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Organización de Cooperación de Shanghái, la otra cara del nuevo orden mundial (Adalberto Agozino)

Por Poder & Dinero

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Hay fotografías que explican mejor una época que muchos tratados. La de Xi Jinping, Vladímir Putin y Narendra Modi compartiendo escenario en Biskek pertenece a esa categoría. El presidente chino, el líder ruso y el primer ministro indio representan intereses profundamente diferentes y mantienen entre sí rivalidades que en ocasiones son difíciles de disimular. Sin embargo, los tres han encontrado en la Organización de Cooperación de Shanghái un espacio común suficientemente amplio como para defender una idea que hasta hace pocos años parecía más una aspiración que una realidad: el poder mundial ya no puede organizarse alrededor de un único centro.

La cumbre celebrada el 1 de septiembre en la capital de Kirguistán, coincidiendo con el vigésimo quinto aniversario de la organización, ha servido para confirmar esa transformación. La OCS, creada en 2001 a partir de los antiguos Cinco de Shanghái, nació esencialmente como un mecanismo destinado a resolver disputas fronterizas y combatir el terrorismo, el separatismo y el extremismo. Hoy agrupa a diez países y se ha convertido en un foro de seguridad, comercio, energía, tecnología, conectividad y diplomacia internacional.

Su dimensión resulta difícil de ignorar. China, India y Rusia se encuentran entre las mayores economías del planeta; Irán es una potencia energética de primer orden; Pakistán posee armas nucleares; y las repúblicas de Asia Central ocupan una posición estratégica entre China, Rusia, Oriente Próximo y Europa. En conjunto, los miembros de la OCS representan alrededor del 43% de la población mundial y aproximadamente una cuarta parte del PIB global.

Pero las estadísticas demográficas y económicas apenas cuentan una parte de la historia. La verdadera importancia de la organización reside en la acumulación de recursos estratégicos. Sus miembros concentran aproximadamente una quinta parte de las reservas mundiales de petróleo y cerca de la mitad de las reservas probadas de gas natural. En las tierras raras, cuya importancia para las industrias electrónica, energética, aeroespacial y militar crece aceleradamente, China, India y Rusia concentran conjuntamente alrededor del 60% de las reservas conocidas. El dato adquiere especial relevancia porque China no solo dispone de grandes reservas: domina además buena parte de las fases de procesamiento y refinamiento de estos minerales.

Es, por tanto, una organización asentada sobre una formidable base material. Territorio, población, energía, minerales críticos, corredores comerciales y mercados internos se combinan en un espacio que se extiende desde Europa oriental hasta el Extremo Oriente y desde el Ártico hasta el océano Índico.

La pregunta que comienza a plantearse en las capitales occidentales es inevitable: ¿está naciendo un bloque alternativo a Occidente?

La respuesta exige cierta prudencia. La OCS no es una OTAN asiática. Sus miembros no están obligados a defenderse mutuamente ni existe una estructura militar integrada. Tampoco poseen una política exterior común. La rivalidad entre India y Pakistán continúa siendo profunda; India y China mantienen una competencia estratégica; Rusia y China tienen intereses divergentes en Asia Central; y los pequeños Estados centroasiáticos procuran evitar convertirse en simples piezas de cualquiera de las grandes potencias.

Precisamente por ello resulta más interesante observar lo que la OCS sí está construyendo.

La Declaración de Biskek y los documentos aprobados durante la cumbre ampliaron considerablemente el campo de cooperación. Se adoptaron acuerdos sobre seguridad y narcotráfico, inteligencia artificial, centros de datos, protección medioambiental, energía, transporte y logística. La organización también avanzó en la creación de mecanismos financieros y en la utilización de monedas nacionales para el comercio entre sus integrantes.

No se trata de una revolución financiera inmediata. El dólar continúa siendo la principal moneda de reserva y de transacción internacional y las instituciones financieras occidentales mantienen una influencia extraordinaria. Pero la dirección del movimiento es significativa. Rusia, sometida a amplias sanciones occidentales, tiene un interés evidente en reducir su dependencia del sistema financiero dominado por Estados Unidos. China observa con atención esa experiencia. India, aunque mantiene estrechos vínculos económicos y tecnológicos con Washington, tampoco desea que sus opciones estratégicas puedan quedar condicionadas por decisiones adoptadas en otra capital.

Vladímir Putin lo expresó con claridad durante la cumbre. Según el presidente ruso, más del 98% de las operaciones comerciales de Rusia con los miembros de la OCS ya se realizan en monedas nacionales. Moscú aspira además a que el eventual Banco de Desarrollo de la organización tenga independencia respecto de las estructuras financieras occidentales.

China, sin embargo, parece perseguir un objetivo más sofisticado que la simple construcción de un bloque antiestadounidense. Xi Jinping ha hablado de un mundo “multipolar igualitario y ordenado”, de una reforma de la gobernanza internacional y de la necesidad de preservar el papel central de Naciones Unidas. Al mismo tiempo, Beijing impulsa proyectos de infraestructura, energía renovable, inteligencia artificial, centros de datos y corredores comerciales capaces de proporcionar a Eurasia mayor autonomía.

El mensaje chino consiste menos en destruir el sistema internacional existente que en modificar la distribución del poder dentro de él.

