
En el análisis social en Argentina, la objetividad parece ser algo raro, casi desaparecido. Ha sido reemplazada por una pasión intensa que confunde la comprensión y altera los hechos según el relato que se quiera contar. Lo que hoy presenciamos —un linchamiento mediático coordinado contra Lionel Messi por un apretón de manos protocolar con Donald Trump— no es un debate ético genuino, sino una exhibición impúdica de memoria hemipléjica y sesgada.
Se acusa al capitán de la selección de una supuesta complicidad ideológica o de una "tibieza" imperdonable, mientras se erige en el altar de la moralidad política a Diego Armando Maradona, bajo el precepto de una rebeldía que, al ser contrastada con el rigor del archivo, se revela tan porosa como interesada.
¿En qué momento decidimos que la cortesía institucional de un deportista es un pecado capital, pero la connivencia con el horror es un simple "detalle de época" justificable?
Para comprender la magnitud de esta injusticia discursiva, es imperativo retrotraernos a 1979 y observar la fotografía que el tiempo no ha podido borrar, aunque muchos intenten cubrirla con el manto de la nostalgia. Maradona, con apenas 18 años y la gloria del Mundial Juvenil de Japón aún fresca en los botines, estrechaba la mano de Jorge Rafael Videla en la Casa Rosada. No fue un encuentro fortuito ni un error de agenda; fue la validación simbólica, necesaria para el poder de turno, de un régimen que ejecutó un plan sistemático de exterminio.

Es aquí donde el rigor periodístico debe ser crudo: Videla no era un actor político más, era el rostro de una dictadura que, según el histórico Juicio a las Juntas de 1985, fue responsable de un terrorismo de Estado que resultó en una condena a reclusión perpetua por ser autor de 469 crímenes de lesa humanidad, incluyendo 66 homicidios, 306 secuestros y 97 casos de tortura probados. Ante este dato fáctico, surge una pregunta que incomoda: ¿Por qué la sociedad contemporánea concede el beneficio de la "falta de madurez" o el "desconocimiento del contexto" a un joven Maradona frente a un genocida, pero le niega el derecho a la neutralidad a un Messi de 38 años frente a un presidente electo democráticamente?
Si el argumento es que Maradona "no tenía opción" porque en ese entonces el poder militar era absoluto, ¿por qué no se aplica la misma lógica de condicionamiento a Messi?
Messi es, en este contexto, un empleado de una corporación privada, el Inter Miami, cuya estructura jerárquica y compromisos comerciales en Estados Unidos imponen una agenda institucional de la que él no es dueño ni arquitecto.
¿Es Messi realmente un hombre libre de desairar al presidente del país donde reside y trabaja sin poner en jaque la estabilidad de su club, sus contratos y su propia seguridad jurídica? ¿O es que acaso exigimos que el ídolo se inmole en el altar de nuestra ideología personal para que nosotros, desde la comodidad del teclado, nos sintamos moralmente superiores?
El mito de la "coherencia maradoniana" se sostiene sobre un andamiaje de barro que se desmorona cuando se analiza su etapa adulta. Se lo enaltece por su cercanía con líderes como Fidel Castro o Hugo Chávez, presentándolo como un guerrillero de la justicia social, pero se omite deliberadamente que esas figuras representaban estructuras de poder que también acumulaban denuncias internacionales por persecución política y violaciones a las libertades individuales. Maradona, ya un adulto consagrado, multimillonario y con acceso ilimitado a la información, eligió activamente estrechar lazos con regímenes que despojaron a sus pueblos de derechos básicos mientras él recibía beneficios que distaban mucho de la austeridad revolucionaria.

¿Era esa una rebeldía desinteresada o una alineación estratégica?
¿Por qué la cercanía de Maradona con figuras que recibían flujos de capitales cuestionables es leída como "compromiso", mientras que el saludo de Messi es interpretado como "traición"?
La respuesta es amarga: hemos decidido que la explosividad de uno es un pase libre para la contradicción, pero la discreción del otro es un síntoma de hipocresía.
Se ha vuelto un lugar común, casi una exigencia dogmática, pedirles
a los futbolistas que sean faros morales y referentes geopolíticos. "Tiene una responsabilidad, es un ejemplo para los pibes", repiten quienes hoy linchan a Messi.
Pero, ¿es lícito exigirle a un deportista que resuelva las tensiones ideológicas que los propios ciudadanos somos incapaces de gestionar en las urnas?
¿Por qué cargamos sobre los hombros de un hombre que solo quiere patear una pelota la responsabilidad de denunciar a Trump por lo ocurrido en Venezuela o en el Capitolio?
Esa exigencia de "hacerse cargo" es, en realidad, una forma de violencia discursiva y una extorsión emocional que le dice al ídolo: "Si no sos el eco de mi odio, sos mi enemigo".
Messi ha sido coherente con su neutralidad durante toda su carrera; decidió no ir a la Casa Rosada en 2022 para no ser usado por el gobierno local, en un acto de sobriedad institucional que debería haber sido aplaudido. No obstante, esa misma neutralidad es la que hoy se castiga con saña.
¿No es acaso el derecho al silencio una forma fundamental de la libertad de expresión?
¿O es que la libertad solo es válida cuando el que habla dice exactamente lo que queremos oír?
La sociedad argentina transita un camino de agresividad creciente donde no hay espacio para los matices. Si no sos un militante ruidoso, sos un "careta". Esta dicotomía nos impide ver la profundidad de los hechos: mientras Maradona estrechó la mano de un dictador condenado por crímenes atroces, Messi simplemente cumplió un protocolo laboral frente a un líder electo.
La saña contra Messi es una proyección de nuestras propias frustraciones; le pedimos a él que sea el héroe que nosotros no nos atrevemos a ser en nuestra vida cotidiana. Lo tildamos de "opa" porque no grita, porque no insulta, porque no se envuelve en banderas que no le pertenecen para alimentar el circo mediático.
¿Quién es más peligroso para la salud democrática de una nación: el deportista que saluda y calla, o la jauría que juzga y condena sin mirar su propio pasado?
Me avergüenza ver cómo nos hemos convertido en una inquisición digital que no permite el disenso ni la pluralidad. Mantener el rigor periodístico hoy significa navegar contra la corriente del sentimiento popular y denunciar la doble vara.
La neutralidad de Messi no es falta de carácter; es el acto de resistencia más genuino en un mundo que lo quiere obligar a elegir un bando a cualquier precio.
Si no somos capaces de respetar la libertad del individuo para no ser parte de nuestro fango político, entonces no estamos ante una sociedad libre, sino ante una jauría hambrienta de mitos que justifiquen su propia incapacidad de diálogo.
Es hora de dejar de exigirles a los futbolistas que resuelvan las contradicciones morales que nosotros, como sociedad, todavía no hemos podido sanar, y empezar a exigirnos a nosotros mismos la honestidad intelectual de mirar la foto completa.

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