa transformación. Ankara consolidó una profunda alianza estratégica con Azerbaiyán bajo el concepto de “una nación, dos estados”, brindando importante apoyo político, diplomático y militar. La guerra de 2020 evidenció el impacto de esa cooperación mediante el uso masivo de los drones de combate Bayraktar TB-2, incluyendo asistencia y coordinación estratégica. Israel, por su parte, se convirtió en uno de los principales proveedores de armamento avanzado para Bakú, incluyendo drones, sistemas de precisión y capacidades tecnológicas que alteraron profundamente el equilibrio operacional sobre el terreno, consolidando la dinámica de “petróleo por armas”.
La “Guerra de 44 días” expuso el colapso doctrinario armenio frente a nuevas formas de combate basadas en drones, guerra electrónica y superioridad tecnológica. El acuerdo de alto al fuego patrocinado por Rusia “congeló” momentáneamente el conflicto, pero no resolvió sus causas estructurales, pese a las importantes conquistas azeríes y una República de Nagorno-Karabaj territorialmente deteriorada, que continuó operando brevemente a pesar de sus limitaciones signadas por la posguerra.
El bloqueo del corredor de Lachin o Berdzor –única vía de conexión terrestre entre Nagorno-Karabaj y República de Armenia– impulsado por las Fuerzas Armadas de Azerbaiyán desde diciembre de 2022 y la ofensiva lanzada sobre la capital Stepanakert el 19 de septiembre de 2023 terminaron de confirmar que el balance regional ya se había inclinado decisivamente.
El posterior desplazamiento masivo de la población armenia de Nagorno-Karabaj dejó además una imagen profundamente traumática para la armenidad: la desaparición de la presencia y patrimonio armenio en un territorio que durante décadas ocupó un lugar central en la identidad política y nacional. Los sucesos de 2023 volvieron a activar en la memoria colectiva armenia traumas históricos profundamente ligados a la experiencia del Genocidio sufrido entre 1915 y 1923 a manos del Imperio Otomano –continuado por la naciente República de Turquía– y a la percepción de vulnerabilidad frente al panturquismo.
El final del paraguas estratégico ruso
La caída de Nagorno-Karabaj representó una fractura en el vínculo histórico entre Armenia y Rusia. Desde el alto al fuego de 1994 auspiciado por el Kremlin, la alianza con Moscú se sostuvo sobre una lógica relativamente clara: Rusia garantizaba seguridad estratégica a cambio de influencia política y militar en el Cáucaso Sur. Esa premisa quedó severamente dañada tras 2020 y prácticamente destruida después de 2023.
Las “fuerzas de paz rusas” desplegadas en Nagorno-Karabaj como parte del acuerdo tripartito de noviembre de 2020 demostraron ser incapaces de impedir tanto el bloqueo del corredor de Lachin como la ofensiva final azerí. Para amplios sectores de la sociedad armenia, Moscú observó pasivamente el desmantelamiento definitivo del enclave armenio.
La operación militar en Ucrania iniciada en febrero de 2022 modificó además las prioridades estratégicas del Kremlin. Rusia ya no goza del mismo margen político, económico y militar para sostener simultáneamente varios teatros de influencia en las distintas regiones del espacio post-soviético. Sin embargo, reducir el deterioro de la relación ruso-armenia únicamente al factor ucraniano sería insuficiente.Vladímir Putin también percibe a Pashinian como un riesgo para el alineamiento de Yereván con los intereses rusos.
En los últimos años, Armenia profundizó su acercamiento hacia Occidente. La reciente realización de la cumbre de la Comunidad Política Europea en Yereván, con la presencia de importantes líderes de la Unión Europea, e incluso del presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy, representó una fuerte señal política hacia Moscú. Paralelamente, Pashinian incrementó sus críticas hacia la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), cuestionó públicamente la inacción rusa frente al accionar ofensivo azerí y persiguió el fortalecimiento de vínculos con Francia, Estados Unidos y la Unión Europea.
