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El Triángulo de Colisión: Israel, EE. UU. e Irán y el Nuevo Orden regional

Por Poder & Dinero

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El 28 de febrero de 2026 quedará marcado en los libros de historia como el día en que la “guerra en las sombras” entre Israel e Irán, sostenida durante décadas, se transformó en una conflagración abierta y directa con la participación activa de los Estados Unidos.

La operación conjunta lanzada bajo la conducción de la administración de Donald Trump, que resultó en la muerte del Líder Supremo Ali Khamenei y ataques a más de 15.000 objetivos en suelo iraní, no es solo un episodio militar; es el catalizador de una metamorfosis sistémica en Medio Oriente y es aquí donde surge el cambio de paradigma, el que ahora va de la “contención a la extirpación”. Históricamente, la estrategia de Washington y Tel Aviv se basaba en la “doctrina de los mil cortes”: sanciones económicas, sabotaje cibernético y asesinatos selectivos de científicos nucleares. Sin embargo, la incursión de 2026 revela -en principio- un giro hacia la extirpación directa del régimen.

​El análisis actual sugiere que el cálculo de Israel ha sido existencial. Así, para el gobierno de Netanyahu, la consolidación de Irán como un umbral nuclear y su dominio a través del “Eje de la Resistencia” (Hezbollah en Líbano, milicias en Irak y los Hutíes en Yemen) representaba una amenaza que el Domo de Hierro ya no podía neutralizar por completo. La respuesta iraní -una tecno-guerrilla de enjambres de drones y misiles hipersónicos- ha demostrado que la superioridad aérea tradicional ya no garantiza la invulnerabilidad.

​La administración Trump ha operado bajo una dualidad contradictoria. El Factor Trump respecto de “América First” vs. Realidades Geopolíticas muestra, por un lado, el uso de una fuerza devastadora para forzar un cambio de régimen; por otro, la retórica de una retirada rápida (en tres o cuatro semanas, lo que no ha sucedido). Tal enfoque estratégico de máxima presión militar con mínima permanencia crea un vacío de poder peligroso.

​A diferencia de la incursión sobre Irak en 2003, ahora no hay un plan de “nation-building”. El objetivo estadounidense parece ser degradar la capacidad militar iraní hasta el punto de la irrelevancia regional, permitiendo que las fuerzas internas (debilitadas tras las protestas de 2025 y principios de 2026) terminen el trabajo. No obstante, este pragmatismo ignora la resiliencia del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), que ha pasado a una fase de insurgencia territorial y ataques a la infraestructura energética del Golfo.

​En tercer lugar, el impacto sistémico: “Petróleo, Estrecho y Alianzas”. La crisis ha puesto en jaque la seguridad energética global. El Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial, se ha convertido en una zona de combate y parece ser que seguirá siéndolo durante y después de la tregua de dos semanas acordada en últimas horas con prescindencia de si ella se rompe antes.

La vulnerabilidad de las Petro-monarquías, especialmente Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos se encuentran en una posición precaria. La interceptación de cientos de proyectiles en Bahréin demuestra que la seguridad prometida por el paraguas estadounidense es, en el mejor de los casos, porosa.

Por otro lado, la operación, realizada sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, marca el declive final del orden liberal internacional. La fuerza ha sustituido a la diplomacia del JCPOA (acuerdo nuclear), dejando a Europa como un actor marginal más allá de su propio vacío de poder e influencia.

​El análisis prospectivo de este conflicto no permite conclusiones lineales. El futuro se bifurca en tres caminos críticos: a). El colapso y la fragmentación (lo que presenta un escenario caótico) si el régimen iraní no logra estabilizarse tras la pérdida de su liderazgo máximo, Irán podría derivar en una guerra civil o una fragmentación territorial. Esto crearía un “agujero negro” geopolítico que atraería a potencias como Rusia y China para proteger sus intereses energéticos y estratégicos, convirtiendo a Irán en un teatro de guerra subsidiaria de larga duración.

​b) El CGRI logra mantener la cohesión a través de un liderazgo militar tecnocrático y nacionalista por medio de una guerra de desgaste hacia sus enemigos. En este escenario, Irán abandona cualquier pretensión de diálogo y se lanza a una guerra de largo plazo contra los activos de EE. UU. en la región y las ciudades israelíes, lo hace utilizando su profundidad estratégica y su red de aliados para hacer que el costo de la victoria sea insoportable para Occidente. Y c) El Nuevo Pacto Regional (un potencial escenario de estabilización). Ante el riesgo de una aniquilación mutua o un colapso económico global, surge una mediación liderada por actores no occidentales (posiblemente Pakistán, China y/o India). Este escenario implicaría un reconocimiento de las esferas de influencia y una desescalada militar a cambio de un nuevo esquema de seguridad que incluya a las monarquías del Golfo, Israel y un Irán post-Khamenei más centrado en su supervivencia interna que en la expansión externa.

​Concluyendo, la guerra de 2026 ha terminado con la era de la ambigüedad estratégica. El conflicto entre Israel, EE. UU. e Irán ya no es una cuestión de “si continuará”, sino de “cómo terminará”. Lo que está en juego no es solo el mapa de Oriente Medio, sino la credibilidad del poder estadounidense y la supervivencia de Israel en un entorno que ha aprendido a combatir su tecnología con asimetría. La crisis actual es el parto doloroso de un nuevo equilibrio de poder donde la seguridad ya no se negocia en Ginebra, sino que se define en aguas del estrecho de Ormuz y en los cielos de Teherán y Tel Aviv.

​Por George Chaya (Washington DC)

Prof. George Chaya, is a Senior Advisor on Middle Eastern Affairs and National Security and CEO of his own Consulting: Middle East OSINT Columbia Corp. based in Washington DC.

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