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Tierras raras, silicio y litio: América Latina entre las reservas que el mundo disputa (Marcos González Gava)

Por Poder & Dinero

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Las tierras raras son un conjunto de 17 elementos metálicos que incluyen los 15 lantánidos de la tabla periódica —del lantano al lutecio—, más el escandio y el itrio. Su nombre es un anacronismo histórico: cuando se descubrieron en los siglos XVIII y XIX, resultaban difíciles de aislar por las limitaciones técnicas de la época, no precisamente escasas. El cerio, por ejemplo, es más abundante en la corteza terrestre que el cobre. El problema no es la cantidad, sino la concentración geográfica y la complejidad de su procesamiento. Desde 2011, la Comisión Europea las incluye en su lista oficial de materias primas críticas, reconocimiento que refleja tanto su importancia estratégica como la vulnerabilidad de las cadenas de suministro que las sostienen.

Lo que hace a estos elementos estratégicamente vitales son sus propiedades magnéticas, ópticas y electrónicas únicas. El neodimio y el disprosio son componentes esenciales de los imanes permanentes que impulsan los motores de los vehículos eléctricos y las turbinas eólicas. Sin ellos, la transición energética que prometen los gobiernos del G7 sería técnicamente inviable. El lantano, el cerio y el praseodimio se usan como estabilizantes en baterías de todo tipo, desde dispositivos móviles hasta grandes sistemas de almacenamiento energético.

El itrio y el europio dan vida a las pantallas LED. El gadolinio es clave en los equipos de resonancia magnética. El erbio permite la transmisión de datos a través de la fibra óptica. Incluso los paneles solares se benefician de estas tierras: varios elementos del grupo mejoran la eficiencia del silicio en las células fotovoltaicas, permitiendo fabricar paneles más delgados y flexibles.

Tierras raras y minerales críticos

China controla aproximadamente el 60% de las reservas mundiales de tierras raras y cerca del 90% de su producción global. Esa concentración convierte a estos minerales en una palanca geopolítica de primer orden. En 2010, Beijing restringió las exportaciones hacia Japón durante una disputa territorial en el mar de China Oriental, y el impacto en la industria electrónica nipona fue inmediato. En los últimos años, China ha vuelto a limitar sus exportaciones, acelerando la búsqueda de alternativas por parte de Estados Unidos, la Unión Europea y otros actores.

El problema es estructural: según especialistas, desde el descubrimiento de un yacimiento viable hasta su puesta en producción pueden transcurrir hasta 30 años. Y una solución adicional que gana terreno, aunque todavía marginal, es el reciclaje: hoy las tasas de recuperación de tierras raras no superan el 1% del total mundial.

Las tierras raras no son, sin embargo, los únicos materiales que definen el tablero estratégico del siglo XXI. Existe una categoría más amplia de minerales y elementos críticos que, sin pertenecer a ese grupo, resultan igualmente indispensables para la economía digital y la transición energética. El litio, extraído mayoritariamente en el triángulo sudamericano —Argentina, Bolivia y Chile—, es el corazón de las baterías de iones que alimentan desde teléfonos hasta automóviles. El cobalto, proveniente en gran parte de la República Democrática del Congo, es otro componente crítico de esas mismas celdas. El cobre, cuya demanda proyectada para 2035 duplica la producción actual, resulta indispensable para cualquier infraestructura eléctrica.

En esa misma categoría de minerales estratégicos —aunque con una naturaleza distinta— se encuentra el silicio. A diferencia de las tierras raras, el silicio no es un metal escaso ni exótico: es el segundo elemento más abundante de la corteza terrestre y se obtiene a partir de la arena de cuarzo. Su valor crítico no reside en su rareza sino en lo que se hace con él: los semiconductores basados en silicio son el sustrato físico de la inteligencia artificial, las comunicaciones digitales y los sistemas de defensa modernos. El control sobre la cadena de fabricación de chips —desde el diseño hasta la litografía de última generación— se ha convertido en el eje central de la rivalidad entre Washington y Beijing, y motivó las restricciones tecnológicas impuestas por Estados Unidos a partir de 2022.

Ormuz y Taiwán: dos cuellos de botella que inquietan al mundo

Lo que tienen en común todos estos materiales es que su cadena de valor es global, frágil y altamente concentrada. Y hoy, esa fragilidad está siendo puesta a prueba en dos frentes simultáneos.

