Algunos desastres llegan lentamente, como una tormenta que se forma en el horizonte. Otros aparecen de la noche a la mañana y dejan una ciudad irreconocible al amanecer.
En julio de 2010, el huracán Alex golpeó Monterrey con una fuerza que quienes lo vivieron jamás olvidarán.
La tormenta no simplemente pasó por la ciudad. La desgarró.
Carreteras desaparecieron. Puentes colapsaron. Barrios enteros quedaron sepultados bajo agua y lodo. El normalmente tranquilo cauce del Río Santa Catarina—tan familiar para los habitantes de Monterrey—se había convertido en un torrente marrón que rugía con furia. Un río que atravesaba el corazón de la ciudad como una cuchilla.
Por encima de todo, las oscuras crestas de la Sierra Madre se alzaban sobre la ciudad, sus laderas marcadas por nuevos derrumbes donde las lluvias implacables habían arrancado pedazos de la montaña.
Yo me encontraba de vacaciones cuando el huracán tocó tierra. Observé los primeros reportes desde lejos y sabía que los daños serían graves.
Pero nada me preparó para lo que vi cuando regresé unos días después.
Conducir por Monterrey se sentía como entrar a otro mundo.
Lo que más me impactó fue el silencio.
Las autopistas de Monterrey normalmente están llenas de movimiento—autos pasando a toda velocidad, claxonazos, el constante zumbido de una ciudad en marcha. Pero ese día las calles estaban inquietantemente silenciosas.
Sin claxonazos. Sin motores. Sin el murmullo lejano del tráfico.
Solo un silencio pesado y sombrío que cubría la ciudad.
Era escalofriante.
La ciudad parecía apocalíptica.
Tramos de autopista simplemente terminaban donde el agua los había arrancado. Automóviles yacían retorcidos en lugares donde ningún automóvil debería estar. Casas enteras habían sido arrancadas de sus cimientos y arrastradas por la corriente.
En las colinas que rodean la ciudad, partes de la montaña se habían derrumbado bajo la lluvia constante. Rocas y lodo descendían sin advertencia, destruyendo casas y negocios sin ninguna distinción.
La naturaleza no distinguió entre ricos y pobres. La tormenta no tuvo consideración por la riqueza ni por la reputación. Golpeó tanto a las colonias humildes como a las laderas acomodadas de San Pedro.
Todo lo que encontró a su paso fue tratado de la misma manera.
Uno de mis amigos más cercanos vivía en San Pedro Garza García, una de las comunidades más prósperas de México. Esa semana, las aguas enfurecidas arrasaron con su casa y con todo lo que su familia poseía.
Cuando finalmente bajaron las aguas, él, su esposa y sus hijos se quedaron con nada más que la ropa que llevaban puesta.
Sobrevivieron.
Todo lo demás se había perdido.
Y sin embargo, incluso frente a tanta destrucción, los habitantes de Monterrey hicieron lo que siempre han hecho.
Comenzaron a reconstruir.
Vecinos limpiaban el lodo de sus casas con palas y cubetas. Familias sacaban muebles arruinados y electrodomésticos inservibles a la calle. Extraños ayudaban a otros extraños a empujar autos atrapados en calles cubiertas de lodo.
Por un momento, algo más pareció detenerse también.
La ciudad ya vivía bajo la sombra de la violencia del narcotráfico. En ese tiempo, el conflicto con Los Zetas comenzaba a apretar su control sobre el norte de México. Pero en los días posteriores al huracán, esa batalla pareció quedar en silencio.
Fue como si la tormenta hubiera obligado a todo lo demás a hacerse a un lado.
Mirando hacia atrás, ese silencio resulta inquietante.
Como la calma antes de otra tormenta.
Siempre he dicho que 2011 fue el año más difícil de mi carrera. La violencia que siguió trajo pérdidas que ninguno de los que vivimos ese periodo olvidará jamás.
Mirando atrás ahora, es difícil no pensar que aquella semana de julio fue algo más que un desastre natural.
Por un momento, la tormenta había destrozado Monterrey.
Poco después, los hombres intentarían hacer lo mismo.
*Nota del Autor
Este ensayo nace de mis años viviendo y trabajando en Monterrey durante uno de los periodos más turbulentos de la historia reciente de la ciudad. En julio de 2010, el huracán Alex devastó gran parte del área metropolitana, dejando una destrucción que pocos habitantes olvidarán. Regresé a la ciudad apenas unos días después de la tormenta y fui testigo de cómo un lugar familiar puede transformarse de manera repentina.
Sin embargo, lo que más me marcó no fue solo la fuerza del huracán, sino la resiliencia de la gente de Monterrey y la extraña calma que siguió a la tormenta, antes de que la violencia del año siguiente cambiara nuevamente el destino de la ciudad.
—Leo Silva
Leo Silva es ex agente especial a cargo de la DEA (Oficina de Monterrey) y autor de Reign of Terror y El Reinado de Terror. Con décadas de experiencia en la primera línea de la lucha contra los cárteles transnacionales, Silva ofrece a los lectores una mirada íntima a algunas de las operaciones más peligrosas dirigidas contra líderes y organizaciones de alto nivel.
Desde la publicación de sus memorias, Silva se ha convertido en una voz reconocida en los medios y en el circuito de conferencias. Su historia y sus análisis han sido presentados en entrevistas con el periodista ganador del Premio Pulitzer Jorge Ramos en Univision (Así veo las cosas), el periodista tres veces ganador del Emmy Paco Cobos (La Entrevista), y Ana Paulina (Voces con Ana Paulina), donde su participación generó millones de reproducciones. También ha sido invitado en plataformas destacadas como el pódcast Cops and Writers con Patrick J. O’Donnell, Game of Crimes con Steve Murphy y Llamados a Servir con Roberto Hernández.
A través de sus libros, conferencias y apariciones en los medios, Silva continúa iluminando las realidades del crimen organizado, la labor de las fuerzas del orden y el costo humano de la guerra contra las drogas, al mismo tiempo que comparte lecciones de resiliencia, liderazgo y veracidad.

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