El París de 1795 era un organismo febril, una ciudad que intentaba lavarse el cuello tras el paso de la guillotina mientras el aire todavía vibraba con el eco de las carretas sobre el empedrado. Tras el fin del Terror —aquel periodo paranoico donde la Revolución Francesa se devoró a sus propios hijos y donde el simple hecho de ser aristócrata era una sentencia a muerte—, la capital se entregó a una urgencia de vivir que rozaba la locura. En los salones del Directorio —el gobierno de transición, corrupto y decadente, que sustituyó al idealismo sangriento de Robespierre—, la política dejó de hacerse en las barricadas para refugiarse en las alcobas. Fue en este escenario de "manga ancha" sexual y ambiciones desesperadas donde se cruzaron dos náufragos de la historia que entendieron, antes que nadie, una verdad incómoda: ¿Y si el deseo no fuera el descanso del guerrero, sino su arma más afilada? ¿Es posible que el erotismo sea, en realidad, la fachada perfecta para la alta política?
Ella caminaba con la ligereza de quien ha estado a punto de perder la cabeza y ahora valora cada gramo de aire. Se llamaba Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie, aunque el mundo la conocería como Josephine. Era una criolla —término usado para los descendientes de europeos nacidos en las colonias americanas— de la isla de Martinica, una mujer de movimientos perezosos y felinos que exhalaba un perfume de violetas capaz de enmascarar la decadencia de una aristocracia en ruinas. Al verla de cerca, sus dientes estaban oscurecidos por el consumo de azúcar de caña de su infancia, un detalle que ella ocultaba con una sonrisa cerrada, misteriosa y ensayada que todos confundían con una timidez aristocrática. Josefina no era una belleza clásica; era una maestra de la seducción táctica. Tras quedar viuda de un vizconde guillotinado y sobrevivir a la prisión de Carmes, entendió que su cuerpo y su capacidad para tejer redes sociales eran su única moneda de cambio. Se convirtió en la amante de Paul Barras —el hombre más poderoso y vicioso del Directorio, un político que manejaba Francia como si fuera su propio burdel—, y en sus fiestas aprendió que el deseo es el lubricante perfecto para la negociación de Estado. Pero, ¿cómo convencer a un país que odia a los nobles de que una aristócrata debe estar en la cima? Jugando con la fascinación.
Frente a ella apareció un hombre que parecía su opuesto absoluto: Napoleón Bonaparte. En aquel entonces, no era más que un general de brigada de veintisiete años, flaco como un lobo hambriento, con la piel olivácea y el pelo lacio que le caía sobre los hombros sin ninguna gracia. Hablaba un francés áspero, marcado por su acento de Córcega —la isla mediterránea que Francia había anexionado apenas un año antes de su nacimiento—, lo que lo hacía sentir como un extranjero perpetuo en su propia patria adoptiva. Napoleón era un hombre de una higiene descuidada y una intensidad que asustaba; sus ojos eran dos carbones encendidos que no buscaban romance, sino una ancla. Era un militar brillante pero socialmente torpe que necesitaba desesperadamente la legitimidad que solo una mujer de la vieja nobleza podía otorgarle. ¿Cómo podía este "pequeño corso" ganarse el respeto de la élite parisina? Poseyendo a su mujer más deseada.
Apenas se conocieron en el otoño de 1795, Napoleón quedó anonadado por esa mezcla de indolencia caribeña y astucia parisina. En un gesto de posesión casi psicopática, decidió renombrarla: para el resto del mundo era Rosa, pero él la llamó Josefina, como si al cambiarle el nombre pudiera borrar su pasado en las camas de otros hombres poderosos. Se casaron en marzo de 1796, en una ceremonia civil donde el notario le advirtió a ella que se estaba uniendo a un soldado sin futuro. En el acta matrimonial, la pareja ejecutó su primer acto de marketing político —el uso de técnicas de comunicación para mejorar la imagen de un líder—: ella se quitó cuatro años y él se sumó uno para disimular la brecha de edad. Pero, ¿quién engañaba a quién? Solo dos días después de la boda, el general partió hacia la campaña de Italia, dejando a su nueva esposa en un París que ella conocía mucho mejor que él.
