La paradoja resulta evidente. Ningún otro país africano despertó expectativas tan elevadas acerca de la posibilidad de superar pacíficamente un régimen de discriminación institucionalizada. No obstante, la Sudáfrica contemporánea enfrenta una crisis social que muchos consideran la más grave desde el fin del apartheid. Las recientes manifestaciones en Johannesburgo, Durban, Pretoria y otros grandes centros urbanos, acompañadas de ataques contra comunidades inmigrantes, saqueos de comercios y desplazamientos forzados de miles de personas, reflejan un deterioro que trasciende los episodios de violencia y revela tensiones acumuladas durante años.
Estas expresiones de hostilidad no constituyen un fenómeno aislado, sino la manifestación visible de un profundo malestar social alimentado por el desempleo, la pobreza persistente, la corrupción, la degradación de los servicios públicos y la creciente percepción de que la transición democrática no logró transformar las estructuras económicas heredadas del régimen segregacionista.
Aunque Sudáfrica continúa siendo la economía más desarrollada del continente, también figura entre las sociedades con mayores niveles de desigualdad del mundo. Una parte sustancial de la riqueza permanece concentrada en un reducido segmento de la población, mientras amplios sectores, especialmente entre la mayoría negra, siguen padeciendo condiciones de exclusión que recuerdan las profundas fracturas del pasado.
Ese contraste resulta particularmente visible en las grandes áreas metropolitanas, donde modernos distritos financieros conviven con extensos townships caracterizados por el desempleo, la precariedad de los servicios básicos y el deterioro de las infraestructuras. Si bien los primeros gobiernos democráticos ampliaron el acceso a la vivienda, la educación y la electricidad, dichos avances no modificaron de manera decisiva la estructura productiva ni redujeron sustancialmente la desigual distribución de la riqueza.
La estabilidad macroeconómica alcanzada tras la liberalización económica de finales de la década de 1990 favoreció la aparición de una nueva clase media negra y estimuló el consumo interno, pero sus beneficios se distribuyeron de manera desigual. La elevada concentración patrimonial permaneció prácticamente intacta y la movilidad social continuó siendo limitada para amplios sectores de la población.
El desempleo constituye el principal factor de desestabilización. Las tasas oficiales superan el treinta por ciento y diversos especialistas sostienen que, considerando a quienes han abandonado la búsqueda de trabajo, el desempleo efectivo es considerablemente mayor. Entre los jóvenes, la exclusión laboral alcanza dimensiones especialmente preocupantes y limita las perspectivas de desarrollo de toda una generación.
A estas dificultades económicas se suma un prolongado deterioro institucional. Durante los últimos años, Sudáfrica ha enfrentado reiterados escándalos de corrupción, pérdida de capacidad administrativa y una profunda crisis de empresas públicas estratégicas. Las dificultades de la compañía eléctrica estatal Eskom, responsables de frecuentes interrupciones del suministro energético, constituyen uno de los ejemplos más visibles de una administración incapaz de responder eficazmente a las necesidades de la población.
La inseguridad agrava todavía más este escenario. El país mantiene algunos de los índices de criminalidad más elevados del mundo, con altas tasas de homicidios, robos violentos y delincuencia organizada. En numerosos barrios populares, la percepción de abandono por parte del Estado ha favorecido la aparición de organizaciones comunitarias que, bajo el argumento de garantizar la seguridad, han terminado ejerciendo funciones de vigilancia al margen de los mecanismos legales.
La combinación de desempleo masivo, corrupción, deterioro de los servicios públicos e inseguridad ha erosionado progresivamente la legitimidad del sistema político surgido tras el apartheid. El prestigio histórico del Congreso Nacional Africano, cimentado durante décadas de lucha contra la segregación racial, ya no basta para contener un descontento social que se manifiesta en protestas recurrentes y en un sostenido desgaste electoral.
Las dificultades económicas tampoco obedecen exclusivamente a factores coyunturales. La economía sudafricana continúa dependiendo en gran medida de sectores tradicionales, especialmente de la minería, cuya evolución permanece estrechamente ligada a los ciclos internacionales de las materias primas. La desaceleración del crecimiento mundial, las limitaciones energéticas y la insuficiente inversión han reducido la capacidad del país para absorber una fuerza laboral en constante expansión.
Paradójicamente, esa misma economía continúa ejerciendo un poderoso atractivo para millones de ciudadanos del África Subsahariana. Desde hace más de un siglo, la minería, la agricultura, la construcción y numerosas actividades urbanas han dependido del trabajo de migrantes procedentes de países vecinos como Mozambique, Lesoto, Zimbabue, Malaui, Botsuana y Esuatini. La migración regional constituye, por tanto, un componente histórico del desarrollo económico sudafricano y no un fenómeno reciente.
