Cada vez que una tensión geopolítica amenaza el suministro de combustible, la energía vuelve al centro del debate estratégico. Ocurrió con la crisis del petróleo de 1973 y tras la invasión rusa a Ucrania con el gas. Hoy, los bloqueos en el estrecho de Ormuz recuerdan hasta qué punto la energía sigue siendo una cuestión de seguridad nacional como máximo y, como mínimo, de supervivencia política, basta Bolivia como ejemplo.
Del petróleo a la electricidad
Durante décadas, el suministro de energía estuvo dominado por petroestados. El poder de Arabia Saudita, Rusia o Irán descansaba en recursos fósiles escasos y concentrados geográficamente. Quien manejaba pozos, oleoductos o estrechos marítimos controlaba buena parte de la economía global. Las reglas de juego están cambiando: Arabia Saudita invierte en renovables a través de Vision 2030 y Rusia exporta tecnología nuclear. Los principales productores fósiles buscan conservar influencia en un mundo donde el poder energético ya no depende únicamente del petróleo.
El experto y consultor del Organismo Internacional de Energía Atómica, Alfredo García, afirma que “los combustibles fósiles nos llevaron a las cuotas más altas de desarrollo humano”. El petróleo no desaparecerá mañana: más allá de los combustibles, constituye materia prima esencial para la agricultura, la industria química y la producción farmacéutica. Lo que está cambiando es su peso relativo dentro de una matriz energética cada vez más diversificada, y el eje estratégico se desplaza del control del combustible en sí, a la capacidad de producir, almacenar, gestionar y distribuir electricidad.
El especialista en almacenamiento energético para América Latina Luciano Silva, ofrece una lectura que reencuadra la discusión: el verdadero cambio consiste en pasar “de una realidad donde la energía era escasa a una realidad donde la energía renovable no convencional -solar y eólica- abunda. Lo que hoy escasea es la gestión de esa energía renovable variable”.
La observación es particularmente relevante para América Latina. En Europa el desafío consiste en sustituir fuentes fósiles por fuentes bajas en carbono. Según Silva son muchos los países que nunca dispusieron de abundantes combustibles fósiles propios. Para estos no se trata de una transición, sino de construir autonomía energética a partir de recursos que como el sol, viento o agua. Para ello, las baterías a gran escala son la tecnología que hay que desarrollar.
Una dependencia por otra
Si el siglo XX dependió del petróleo de Medio Oriente, el siglo XXI depende crecientemente de redes eléctricas inteligentes, semiconductores, almacenamiento y minerales estratégicos. Aquí aparece una paradoja: en la nueva era energética, la dependencia puede no estar desapareciendo, sino que se está sustituyendo por otra. La mayor parte del litio extraído del triángulo de Argentina, Chile y Bolivia es refinado en Asia. China no solo domina la fabricación de paneles solares, baterías y vehículos eléctricos: sigue controlando desde hace años la cadena de valor completa del LFP (litio-ferrofosfato), el standard actual de electromovilidad y almacenamiento industrial, mediante innovación y desarrollo subsidiados por el Estado, planificación a largo plazo y economías de escala difíciles de replicar, aunque recientemente empresas chinas están invirtiendo en diversificar su producción.
Mientras América Latina intenta insertase en esa cadena, China ya está migrando la tecnología a baterías de sodio-ion, material ampliamente disponible que la libera de la dependencia de importaciones de litio.
Nuevos actores energéticos
La pugna geopolítica por la energía no ocurre solo entre Estados. Las grandes empresas tecnológicas están comenzando a comportarse como actores energéticos. La expansión de la inteligencia artificial está disparando la demanda de electricidad. Amazon, Google y otros hyperscalers buscan contratos de suministro a largo plazo, financian infraestructura energética e invierten en pequeños reactores nucleares modulares.
Microsoft firmó un acuerdo histórico a veinte años para comprar toda la producción de la central nuclear de Three Mile Island. La electricidad se está convirtiendo en un insumo estratégico tan importante como lo fue el petróleo para la economía industrial, y la energía nuclear experimenta un renovado interés global.
Kronos y Kairós
La nueva geopolítica de la energía no se agota en el acceso a la electricidad ni en la apuesta por distintas tecnologías; también se materializa en diferentes capacidades para planificar el futuro. Es lo que denomino "dumping político": la dificultad de sostener inversiones estratégicas de largo plazo en sistemas donde los costos políticos son inmediatos pero los beneficios serán cosechados por futuros gobiernos.
La Grecia antigua distinguía entre Kronos, el tiempo cronológico, y Kairós, el tiempo oportuno para actuar. Los reactores nucleares, las redes eléctricas o los sistemas de almacenamiento requieren encontrar la apertura política ideal para ser planeados. El calendario electoral, en cambio, opera bajo incentivos de muy corto plazo que muchas veces redunda en parches y poco plan a futuro.
China resolvió esa tensión a través de la planificación estatal de largo plazo -a costa de un sistema de partido único con control de la disidencia. Algunas democracias también lo lograron: Finlandia está construyendo Onkalo, un encapsulamiento de residuos nucleares diseñado para durar 100,000 años: ningún político verá su final (ni tal vez otro tipo de ser humano). En Francia, el programa nuclear ha sobrevivido como política de Estado. Corea del Sur convirtió la energía y la tecnología en pilares de una estrategia industrial sostenida durante décadas.
La clave de la seguridad energética radica en la existencia de acuerdos políticos e institucionales capaces de sobrevivir al corto plazo.
La oportunidad latinoamericana
América Latina posee algunas de las mayores reservas mundiales de litio, cobre y uranio, además de abundantes recursos hidroeléctricos, solares y eólicos. La región es, sin embargo, víctima recurrente de la conocida “paradoja de la abundancia” o “maldición de los recursos”, según la cual países ricos en materias primas no traducen sus beneficios en desarrollo sostenido.
Escapar a ese ciclo que se cierra sobre sí mismo exige algo más que extraer lo que hay en el subsuelo. El plot twist para escapar a la paradoja de la abundancia implica, en el sector energético, fortalecer aquellos segmentos con mayor valor agregado, desde el procesamiento de minerales y el almacenamiento hasta la tecnología nuclear, las redes inteligentes y el software energético. Esto debe complementarse con la creación de capital humano y capacidades de innovación propias sostenidas en el tiempo.
En la actualidad, la estabilidad institucional se vuelve tan estratégica como el litio, el cobre o el gas. Mientras algunos países convierten la energía en política industrial, innovación tecnológica y capacidad de influencia, la región corre el riesgo de volver a ocupar el lugar que mejor conoce: el de proveedora de los insumos que otros transformarán en poder.
Juliana Montani
Licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires (UBA), especialización en Relaciones Internacionales, diploma de la Escuela de Gobierno INCAP. Analista en el Instituto de Seguridad Internacional y Asuntos Estratégicos (ISIAE/CARI).

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