El Kremlin respondió con advertencias cada vez más explícitas respecto de las consecuencias económicas y energéticas que podría sufrir Armenia en caso de avanzar hacia una integración más profunda con Europa. Y es que la dependencia armenia respecto de Rusia continúa siendo una realidad estructural. Moscú mantiene una enorme influencia sobre sectores clave de la economía armenia, especialmente en áreas vinculadas a energía, inversiones y comercio.
A diferencia de otros procesos de “europeización post-soviética”, Armenia intenta acercarse a Occidente sin contar con autonomía geográfica, energética ni económica suficiente para romper abruptamente con Rusia. Esa contradicción atraviesa gran parte de la política exterior emprendida actualmente por Yereván.
En ese sentido, Armenia tampoco constituye un caso aislado dentro del Cáucaso. Su vecino Georgia atraviesa desde hace varios años fuertes tensiones internas en torno a su aproximación a Occidente, la integración europea –hoy congelada bajo la administración del primer ministro Irakli Kobajidze– y la influencia rusa –que desde 2008 apoya a Osetia del Sur y Abjasia, dos entidades separatistas que operan desde hace tres décadas dentro del territorio georgiano–, reflejando una disputa regional más amplia sobre el futuro geopolítico del espacio post-soviético.
Pashinian y la redefinición del Estado armenio
Más allá de la política exterior, la derrota de Nagorno-Karabaj aceleró una transformación simbólica, identitaria y política. La administración de Pashinian parece impulsar gradualmente una nueva narrativa nacional menos centrada en el imaginario de “Armenia como una fortaleza” –surgida tras la heróica victoria de 1994– y más enfocada en la preservación del territorio soberano internacionalmente reconocido.
Uno de los gestos recientes más significativos fue el cambio del emblema del Ministerio de Defensa, que pasó a representar explícitamente el territorio oficial de la República de Armenia con su silueta, dejando definitivamente atrás toda referencia simbólica a Nagorno-Karabaj. El mensaje político detrás de esa modificación resulta evidente: el Estado armenio comenzó a redefinir visual y doctrinariamente los límites de su proyecto nacional.
A ello se suman otros cambios simbólicos impulsados en el ámbito militar, como el reemplazo del tradicional grito “urra” en idioma ruso por el término armenio “getsé”, en un intento de fortalecer una identidad estatal y militar menos asociada al espacio post-soviético.
El desfile militar del 28 de mayo realizado en el marco del Día de la República –fecha que conmemora la independencia de la Primera República de Armenia en 1918– también respondió a esa lógica de reafirmación soberana e identitaria. En medio del trauma nacional provocado por la pérdida de un territorio histórico, el gobierno buscó transmitir una imagen de reconstrucción de capacidades militares, continuidad histórica de la estatalidad y reorganización de las Fuerzas Armadas, incluyendo la demostración de sistemas de armamento adquiridos de China, India y Francia.
La Armenia de Pashinian parece intentar una transición sumamente compleja: abandonar la lógica política del conflicto permanente por Nagorno-Karabaj –algo que el propio premier calificó como una “trampa histórica”– para priorizar la supervivencia y estatalidadde la República de Armenia dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas.
En términos estratégicos, Armenia pasó de discutir la autodeterminación de un territorio jurídicamente separado de Armenia a discutir la sostenibilidad geopolítica y territorial de su propio Estado soberano.
Esa transformación también atraviesa la política interna armenia. De cara a las próximas elecciones parlamentarias, previstas para el 7 de junio, Pashinian busca consolidar una narrativa “realista” basada en la necesidad de adaptación al nuevo equilibrio regional, mientras la oposición lo acusa de haber traicionado y entregado Nagorno-Karabaj, además de impulsar una agenda funcional a intereses occidentales que amenaza la identidad nacional, los vínculos históricos con Rusia e incluso el rol tradicional de la Iglesia Apostólica Armenia.
Sin embargo, la disputa política posee una contradicción profunda. Muchos de los sectores opositores que hoy responsabilizan exclusivamente a Pashinian por la derrota estuvieron vinculados a los antiguos gobiernos republicanos y a estructuras oligárquicas asociadas al viejo orden post-soviético entre 1991 y 2018. Fueron precisamente esas administraciones –como las de Robert Kocharyan y Serzh Sargsyan– las que sostuvieron un status quo militar, político y diplomático que terminó dejando a Armenia en una posición de creciente aislamiento regional, dependencia estructural de Moscú y atraso en materia de modernización militar.