Tras el establecimiento de la democracia, estos flujos migratorios se intensificaron. La relativa estabilidad institucional de Sudáfrica contrastó con las crisis económicas y políticas registradas en diversos Estados vecinos, convirtiendo al país en el principal destino para millones de africanos en busca de oportunidades laborales. Se estima que actualmente residen en territorio sudafricano alrededor de tres millones de extranjeros.
Durante años, esta realidad fue interpretada como una consecuencia natural de la integración regional promovida tras el fin del apartheid. Sin embargo, el debilitamiento del crecimiento económico modificó progresivamente la percepción pública. Una parte creciente de la sociedad comenzó a responsabilizar a los inmigrantes del desempleo, de la saturación de hospitales y escuelas, del aumento de la delincuencia y del deterioro de los servicios públicos.
La mayor parte de las investigaciones académicas rechaza esa interpretación. Diversos especialistas sostienen que no existe evidencia empírica que permita atribuir a la inmigración las causas fundamentales de la crisis sudafricana. Desde esta perspectiva, los extranjeros se han convertido en un conveniente chivo expiatorio sobre el cual se proyectan frustraciones originadas por problemas estructurales cuya explicación reside en la incapacidad del sistema económico para generar empleo suficiente y en las limitaciones acumuladas por las políticas públicas.
No obstante, el peso de estas explicaciones ha cedido terreno frente a discursos cada vez más emocionales y nacionalistas que presentan a la inmigración como la principal amenaza para la estabilidad económica y social del país. Sobre esa percepción se ha construido el actual auge de la xenofobia y del discurso antiinmigrante, cuya consolidación constituye uno de los fenómenos políticos más significativos de la Sudáfrica contemporánea.
La inmigración como chivo expiatorio: el ascenso de la xenofobia
Las explosiones periódicas de violencia contra inmigrantes no constituyen un fenómeno nuevo en Sudáfrica. Desde el final del apartheid se han registrado sucesivas oleadas de ataques xenófobos, especialmente en 2008, 2015, 2019 y, con particular intensidad, en 2026. Lo novedoso de la coyuntura actual reside menos en la violencia misma que en la progresiva institucionalización del discurso antiinmigrante y en la aparición de organizaciones capaces de convertir el descontento social en un proyecto político permanente.
Lo que durante años permaneció circunscrito a episodios esporádicos en los townships ha evolucionado hacia una narrativa que atribuye a los inmigrantes africanos la responsabilidad del deterioro económico nacional. El desempleo, la presión sobre los servicios públicos, la escasez de viviendas y el aumento de la delincuencia aparecen sintetizados en un mismo argumento: los extranjeros estarían desplazando a los ciudadanos sudafricanos del mercado laboral y del acceso a recursos cada vez más limitados.
Este discurso ha encontrado una amplia acogida en las provincias más castigadas por la pobreza y el desempleo, donde la competencia por los empleos informales y las ayudas estatales intensifica la búsqueda de responsables visibles para problemas cuya naturaleza responde, en realidad, a factores estructurales.
Las investigaciones desarrolladas por el proyecto Xenowatch, de la Universidad de Witwatersrand, muestran que la xenofobia constituye un fenómeno persistente. Desde 1994 se han documentado más de un millar de incidentes violentos, centenares de víctimas mortales, decenas de miles de desplazados y miles de comercios destruidos o saqueados. Estas cifras evidencian que no se trata de estallidos espontáneos, sino de una problemática profundamente arraigada.
Las comunidades procedentes de Somalia, Etiopía, la República Democrática del Congo y, especialmente, Zimbabue figuran entre las más vulnerables. Sus pequeños comercios han sido objeto de campañas recurrentes de intimidación, mientras numerosos inmigrantes viven bajo la amenaza permanente de agresiones, extorsiones y expulsiones forzosas.
La crisis alcanzó un nuevo punto de inflexión durante 2026, cuando diversos grupos antiinmigración exigieron públicamente que los extranjeros en situación irregular abandonaran el país antes del 30 de junio. Aunque aquel ultimátum carecía de fundamento jurídico, generó un clima de miedo que precipitó desalojos, cierres de negocios y desplazamientos masivos incluso antes de cumplirse el plazo fijado.
Las escenas registradas en ciudades como Durban ilustraron la gravedad de la situación. Numerosas familias fueron expulsadas de sus viviendas, comerciantes abandonaron sus establecimientos por temor a nuevos saqueos y miles de personas buscaron refugio en centros temporales organizados por las autoridades o por las representaciones diplomáticas de sus países de origen.