Ese matiz es importante. El especialista de Carnegie Endowment Evan A. Feigenbaum advertía durante la cumbre contra la interpretación simplista de la OCS como una organización en la que Rusia estaría perdiendo su “patio trasero” frente a China. A su juicio, la organización nació fundamentalmente como un instrumento chino y la presencia económica de Beijing en Asia Central lleva ya décadas siendo determinante.

La investigación académica reciente también invita a evitar las conclusiones precipitadas. James MacHaffie, en Asia & the Pacific Policy Studies, considera que la OCS posee capacidad para convertirse en un importante mecanismo de equilibrio frente a las estructuras de seguridad occidentales, pero advierte que las rivalidades entre sus principales miembros podrían limitar seriamente esa posibilidad. Susanne Weigelin-Schwiedrzik, especialista en China y Rusia, llega a una conclusión similar desde otra perspectiva: las limitaciones de la OCS difícilmente desaparecerán mientras China, Rusia e India no alcancen algún tipo de entendimiento sobre la distribución del poder dentro de la propia organización.

India constituye quizá el mejor ejemplo de esa ambivalencia. Narendra Modi no acudió a Biskek para incorporarse a una cruzada contra Estados Unidos. Nueva Delhi mantiene una relación estratégica con Washington y participa en el Quad junto a Estados Unidos, Japón y Australia. Pero India también compra energía rusa, desarrolla vínculos con Irán y participa en la OCS porque entiende que el mundo que emerge no puede ser administrado exclusivamente desde las instituciones creadas bajo predominio occidental.

Modi aprovechó incluso su encuentro con Putin para reclamar nuevamente el final de la guerra en Ucrania. La escena sintetiza perfectamente la naturaleza de la OCS: cooperación sin subordinación y convergencia sin alianza.

También resulta significativo lo ocurrido con Irán. La cumbre respaldó la soberanía iraní y condenó los ataques contra su territorio, mientras reclamó el respeto de su derecho al desarrollo nuclear con fines pacíficos. En cambio, la guerra de Ucrania quedó prácticamente fuera de la declaración colectiva, precisamente porque no existe consenso entre los miembros sobre el conflicto.

Esa diferencia revela la verdadera lógica de Biskek. Los miembros pueden coincidir en que no desean un sistema internacional excesivamente dependiente de Washington sin compartir necesariamente las políticas exteriores de Moscú, Beijing o Teherán.

La expansión de la OCS tampoco se detiene en sus diez miembros. Turquía, que mantiene desde 2012 el estatus de socio de diálogo, ha expresado nuevamente su aspiración de incorporarse plenamente. El presidente Recep Tayyip Erdogan, sin embargo, se apresuró a aclarar tras la cumbre que el acercamiento a China y Rusia no supone abandonar las alianzas occidentales. Esa declaración constituye otra prueba de que el nuevo sistema internacional se parece menos a una división en dos bloques que a una compleja red de asociaciones superpuestas.

Ahí reside, probablemente, la mayor trascendencia de la OCS.

Durante la Guerra Fría, la lógica internacional tendía a organizarse alrededor de bloques relativamente definidos. Hoy las grandes potencias cooperan en un ámbito, compiten en otro y mantienen alianzas cruzadas en un tercero. India puede pertenecer simultáneamente a la OCS y al Quad. Turquía puede ser miembro de la OTAN y aspirar a una relación más estrecha con la OCS. Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos pueden mantener estrechos vínculos con Washington mientras profundizan sus relaciones con Beijing y Moscú.

La OCS no necesita convertirse en una alianza militar para modificar el equilibrio mundial. Le basta con contribuir a que sus miembros tengan más alternativas. Alternativas energéticas. Alternativas financieras. Alternativas tecnológicas. Alternativas logísticas. Alternativas diplomáticas.

En ese sentido, la organización representa una de las respuestas más visibles al uso creciente de sanciones, restricciones comerciales, controles tecnológicos y medidas financieras como instrumentos de poder internacional. Cuanto mayor sea la percepción de que el acceso a los mercados, al crédito, a las tecnologías o al sistema de pagos puede ser utilizado como mecanismo de presión, mayor será el incentivo de las potencias emergentes para desarrollar redes alternativas.

Biskek no ha proclamado el nacimiento de un nuevo imperio ni la desaparición del orden occidental. Ha mostrado algo más importante y probablemente más duradero: que el monopolio de la capacidad para definir las reglas internacionales está siendo cuestionado.

La OCS todavía tiene demasiadas contradicciones para convertirse en un bloque compacto. Pero quizá ese no sea su propósito. Su verdadera fuerza puede estar precisamente en ser una plataforma flexible donde potencias que no confían plenamente unas en otras encuentran razones suficientes para cooperar.

La fotografía de Biskek, por tanto, no anuncia una nueva Guerra Fría. Anuncia algo más incierto: un mundo en el que ya no será posible asumir que todas las grandes decisiones se tomarán en Washington, Bruselas o las capitales occidentales.

Y esa transformación, más silenciosa que espectacular, puede ser el acontecimiento geopolítico más importante de la cumbre.

Adalberto Agozino es Doctor en Ciencia Política, Analista Internacional, Docente de la Universidad de Buenos Aires

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