La propia reelección de Pashinian en 2021, apenas meses después de la derrota en la guerra de 2020, evidenció que una parte importante de la sociedad armenia no responsabiliza únicamente a su gobierno por el colapso estratégico, sino también a las antiguas élites que administraron el país durante décadas. Para amplios sectores urbanos y jóvenes, la vieja oposición representa una suerte de “tren fantasma” ligado a corrupción, inmovilismo y dependencia post-soviética.
El acercamiento hacia Europa tampoco responde únicamente a cálculos geopolíticos. Particularmente entre las nuevas generaciones urbanas –y producto del impacto globalizador de las últimas décadas– existe una creciente identificación cultural con Occidente y un deseo de dejar atrás décadas de dependencia política y psicológica respecto de Rusia. En ese contexto, el proyecto de una Armenia más integrada a Europa aparece para muchos sectores como una alternativa de modernización, estabilidad institucional y apertura internacional.
Sin embargo, el giro impulsado por Pashinian continúa desarrollándose en medio de fuertes tensiones, críticas desde sectores nacionalistas y una sociedad todavía profundamente impactada por la derrota, el colapso de Nagorno-Karabaj y la persistente percepción de amenaza militar proveniente de Azerbaiyán.
Occidente, corredores y una paz condicionada
La creciente participación de Estados Unidos y Europa en el Cáucaso Sur –ante la desatención de Rusia– no responde únicamente a objetivos diplomáticos. Detrás de los esfuerzos de paz y normalización entre Armenia, Azerbaiyán y Turquía también existe una fuerte lógica geopolítica vinculada a corredores comerciales, energía, conectividad euroasiática y expansión de influencia occidental frente a los poderes regionales.
El sur armenio, particularmente el marz de Syunik, se convirtió en uno de los espacios más sensibles de toda la región. Allí convergen simultáneamente los intereses de Azerbaiyán, Turquía, Rusia, Irán, Europa y Estados Unidos.
Proyectos de conectividad impulsados recientemente desde Washington, como el Trump Route for International Peace & Prosperity (TRIPP), buscan consolidar nuevas rutas regionales que reduzcan la dependencia de Rusia y fortalezcan la integración entre Europa y Asia Central. Independientemente de la viabilidad final de la iniciativa o de los obstáculos políticos y de seguridad que todavía enfrenta, el proyecto refleja una tendencia más amplia: el creciente interés estadounidense por participar activamente en la configuración del nuevo orden geopolítico del Cáucaso Sur.
En la visión occidental, el Cáucaso Sur dejó de ser únicamente un espacio de conflictos congelados administrados por Moscú para convertirse en un corredor estratégico de infraestructura, comercio y energía. Sin embargo, dentro de Armenia muchos de esos proyectos son percibidos menos como una “paz negociada” y más como una institucionalización de la derrota.
La debilidad estructural del sur armenio, las limitaciones de infraestructura y la vulnerabilidad geográfica profundizan además los temores sobre posibles presiones futuras vinculadas a corredores y soberanía territorial.
El problema Aliyev
Uno de los principales obstáculos para una paz genuinamente estable sigue siendo la persistencia de una retórica ofensiva y maximalista desde Bakú pese a los esfuerzos diplomáticos y la narrativa de “normalización de relaciones”.
Azerbaiyán ya no negocia desde la necesidad de reclamar territorios, sino desde la posición de vencedor que busca moldear el nuevo orden regional de posguerra. En ese marco, el presidente Ilham Aliyev continúa utilizando referencias históricas y políticas sobre el denominado “Azerbaiyán Occidental”, incluyendo menciones explícitas a territorios soberanos armenios como Seván y particularmente a la estratégica región sureña de Syunik.