El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial y una proporción significativa del tráfico de contenedores entre Asia y Europa, atraviesa uno de sus períodos de mayor tensión en años recientes. Un eventual cierre o perturbación de esa vía acuática no solo dispararía los precios del crudo: encarecería y demoraría el transporte de componentes electrónicos, materias primas procesadas y bienes intermedios que circulan entre los principales nodos industriales del mundo.

El otro escenario que mantiene en alerta a los analistas de seguridad económica es Taiwán. La isla concentra más del 60% de la producción mundial de semiconductores avanzados y alrededor del 90% de los chips de última generación, fabricados por TSMC. Cualquier escalada militar en el estrecho de Taiwán —por limitada que fuera— interrumpiría una cadena de suministro de la que dependen la industria automotriz, la defensa, la inteligencia artificial y prácticamente toda la electrónica de consumo global. No existe, por el momento, ningún sustituto a escala ni en el corto ni en el mediano plazo.

América Latina: reservas enormes, valor agregado pendiente

América Latina emerge, en este contexto, como una región con un peso creciente en el mapa de los minerales críticos, aunque con una capacidad de agregación de valor todavía limitada. Brasil es el caso más avanzado: posee las mayores reservas de tierras raras de la región —estimadas en torno a las 21 millones de toneladas según el Servicio Geológico de los Estados Unidos— y ya cuenta con producción y exportación activa. El proyecto Serra Verde, en el estado de Goiás, representa el activo más destacado de la región: es actualmente el único yacimiento de tierras raras en producción y exportación fuera de China que opera a escala comercial significativa en el hemisferio sur, con envíos regulares hacia Europa y Asia. Su modelo de extracción por lixiviación iónica, similar al empleado en las minas del sur de China, le otorga una ventaja técnica y de costos considerable.

Perú y Chile concentran reservas estratégicas de cobre e indio, este último fundamental para pantallas táctiles y celdas solares. México alberga depósitos de berilio y grafito en Sonora y Oaxaca, aunque su desarrollo permanece en etapas exploratorias. Venezuela posee reservas documentadas de elementos del grupo del platino y tierras raras en el Arco Minero del Orinoco, pero la inestabilidad institucional ha frenado cualquier desarrollo serio. Argentina, más conocida por su litio en la Puna, también registra presencia de tierras raras en las provincias de Córdoba y San Luis, sin proyectos en fase avanzada hasta el momento.

La región enfrenta un dilema estructural que no es nuevo pero que adquiere una urgencia inédita: tiene las reservas que el mundo necesita con una intensidad creciente, pero carece en gran medida de la infraestructura de procesamiento para capturar el valor agregado que esas reservas podrían generar. Exportar concentrados minerales en lugar de óxidos separados, aleaciones o metales purificados implica ceder la parte más rentable —y más estratégica— de la cadena productiva a los países que sí tienen esa capacidad instalada, fundamentalmente China y, en menor medida, algunos actores europeos.

Una advertencia para el desarrollo integral

La historia del litio es, en este sentido, una advertencia. América Latina posee más del 60% de las reservas mundiales del mineral, pero la mayor parte del valor económico se genera fuera de la región: en las plantas de celdas y baterías de Asia Oriental, en los laboratorios de química aplicada de Alemania o Japón, en las líneas de ensamblaje de vehículos eléctricos en China y Estados Unidos. La región provee la materia prima y recibe una fracción marginal del valor final del producto.

Brasil, con Serra Verde, intenta romper ese patrón. Pero un solo proyecto exportador no alcanza para reposicionar a una región entera. Lo que América Latina necesita —y lo que algunos gobiernos comienzan a discutir con mayor seriedad, aunque con escasos resultados concretos— es una política regional coordinada de minerales críticos que incluya inversión en refinación, transferencia tecnológica, marcos regulatorios estables y negociaciones de acceso a mercados que vayan más allá de la simple venta de concentrados.

El momento es propicio y, al mismo tiempo, estrecho. La demanda global de minerales críticos crecerá de manera sostenida durante las próximas dos décadas impulsada por la electrificación, la inteligencia artificial y la carrera armamentista tecnológica entre potencias. Las tensiones en Ormuz y el riesgo latente sobre Taiwán recuerdan que las cadenas de suministro pueden romperse con rapidez. En ese escenario, los países que tengan reservas propias, capacidad de procesamiento y acuerdos bilaterales sólidos estarán en una posición radicalmente distinta a los que solo dependen del mercado abierto.

América Latina tiene la primera condición. Las otras dos siguen siendo, en su mayor parte, una deuda pendiente consigo misma.

Marcos González Gava es Co Fundador de Reporte Asia, y especialista en Gestión de Negocios Comerciales y Financieros con la República Popular China

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