11/1/2026 - politica-y-sociedad

"La tregua cobarde: Por qué la sociedad elige el silencio"

Por Jazmín Abdala

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El café se enfría en la taza y nadie parece notar que el vapor dejó de salir hace rato. En esta mesa, como en tantas otras de esta ciudad que parece caminar siempre al borde de un ataque de nervios, el aire pesa. No es el humo del cigarrillo, que ya no existe, sino algo más denso: el peso de lo que no se dice. Mi amigo revuelve el azúcar con una insistencia neurótica; el metal de la cucharita golpea el fondo de la cerámica con un ritmo seco, tac, tac, tac, un metrónomo que marca el tiempo de una charla que se muere antes de nacer. Hablamos de la serie de moda, del precio absurdo de las zapatillas, de la humedad que se filtra por las paredes del departamento. Pero cuando el roce de la realidad se vuelve inevitable, cuando la política asoma la cabeza como un pariente incómodo en una fiesta, el silencio cae como una guillotina. Él mira su celular. Yo miro la calle a través del vidrio manchado por el escape de los colectivos. Hemos pactado una tregua cobarde: para no perder la amistad, elegimos perder el mundo.

Ese silencio es el síntoma de una gangrena social que no sangra, pero que está matando el "entre" que nos mantenía vivos. Hannah Arendt solía decir que la política sucede precisamente ahí, en ese espacio que separa y une a dos personas, un espacio que se habita con la palabra y el gesto. Para ella, la política no era un desfile de cargos públicos ni un trámite burocrático, sino la única actividad que nos hace verdaderamente humanos porque requiere de la presencia de otros. Pero hoy, ese espacio está minado. El descreimiento ha dejado de ser una postura crítica para convertirse en una piel nueva, una costra dura que nos protege pero que nos impide sentir. Ya no es solo que no creamos en los políticos; es que hemos dejado de creer en la posibilidad de que el otro tenga una verdad que no sea una trampa. En la calle se respira un cinismo sensorial: el ruido de las bocinas parece más violento, las caras en el subte están más apretadas y el gesto de esquivar el bulto se volvió una coreografía nacional. Caminamos con los auriculares puestos, no para escuchar música, sino para blindarnos, para que el grito de la realidad no nos alcance en nuestra burbuja de sospecha permanente.

Arendt utilizaba una metáfora poderosa para explicar este fenómeno: la mesa. Imaginemos a un grupo de personas sentadas alrededor de una; la mesa es lo que tienen en común, lo que los reúne y, al mismo tiempo, lo que les permite mantener una distancia necesaria para verse las caras sin encimarse. Pero si de pronto la mesa desaparece, las personas quedan enfrentadas, pero ya no tienen nada que las conecte; quedan aisladas en su propia subjetividad, flotando en un vacío donde el otro deja de ser un par para convertirse en un objeto de sospecha. Hoy, el descreimiento total hacia la política ha hecho desaparecer esa mesa. Al ya no creer en las instituciones, en los datos ni en la honestidad de la palabra ajena, el espacio entre nosotros se ha vuelto un abismo. Cuando nos miramos a través del vacío, el silencio ya no es respeto, sino una muralla defensiva. Si yo no te dejo opinar, o si yo mismo me autocensuro para no escucharte bajo la excusa de no pelearnos, no estoy salvando nuestra relación; estoy dinamitando el único puente que nos permitía construir un sentido de realidad compartido.