A ello se suma la insistencia de Aliyev para que Armenia modifique su Constitución como condición previa para la firma de un tratado de paz, argumentando que determinadas referencias históricas y jurídicas contienen cuestiones como la unificación entre Armenia y Nagorno-Karabaj –que nunca sucedió debido a la fragilidad en términos de derecho internacional de la resolución votada por pueblo artsají y el sostenimiento de la República como Estado independiente de facto sin reconocimiento–.
Aunque Bakú sostiene formalmente su compromiso con los procesos de paz, el mantenimiento de ese discurso genera profundas dudas dentro de Armenia, la diáspora y parte de la comunidad internacional respecto de las verdaderas intenciones estratégicas azeríes. La marcada asimetría militar entre ambos países refuerza además la percepción de vulnerabilidad armenia frente a una eventual escalada adicional.
Las preocupaciones de Yereván no son solamente discursivas. Desde 2021 y hasta la fecha, Azerbaiyán sostiene ocupaciones militares sobre aproximadamente 215 km² de territorio soberano armenio en las regiones fronterizas de Syunik y Gegharkunik, consolidando una dinámica de presión gradual basada en pequeñas incursiones y establecimiento de posiciones sobre áreas sensibles.
A ello se suman disputas vinculadas a enclaves estratégicos como el caso de Tigranashen, reclamado por Bakú y ubicado sobre una de las principales rutas que conectan el sur del país con Yereván. La cuestión no resulta menor: Armenia enfrenta crecientes interrogantes sobre la sostenibilidad logística y defensiva de un sur ya vulnerable desde el punto de vista geográfico e infraestructural.
En términos geopolíticos, el sur armenio se transformó en un espacio donde convergen simultáneamente:
- las aspiraciones de conectividad territorial entre Turquía, el enclave azerí de Najicheván y Azerbaiyán;
-los intereses de EE.UU. y Europa vinculados a corredores euroasiáticos;
-la necesidad de Irán de evitar alteraciones fronterizas;
-y la pérdida gradual de capacidad de arbitraje de Rusia en el Cáucaso Sur.
El problema central es que las guerras rara vez terminan de forma definitiva. Los acuerdos suelen sostenerse mientras las partes perciban estabilidad en el balance de poder y altos costos frente a una posible escalada. En el Cáucaso Sur ocurre algo distinto: Azerbaiyán está convencido de que la correlación regional continúa moviéndose a su favor.
En ese contexto, una de las principales incógnitas pasa por determinar hasta qué punto Estados Unidos y Europa están realmente dispuestos a actuar como factores de disuasión frente a una eventual escalada militar sobre el sur armenio. Washington impulsa proyectos de conectividad y estabilización regional como el TRIPP, cuyo éxito depende necesariamente de evitar una nueva guerra en el Cáucaso Sur. Sin embargo, todavía no queda claro si el involucramiento occidental alcanzaría niveles suficientes para servir de verdadero “paraguas de seguridad” frente a futuras presiones azeríes.
La gran pregunta estratégica permanece abierta: si la actual etapa representa el inicio de una estabilidad duradera camino hacia un tratado de paz o, simplemente, una pausa táctica dentro de una región donde el equilibrio de poder continúa transformándose.
En conclusión, Armenia atraviesa probablemente la transformación estratégica más profunda desde su última independencia en 1991. La derrota en Nagorno-Karabaj no solo modificó fronteras y balances militares: también quebró certezas históricas sobre la seguridad nacional, la identidad política armenia y el rol de Rusia como garante de la seguridad regional.
Frente a ese escenario, Nikol Pashinian impulsa una redefinición gradual del Estado armenio orientada hacia una política exterior más pragmática, una mayor aproximación a Occidente y un distanciamiento creciente de Moscú. Sin embargo, esa transición ocurre en medio de fuertes asimetrías regionales, estatalidad amenazada, dependencia económica de Rusia, condicionamientos geográficos y un equilibrio geopolítico todavía inestable.
La “nueva Armenia” busca adaptarse al nuevo orden surgido tras la derrota. Pero la gran incógnita sigue abierta: si la paz impulsada actualmente en el Cáucaso Sur representa realmente una estabilización duradera o simplemente una pausa estratégica dentro de una región donde el balance de poder continúa cambiando.

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