En apenas un mes, Islamabad ha pasado de ser un actor periférico a erigirse en el eje de una diplomacia de sombras que mantiene viva la posibilidad de un alto el fuego entre Washington y Teherán. No envía portaaviones ni lanza drones; envía mensajes, planes de paz y, sobre todo, una ambigüedad estratégica que le permite beneficiarse tanto de la guerra como de la paz. Es el aliado por tratado de los atacados, el mediador del atacante y el guardián del corredor que hace irrelevante el propio estrecho que se disputa.
Con más de 880.000 kilómetros cuadrados de territorio y una población que supera los 240 millones de habitantes según el último censo, Pakistán es el quinto país más poblado del planeta y una de las naciones más densamente habitadas. Su posición geohistórica lo convierte en un puente natural entre tres mundos: el subcontinente indio, Asia Central y Oriente Medio. Desde el valle del Indo, cuna de una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad, hasta las montañas del Hindu Kush y la costa del mar Arábigo, su geografía ha sido durante milenios corredor de imperios, rutas de seda y, hoy, oleoductos y fibra óptica. Limita con Irán al oeste, con Afganistán al norte y noroeste, con India al este y con China al noreste; sus 1.046 kilómetros de litoral en el golfo de Omán lo sitúan a apenas 400 kilómetros del estrecho de Ormuz, el cuello de botella energético que ahora paraliza el 20 % del petróleo mundial.
Económicamente, Pakistán es una potencia semi-industrializada que ocupa el puesto 23.º mundial en paridad de poder adquisitivo. Su economía depende en gran medida de las remesas de sus 2,7 millones de trabajadores en Arabia Saudí —685,5 millones de dólares al mes—, de los préstamos chinos y de la exportación de arroz, mariscos y productos farmacéuticos, que acaba de autorizar precisamente hacia Irán en plena guerra. Pero su verdadero peso no reside solo en los números: reside en su capacidad para transformar la dependencia financiera en influencia geopolítica. Y esa influencia se multiplica porque Pakistán es, además, el único país de mayoría musulmana dotado de armas nucleares. Se estima que posee entre 160 y 170 ojivas, un arsenal que lo convierte en la segunda potencia atómica del sur de Asia y en un actor cuya disuasión mínima creíble nadie puede ignorar.
Su potencial militar refuerza esa relevancia. Las Fuerzas Armadas pakistaníes, con más de 600.000 efectivos activos y medio millón en reserva, figuran entre los siete ejércitos más numerosos del mundo. El Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea se apoyan en una red de inteligencia —encabezada por el todopoderoso ISI— que actúa con relativa autonomía y que, en las últimas semanas, ha demostrado su eficacia al interceptar planes israelíes para asesinar al ministro de Exteriores iraní Abbas Araghchi y al presidente del Parlamento Mohammad-Bagher Ghalibaf. Esa llamada telefónica a Washington, que evitó que los dos últimos interlocutores posibles desaparecieran, no fue un gesto simbólico: fue la prueba de que Pakistán puede mantener abierta una vía diplomática cuando las grandes alianzas militares se paralizan.
Sus rivalidades y conflictos moldean y limitan al mismo tiempo su margen de maniobra. Con India, el enfrentamiento por Cachemira ha provocado tres guerras y mantiene una tensión nuclear latente que obliga a Islamabad a mirar siempre hacia el este. Con Afganistán, las disputas fronterizas y la presencia de grupos insurgentes han llevado incluso a ataques aéreos paquistaníes cerca de Kabul en las últimas semanas, una escalada que algunos analistas interpretan como excusa para inmovilizar tropas que, según el pacto de defensa con Arabia Saudí, deberían estar defendiendo Riad. Con China, la relación es de alianza estratégica y dependencia económica: Pekín ha invertido 62.000 millones de dólares en el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC) y controla el puerto de Gwadar, arrendado por 40 años. Ese enclave de aguas profundas en Baluchistán, a solo 400 kilómetros de Ormuz, es la terminal terrestre que permite a China evitar por completo el estrecho bloqueado. Pakistán debe, pues, navegar entre la gratitud hacia su principal acreedor y la necesidad de no alienar a Washington, su aliado principal no perteneciente a la OTAN.
Precisamente esa red de alianzas cruzadas —China, Estados Unidos, Arabia Saudí, Turquía, Irán— es lo que convierte a Pakistán en un actor único. Mantiene un pacto de defensa mutua con Riad que, sobre el papel, obliga a responder a cualquier agresión contra Arabia Saudí; sin embargo, no ha desplegado un solo soldado desde que comenzó la guerra el 28 de febrero. Al mismo tiempo, su ministro de Exteriores, Ishaq Dar, confirmó el 26 de marzo que Islamabad facilita “conversaciones indirectas” entre Washington y Teherán, transmitiendo la propuesta estadounidense de alto el fuego de 15 puntos. Ese mismo día, líderes tribales pastunes en Peshawar se comprometían públicamente a luchar “codo con codo” con Irán en una yihad. Y mientras tanto, el puerto de Gwadar operado por China sigue recibiendo buques de la Armada del Ejército Popular de Liberación para ejercicios conjuntos en el mar Arábigo.
La capacidad de Pakistán para albergar e impulsar negociaciones se ha hecho evidente esta semana. El domingo 29 de marzo, los ministros de Exteriores de Arabia Saudí, Turquía, Egipto y el propio Pakistán se reunieron en Islamabad para coordinar una estrategia de desescalada. Ishaq Dar habló por teléfono con su homólogo iraní Araghchi minutos antes del encuentro y subrayó que “el diálogo y la diplomacia siguen siendo la única vía posible”. La Unión Europea, a través de su presidente António Costa, ha expresado su apoyo explícito a los esfuerzos pakistaníes. Incluso el primer ministro Shehbaz Sharif, que el mes pasado nominó a Donald Trump para el Nobel de la Paz, ha utilizado su relación personal con el presidente estadounidense para mantener el canal abierto.
Esta arquitectura de contradicciones no es improvisada: es estructural. Pakistán media para reabrir Ormuz al tiempo que opera el puerto que lo hace prescindible. Recibe miles de millones de Arabia Saudí y remesas de sus trabajadores mientras sus ciudadanos figuran entre las bajas de los ataques iraníes en Dubái. Debe a China más de 30.000 millones de dólares y recibe el 81 % de su armamento de Pekín, pero conserva el estatus de aliado principal no OTAN de Washington. Si el estrecho se reabre, Islamabad cosechará reconocimiento occidental y ayuda económica. Si permanece cerrado o sometido a peajes permanentes en yuanes, Gwadar se convertirá en el nodo logístico más valioso del planeta y el CPEC en la ruta alternativa que China necesita.
En un mundo donde la OTAN debate mandatos y las potencias occidentales se muestran incapaces de actuar con unidad, Pakistán ha demostrado que una llamada de inteligencia y una mesa de negociaciones pueden valer más que 1,6 billones de dólares en gasto militar colectivo. No es neutralidad. Es cálculo. Y en ese cálculo, el país que durante décadas fue visto como inestable y periférico se ha transformado en el arquitecto invisible de un nuevo orden regional. Las moléculas del petróleo y las moléculas de la diplomacia no entienden de banderas, pero sí entienden de corredores y de conversaciones. Y hoy, tanto los unos como las otras pasan por Islamabad.
Adalberto Agozino es Doctor en Ciencia Política, Analista Internacional y Docente de la Universidad de Buenos Aires

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