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REPENSAR LA DEMOCRACIA: DE LA RESIGNACIÓN A LA SUPERACIÓN (Miguel Steuermann)

Por Poder & Dinero

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Nos enseñaron a repetir que la democracia es imperfecta pero es el mejor sistema que inventamos. Y es verdad. Lo es. Es el mejor sistema que inventamos. Ningún otro ha logrado combinar libertad, alternancia y dignidad humana como ella.

Hoy las democracias se encuentran en una profunda crisis.

Y justamente por ser el mejor sistema, no podemos conformarnos con su imperfección. Decir que es el mejor no puede ser una coartada para no tocarla. Tiene que ser el motivo para cuidarla y mejorarla. Las imperfecciones no están para ser toleradas. Están para ser superadas.

Cuando un sistema muestra fallas, es de sabios buscar los errores y encontrar caminos de reparación. No se trata de buscar la salida fácil, una revolución que rompa todo y traiga otro modelo imperfecto.

La política debería ser la herramienta que mejore la realidad de los países para todos sus ciudadanos. Un país no tiene dueños. Tiene administradores temporarios que deben estar al servicio de la totalidad de sus integrantes y no de un grupo en particular.

El descrédito

El descrédito de los políticos es cada vez mayor. Es un dato global, no de un país. Las encuestas son lapidarias en todos los continentes.

Las sociedades mayoritariamente no se sienten representadas. Sienten que la política habla de sí misma, que discute sus cargos, sus internas, sus privilegios, mientras la vida real pasa por otro lado.

Y en ese vacío de representación crece la expectativa peligrosa en los superhombres. Líderes que se venden como iluminados, que prometen soluciones mágicas, instantáneas, sin esfuerzo ni costo. Que no presentan un plan, presentan una venganza.

Su herramienta central no es la idea. Es la descalificación del adversario. El adversario ya no es adversario. Pasa a ser un enemigo. Un traidor. Alguien a quien hay que destruir, no con quien hay que trabajar y colaborar.

El espectáculo del yo

Escribo estas líneas mientras miro el patético espectáculo de la elección en Brasil, donde el show parece un partido de fútbol para ver quién hace el gol del triunfo. Hinchadas, camisetas, insultos. No hay debate. Hay tribuna. (Acepción: escribo esto sin importar el resultado. Gane quien gane en Brasil, el problema que describo es el mismo. El show de la grieta es idéntico de un lado y del otro).

Entre las imperfecciones que se han potenciado en las últimas décadas, y en especial con la irrupción de la comunicación online, el exceso de mensajes y las redes sociales, hay una paradoja cruel.

Nunca tuvimos acceso a tanta posibilidad de información, profundidad y análisis. Y nunca la política fue un espectáculo tan pobre, tan superficial.

Se vende un actor, generalmente de un unipersonal, por encima del guión de las ideas. No se votan ideas ni equipos. Se votan personajes.

Breve historia de una idea que nunca dejó de cambiar

Olvidamos que la democracia no cayó del cielo. Fue una construcción. Y siempre estuvo en reforma.

La humanidad probó de todo: monarquía por derecho divino, imperio, teocracia, oligarquía, feudalismo, absolutismo. Todos se presentaron como eternos. Todos cayeron.

La democracia moderna nació como experimento limitado. La Atenas clásica era directa pero solo para hombres libres. La república romana tenía cónsules y senado. Las revoluciones de 1688, 1776 y 1789 pusieron la soberanía popular y la división de poderes.

Pero era una democracia para pocos. Voto censitario. Después sufragio universal masculino. Recién en el siglo XX llegó la revolución más profunda: el voto femenino. Nueva Zelanda en 1893, Finlandia en 1906, la ola posterior a las Guerras Mundiales. Luego bajamos la edad de votar de 21 a 18 y ahora se discuten los 16.

Y surgieron los modelos. El presidencialismo americano: el ganador se lleva todo. Y el parlamentarismo con sus negociaciones.

La democracia nunca fue un modelo terminado. Fue un modelo que se animó a corregirse. ¿Por qué ahora nos da miedo volver a corregirla?

La propuesta: del 50% + 1 al gobierno compartido

Sería hora de buscar maneras superadoras donde la gran mayoría participe en el destino y responsabilidad de una nación.

No funciona el modelo de la mayoría más uno, ni aunque tenga 5% de diferencia. Eso siempre hará que la mitad de la población sienta que el gobierno no lo representa.

Un ejemplo posible: cuando una elección no tiene un margen donde la propuesta vencedora obtenga un mínimo del 75% de los votantes, el futuro gobierno no debería poder gobernar solo. La segunda fuerza debería asumir la responsabilidad en carteras fundamentales: Seguridad, Desarrollo Social y otras. En realidad, en todos los ministerios deberían haber equipos mixtos.

Una especie de co-gobiernos que integren a los distintos. Donde sea una práctica trabajar, convivir y colaborar con el otro y escuchar sus planteos. Si el adversario deja de ser enemigo y pasa a ser corresponsable del gobierno, se acaba el negocio de vencedores y vencidos. Todos seremos responsables.

Reglas de convivencia intocables

Pero para que esto funcione, hay una condición previa e innegociable: reglas de convivencia intocables.

No puede haber un modelo superador si las reglas del juego pueden ser cambiadas por los jugadores para su beneficio.

Así como en el deporte las reglas no las cambia el equipo que va ganando, en la democracia las reglas institucionales no pueden ser infringidas ni reescritas por los políticos para perpetuarse, para dominar la justicia, para silenciar a la prensa, para cambiar la forma de contar los votos o para convertir el Estado en botín.

Debe existir un núcleo duro, pétreo, no reformable por mayorías circunstanciales: independencia judicial real, libertad de prensa, transparencia en el financiamiento. (Acepción: esto vale para todos. Para la derecha y para la izquierda. Para oficialismos y oposiciones. Ningún espacio político puede adjudicarse el derecho de tocar estas reglas en su beneficio).

El final de la calle sin salida

Porque cuando no hay proyectos superadores que hagan responsable del destino a la totalidad de los ciudadanos, cuando la frustración se acumula y la gente siente que vote lo que vote nada cambia, aparece lo peor.

La frustración muta en violencia. La falta de horizonte muta en anarquía. Y la democracia, ese mejor sistema que inventamos, empieza a ser vista no como la solución, sino como el problema.

La historia es clara: ninguna sociedad tolera eternamente sentirse afuera de su propio destino. Si la democracia no integra, desintegra.

Hay que pensar en reformas que perfeccionen el sistema. Cuando algo deja de funcionar o comienza a mostrar fallas severas, es tiempo de ver los motivos. Y es de sabios encontrar caminos nuevos.

La democracia es pobre si el único acto es votar. Ser ciudadano debería implicar una participación que no delegue simplemente en una votación circunstancial el destino de todos. Ser ciudadano es ser parte, no ser hinchada.

No se trata de saber quién hace el gol en el último minuto o qué caballo gana por una cabeza. Se trata de trabajar, convivir y colaborar para que la carrera la ganemos todos.

Sería imperdonable dejar caer el mejor sistema que inventamos, solo por no animarnos a mejorarlo.

Miguel Steuermann es Director de Radio JAI, la radio judía de América Latina

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