La paz ya no baja del cielo: se diseña en Davos
Durante décadas, la paz fue un concepto solemne, casi litúrgico, administrado por instituciones envejecidas pero cargadas de legitimidad histórica. Hoy, en cambio, aparece rediseñada con la estética de Davos: mesas chicas, líderes poderosos, lenguaje corporativo y promesas de eficiencia. El Consejo de Paz impulsado por Donald Trump no es solo una iniciativa diplomática; es un síntoma. Y como todo síntoma, revela más de lo que dice.
Nacido con un objetivo acotado —supervisar el alto el fuego en Gaza—, el Consejo mutó rápidamente en algo más ambicioso y, a la vez, más inquietante: un espacio que pretende complementar, disputar o incluso reemplazar funciones centrales de las Naciones Unidas. Trump lo dijo sin rodeos, con su habitual franqueza disruptiva: hay instituciones que ya no sirven. El subtexto es claro: si el multilateralismo tradicional no funciona, alguien tiene que hackearlo.
El multilateralismo en crisis y la tentación del atajo
No es casual el contexto. La ONU arrastra una crisis de credibilidad profunda, atrapada entre vetos cruzados, guerras interminables y una burocracia que parece correr siempre detrás de los hechos. En ese vacío emerge la tentación del atajo: menos universalidad, más decisión; menos asamblea, más directorio.
El Consejo de Paz se presenta así como una geometría variable del poder. No están todos, ni pretenden estarlo. Están los influyentes. Los que pesan. Los que —según Trump— “hacen su trabajo”. Desde líderes occidentales hasta mandatarios autoritarios, pasando por aliados tácticos y potencias regionales, la composición del Consejo no responde a valores compartidos sino a una lógica cruda de eficacia: quien puede imponer algo, merece un asiento.
Aquí aparece la primera fractura conceptual: ¿puede haber paz sin legitimidad? ¿O basta con la capacidad de coacción y financiamiento para sostenerla?
Gaza como laboratorio y el precio de la membresía
El respaldo formal del Consejo de Seguridad de la ONU al plan —con mandato sobre desmilitarización y reconstrucción de Gaza— le otorgó al Consejo una pátina de legalidad internacional. Pero el diseño institucional revela tensiones profundas. Los miembros ejercen funciones por tres años; luego, si quieren permanencia, deben pagar una cifra astronómica. La paz, en este esquema, tiene costo de entrada.
Que los fondos se destinen a la reconstrucción no disipa la incomodidad: la arquitectura recuerda más a un club exclusivo que a un organismo de gobernanza global. No se trata solo de quién decide, sino bajo qué reglas. La pregunta incómoda flota en el aire: ¿estamos ante una innovación pragmática o frente a la financiarización de la paz?
Aliados que dudan, potencias que calculan
El escepticismo no es marginal. Francia y Noruega marcaron distancia; Italia invocó límites constitucionales; China reafirmó su apego a la ONU; Ucrania directamente rechazó sentarse junto a Rusia. Incluso aliados tradicionales de Washington se mueven con cautela, conscientes de que sumarse implica algo más que una firma: supone convalidar un nuevo orden decisorio.
Rusia, por su parte, juega su clásico ajedrez: consulta, dilata, observa. Putin entiende que estos espacios no se evalúan por sus discursos, sino por su capacidad real de redistribuir poder. La paz, en este tablero, es una variable estratégica, no un fin moral.
Argentina y la diplomacia de la adhesión
La decisión de Javier Milei de integrar a la Argentina al Consejo en Davos no es un gesto menor. Marca una alineación explícita con la visión trumpista del mundo: menos ritual multilateral, más bilateralismo fuerte; menos consenso lento, más acción directa. Para un país históricamente defensor del derecho internacional y del sistema ONU, el movimiento abre interrogantes profundos sobre su identidad diplomática futura.
¿Es pragmatismo en un mundo áspero o abandono silencioso de principios que, aunque imperfectos, ofrecían un marco de previsibilidad?
¿El fin de la ONU o su espejo incómodo?
El Consejo de Paz no va a “matar” a la ONU mañana. Pero sí la interpela. La incomoda. La expone. Funciona como un espejo brutal que refleja las limitaciones del orden nacido hace 80 años. La pregunta no es si este Consejo tendrá éxito inmediato, sino qué dice de la época: una era donde la legitimidad se negocia, la paz se gestiona y el poder deja de disimularse.
Tal vez no estemos ante el nacimiento de un nuevo orden, sino ante algo más perturbador: la confirmación de que el viejo ya no alcanza, pero el nuevo todavía no sabe qué quiere ser. En ese interregno, la paz —esa palabra cargada de historia— corre el riesgo de transformarse en un producto premium, administrado por quienes pueden pagarlo y sostenerlo.
La verdadera discusión, entonces, no es Trump sí o Trump no. Es otra, más incómoda y más profunda: qué estamos dispuestos a sacrificar para que la paz funcione. Y si, en ese proceso, no estamos perdiendo algo esencial en el camino.

Comentarios