Mientras Napoleón cruzaba los Alpes y enviaba a diario cartas que quemaban el papel con declaraciones como "un beso en los labios y otro en el corazón, y luego mucho más abajo", Josefina utilizaba esa ausencia para reactivar sus propias ambiciones. El erotismo aquí se convirtió en una herramienta financiera: mientras fingía un embarazo y un aborto para evitar viajar al frente con su marido, Josefina se entregaba a un romance público con un oficial llamado Hippolyte Charles y, lo que es más grave, se involucraba en negocios de suministros militares —contratos gubernamentales para proveer de ropa y comida al ejército—. Es un dato que muchos olvidan: ¿Sabías que mientras el general Bonaparte ganaba batallas para Francia, su esposa se enriquecía a espaldas suyas vendiendo botas de suela de cartón a los mismos soldados que morían por él? Para ella, el matrimonio no era una unión de almas, sino una sociedad de responsabilidad limitada donde el sexo garantizaba el flujo de dinero.
Sin embargo, el destino de ambos estaba encadenado a una superstición política. Con el golpe de Estado de 1799, Napoleón se convirtió en la cara de Francia y Josefina en su embajadora estética. Ella impuso el estilo Imperio —caracterizado por vestidos de talle alto justo bajo el pecho, telas de muselina casi transparentes y una elegancia que imitaba a las diosas de la antigua Grecia—. Este look no era inocente: al vestir así, Josefina presentaba a la nueva Francia napoleónica no como una república sedienta de sangre, sino como la heredera de la civilización y el orden clásico. ¿Cómo convences a un pueblo de que la dictadura es necesaria? Haciéndola lucir hermosa. El erotismo de sus hombros desnudos y sus chales de cachemira fue la anestesia necesaria para que la burguesía francesa aceptara el paso de la libertad al mando de un solo hombre. Ella jugaba con el deseo público, convirtiendo su propia imagen en la marca del régimen.
El clímax de esta representación ocurrió en 1804, bajo las bóvedas de Notre Dame. En la ceremonia de coronación, Napoleón tomó la corona y la puso sobre la cabeza de Josefina ante la mirada de un Papa humillado. Fue el momento en que el erotismo se institucionalizó por completo: ella era la Emperatriz, el rostro amable de un régimen militar. Pero la tragedia ya estaba escrita en los libros de biología. Josefina, agotada por los excesos de su juventud y las secuelas de la cárcel, no podía darle un heredero. El hombre que redactó el Código Napoleónico —el conjunto de leyes que, irónicamente, redujo a las mujeres a la categoría de menores de edad ante la ley— decidió que su propia esposa era una pieza defectuosa en la maquinaria del Estado. ¿De qué sirve ser la emperatriz de los corazones si no puedes asegurar el trono de los hijos? En 1810, el divorcio fue una operación de cirugía política: Napoleón necesitaba un "vientre real" y lo buscó en María Luisa de Austria, sacrificando su amuleto por una alianza con los Habsburgo, la dinastía más rancia de Europa.
Al final, la historia de Napoleón y Josefina nos deja una reflexión inquietante sobre la naturaleza del poder. A menudo nos cuentan que fue un gran romance, pero la realidad periodística nos muestra un campo de batalla emocional donde el deseo fue la divisa y la traición el lenguaje cotidiano. Josefina sobrevivió a Napoleón, quedándose con su castillo de Malmaison —su refugio personal donde creó una de las colecciones botánicas más importantes de Europa— mientras él se pudría en el exilio. Ella entendió antes que nadie que el erotismo es la fachada perfecta para la política porque el ser humano siempre preferirá la distracción de un escándalo de alcoba antes que la frialdad de una cifra de muertos en el frente. ¿Fue ella quien lo usó a él o él quien la usó a ella? Seguramente ambos se devoraron mutuamente bajo el pretexto del amor. Él murió con su nombre en los labios, quizás no por romance, sino porque ella fue la única que supo darle al "pequeño corso" el barniz de eternidad que las batallas, por sí solas, nunca hubieran podido comprarle. Los imperios se construyen con cañones, pero se sostienen gracias a la fascinación de quienes saben convertir el deseo privado en una leyenda pública.

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