Este vacío que queda cuando la mesa desaparece no es un espacio inofensivo; es un territorio de caza. Arendt lo sabía bien mientras caminaba las calles de una Nueva York que le resultaba ajena, cargando con el peso de haber visto cómo una civilización entera se desmoronaba en el silencio de los años treinta. Ella explicaba que el trabajo es para sobrevivir y la creación es para dejar huella, pero la política es para existir en plural. Cuando nos aislamos, cuando decidimos que nuestra opinión no cuenta o que mejor no me meto, estamos cometiendo un suicidio civil. Y lo que ella diseccionó con precisión de cirujano fue cómo el totalitarismo no empieza con tanques, sino con la destrucción de la verdad fáctica en las charlas cotidianas. La posverdad, en términos arendtianos, es una neblina que se mete por debajo de la puerta. No se trata de que un gobernante nos mienta sobre una cifra específica, sino de algo mucho más perverso: el ataque al sentido común, ese sexto sentido que nos permite percibir la realidad como algo que compartimos con los demás. Si yo digo que afuera llueve y vos, por cansancio o por odio, me decís que el sol brilla, ya no estamos discutiendo ideas. Estamos rompiendo el suelo que pisamos.

El descreimiento nos ha quitado la capacidad de asombro ante la mentira descarada; la recibimos con un encogimiento de hombros, con un "y bueno, qué esperabas", y en ese gesto de resignación le entregamos las llaves de nuestra libertad al primero que nos ofrezca una ficción cómoda. Esta renuncia a los hechos nos ha llevado a una suerte de autismo social. Nos encerramos en burbujas de confirmación donde el lenguaje se degrada hasta convertirse en un ladrido. Orwell vaticinaba que si el poder lograba reducir el lenguaje, lograría reducir el rango del pensamiento. Nuestras discusiones políticas, cuando ocurren, ya no son intercambios de argumentos, sino un choque de eslóganes vacíos, de palabras que han perdido su peso y su volumen. Hablamos con mayúsculas en pantallas de cristal líquido, pero somos incapaces de sostenerle la mirada al vecino que reclama por una injusticia. Hemos perdido el espesor de la realidad. El descreimiento nos ha vuelto bidimensionales: somos perfiles, somos votos potenciales, somos consumidores de indignación, pero hemos dejado de ser ese animal político que solo se completa en el encuentro con el que piensa distinto.

Esta es la paradoja más cruel de nuestra era: nunca tuvimos tantas herramientas para comunicarnos y nunca estuvimos tan solos en nuestras convicciones. El algoritmo ha reemplazado a la mesa de Arendt, pero no para reunirnos, sino para aislarnos en un eco infinito donde solo escuchamos lo que ya creemos saber. Nos falta el coraje de la exposición, esa valentía de la que hablaba la filósofa, que no consiste en ir a la guerra, sino en salir de uno mismo y arriesgarse a ser transformado por la palabra del otro. Preferimos la pureza del aislamiento a la suciedad del consenso. Y en esa pureza, en ese silencio de los platos limpios y las persianas bajas, lo que se pudre es la esperanza de que algo, alguna vez, pueda ser de otra manera. Porque si no somos capaces de dejar opinar al otro, si la sola idea de una discrepancia nos genera una náusea ética que nos hace huir, ¿qué nos queda de lo humano?

Nos queda una sociedad de mónadas, de átomos que chocan pero no se funden. La indiferencia se vuelve el modo por defecto: vemos al que sufre como un error en el paisaje, al que reclama como una molestia sonora que interrumpe nuestro scroll infinito. El descreimiento nos ha vuelto estériles. Al final del día, después de haber evitado todas las discusiones, después de haber mantenido la paz familiar a costa de la verdad, nos metemos en la cama con una soledad que tiene el sabor amargo del metal. El silencio que compramos para no pelear es, en realidad, el ruido de una democracia que se está quedando sin voz; una mesa vacía donde ya nadie tiene nada que decir y donde el único que todavía habla es el eco de nuestro propio cansancio, recordándonos que cuando dejamos de hablar del mundo, el mundo simplemente deja de existir.

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Jazmín Abdala

Jazmín Abdala

Periodismo en estado de pregunta.
Política y literatura como territorios de disputa.
Entre libros y coyunturas escribo lo que incomoda para leer la realidad.
Desde Buenos Aires, Argentina, la cuna de las contradicciones.

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