Ante el agravamiento de la violencia, varios gobiernos africanos coordinaron operaciones extraordinarias para facilitar el retorno voluntario de sus nacionales. Nigeria, Ghana, Malaui, Mozambique y Zimbabue organizaron vuelos especiales y convoyes terrestres, mientras otros Estados recomendaron a sus ciudadanos abandonar temporalmente Sudáfrica o extremar las medidas de seguridad.
Detrás de buena parte de esta movilización se encuentran organizaciones cuya influencia política ha aumentado durante los últimos años.
La más conocida es Operation Dudula, surgida, en Soweto en 2021, como una iniciativa que afirmaba combatir la delincuencia, pero que rápidamente orientó su actividad hacia la identificación de inmigrantes, la inspección de comercios y la presión sobre hospitales, escuelas y otros servicios públicos para restringir el acceso de ciudadanos extranjeros. Diversas organizaciones de derechos humanos han denunciado reiteradamente sus métodos de intimidación, incluidos patrullajes vecinales, allanamientos ilegales y actos de violencia.
Uno de los casos que mayor repercusión suscitó fue el deceso del hijo de una trabajadora originaria de Malaui, cuyo acceso a la atención médica se habría visto obstaculizado por el clima de intimidación generado en torno a los hospitales públicos. Para numerosas organizaciones humanitarias, el episodio simboliza las consecuencias extremas de la creciente deshumanización del discurso antiinmigrante.
Lejos de limitarse al activismo callejero, Operation Dudula decidió incorporarse a la competencia electoral. Aunque sus resultados han sido modestos, numerosos analistas consideran que su principal éxito ha consistido en trasladar buena parte de su agenda al debate político nacional.
En 2026, adquirió también notoriedad el movimiento March and March, encabezado por Jacinta Ngobese-Zuma y Nkosikhona Ndabandaba. Sus campañas en favor de deportaciones masivas, controles fronterizos más estrictos y una aplicación rigurosa de la legislación migratoria coincidieron con nuevos episodios de violencia contra comunidades extranjeras. Aunque sus dirigentes rechazan ser calificados como xenófobos, consignas como “Sudáfrica para los sudafricanos” o Abahambe (“que se vayan”) reforzaron una narrativa que identifica la nacionalidad con el derecho exclusivo a los recursos públicos.
La cuestión migratoria ha dejado de ser patrimonio exclusivo de estos movimientos. Diversos partidos han endurecido progresivamente sus posiciones. ActionSA, liderado por Herman Mashaba, ha convertido el control migratorio en uno de sus principales ejes programáticos; la Alianza Patriótica, encabezada por Gayton McKenzie, mantiene desde hace años un discurso especialmente severo hacia la inmigración; y sectores del partido uMkhonto we Sizwe (MK), fundado por el expresidente Jacob Zuma, también defienden políticas considerablemente más restrictivas.
Particularmente significativa resulta la evolución del propio Congreso Nacional Africano. Históricamente identificado con el panafricanismo y beneficiario del respaldo político y material de numerosos Estados africanos durante la lucha contra el apartheid, el partido gobernante ha endurecido gradualmente su retórica sobre la inmigración irregular. Diversos miembros del Ejecutivo han defendido controles fronterizos más rigurosos, operaciones policiales de mayor alcance y sistemas biométricos destinados a reforzar la gestión migratoria.
Para numerosos especialistas, esta convergencia ha contribuido a desplazar hacia el centro del debate postulados que anteriormente permanecían confinados a sectores marginales. El mayor riesgo no reside únicamente en la violencia ejercida por grupos radicales, sino en la creciente aceptación social de la idea de que los inmigrantes constituyen la causa principal de los problemas económicos y sociales del país. Cuando esa percepción comienza a ser compartida por actores políticos e instituciones públicas, la distancia entre el legítimo debate sobre la política migratoria y la legitimación indirecta de la violencia colectiva se vuelve cada vez más tenue.
Treinta y dos años después de que Nelson Mandela proclamara el regreso de Sudáfrica “al seno de la humanidad”, la principal economía africana enfrenta una decisión trascendental. Puede reconstruir el proyecto democrático, inclusivo y panafricanista que inspiró el nacimiento de la nación arcoíris o permitir que la frustración económica, el nacionalismo excluyente y el debilitamiento institucional transformen la promesa del posapartheid en una política de confrontación entre los sectores más vulnerables. De la forma en que resuelva ese dilema dependerá no sólo el futuro político y social de Sudáfrica, sino también la credibilidad del ideal panafricano en un continente sometido a profundas transformaciones demográficas, económicas y geopolíticas.
Adalberto Agozino es Doctor en Ciencia Política, Analista Internacional y Docente de la Universidad de Buenos Aires

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