Durante décadas, las relaciones entre Recep Tayyip Erdoğan y Benjamín Netanyahu se caracterizaron por un pragmatismo estratégico teñido de desconfianza ideológica. Turquía fue el primer país de mayoría musulmana en reconocer al Estado de Israel en 1949, y ambos mantuvieron una cooperación militar e de inteligencia profunda durante años. Sin embargo, ese vínculo pertenece al pasado. La crisis del buque Mavi Marmara[i] en 2010 abrió una herida que nunca cicatrizó por completo. Desde entonces, las relaciones se deterioraron de forma progresiva, entrando en una fase de confrontación abierta tras la guerra en Gaza y la ampliación de las disputas geopolíticas en Siria y el Mediterráneo oriental. Las acusaciones mutuas han adquirido una dimensión no solo retórica, sino militar y estratégica concreta.
En Ankara, el presidente Erdoğan ha endurecido su retórica contra Israel hasta niveles sin precedentes. En abril de 2026, durante un discurso en la Conferencia Internacional de Partidos Políticos de Asia en Estambul, Erdoğan calificó las acciones israelíes de “red de genocidio manchada de sangre” que “continúa matando a niños, mujeres y civiles inocentes sin regla ni principio alguno, ignorando todos los valores humanos”. Asimismo, ha comparado las políticas del primer ministro Netanyahu con las de Hitler y ha advertido que “así como entramos en Karabaj y en Libia, podríamos hacer lo mismo con ellos. No hay nada que lo impida; solo se requiere fuerza y unidad”. Altos funcionarios turcos, como el ministro de Exteriores Hakan Fidan, han acusado a Israel de buscar convertir a Turquía en su “nuevo enemigo” tras el debilitamiento de Irán. Fidan declaró en abril de 2026: “Después de Irán, Israel no puede vivir sin un enemigo. Vemos que tanto en el Gobierno de Netanyahu como en parte de la oposición se busca declarar a Turquía el nuevo adversario”.
Del lado israelí, miembros del Gobierno de Netanyahu sostienen que Turquía aspira a convertirse en la nueva potencia hegemónica islamista de Oriente Próximo, aprovechando el debilitamiento iraní y el colapso del equilibrio sirio anterior. El propio Netanyahu ha acusado públicamente a Erdoğan de “masacrar a sus propios ciudadanos kurdos” y de “acomodar al régimen terrorista de Irán y sus proxies”. Funcionarios israelíes como el ex primer ministro Naftali Bennett han advertido que “está surgiendo una nueva amenaza turca” comparable a la iraní, y el ministro de Defensa Israel Katz ha calificado a Erdoğan de “hombre de los Hermanos Musulmanes” y “tigre de papel”. Analistas israelíes describen cada vez más a Ankara como un actor capaz de forjar una red de aliados a expensas de Israel, con Siria como eje central.
Esta creciente hostilidad se explica, en gran medida, por la disputa por los corredores energéticos entre Oriente Medio y Europa. El Mediterráneo oriental se ha consolidado como uno de los principales escenarios geopolíticos del siglo XXI. Israel, Grecia y Chipre impulsan desde hace años el proyecto del gasoducto EastMed, diseñado para transportar gas natural desde los yacimientos israelíes y chipriotas hacia Europa, evitando territorio turco. Aunque el proyecto enfrentó dificultades técnicas y económicas —y perdió apoyo explícito estadounidense en 2022—, en 2025 y 2026 los tres países han intentado revivirlo, vinculándolo además al Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa (IMEC). Este esquema no solo es energético, sino estratégico: consolida un eje greco-israelí-chipriota respaldado por Occidente y limita la influencia turca sobre las rutas energéticas regionales.
Turquía percibe esta iniciativa como una amenaza existencial a su soberanía marítima y económica. La doctrina de la “Patria Azul” (Mavi Vatan), promovida por sectores nacionalistas y militares cercanos al Gobierno, busca expandir la zona de influencia marítima turca en el Mediterráneo oriental y cuestiona las delimitaciones marítimas acordadas por Grecia y Chipre. Ankara ha respondido impulsando alternativas, como corredores energéticos que incluyan un posible enlace Qatar-Turquía a través de Siria, y ha mantenido un embargo comercial integral contra Israel desde 2024. El ministro Fidan ha señalado que la cooperación militar entre Grecia, Chipre e Israel “no genera más confianza, sino más problemas y guerra”.
Esta competencia energética se entrelaza de manera inextricable con la guerra y la reconfiguración de Siria. Tras la caída del régimen de Bashar al-Assad en diciembre de 2024, Turquía emergió como el actor con mayor capacidad de influencia en el nuevo equilibrio damasceno. Ankara ha consolidado tropas en el norte del país, cultivado estructuras de gobernanza alineadas con sus intereses y bloqueado cualquier autonomía kurda significativa. Busca, además, ampliar su profundidad estratégica hacia el Levante. Israel observa con profunda preocupación este avance. Para Tel Aviv, una Siria bajo fuerte influencia turca podría representar una amenaza superior a la que suponía Irán en la era Assad. Fuentes israelíes indican que la aviación de Israel ha realizado casi un millar de ataques aéreos y de artillería en los primeros siete meses posteriores a la caída de Assad —casi el triple que en los siete años previos—, con el objetivo explícito de frustrar la instalación de infraestructura militar turca, incluyendo bases y sistemas antiaéreos. Turquía ha condenado estos ataques como “escalada peligrosa” y ha logrado, mediante mediación azerbaiyana, un mecanismo de desescalada militar para evitar choques directos.
La cuestión kurda agrava aún más la rivalidad. Israel ha expresado simpatía hacia las aspiraciones de los kurdos en Siria e Irak —describiéndolos en ocasiones como “aliados naturales”—, una posición que Ankara considera una línea roja absoluta. Esta divergencia de visiones sobre el futuro sirio —Turquía busca un Gobierno central amigo y unificado bajo su influencia; Israel prioriza la fragmentación que impida cualquier amenaza unificada en su frontera norte— ha convertido Siria en el epicentro del choque geopolítico.
El conflicto se proyecta también hacia el Cuerno de África, una de las regiones más estratégicas del planeta. En Somalia, Turquía mantiene su mayor base militar en el extranjero en Mogadiscio y ha invertido miles de millones en infraestructura, entrenamiento de las fuerzas armadas somalíes y cooperación económica. En 2025-2026, Ankara anunció planes para un espacio-port en Somalia y reforzó su presencia naval y aérea, incluyendo despliegues de F-16. Pretende convertir el Cuerno en una plataforma de proyección hacia el mar Rojo y el océano Índico. Israel, por su parte, busca reforzar su presencia para controlar rutas marítimas críticas entre Asia, África y Europa. En diciembre de 2025, Israel reconoció formalmente la independencia de Somalilandia —la primera potencia de la ONU en hacerlo—, generando una fuerte reacción en Turquía y Qatar. El presidente Erdoğan condenó la medida como “ilegal e intervencionista”, una violación de la integridad territorial somalí y un intento deliberado de socavar la influencia turca. El portavoz del Ministerio de Exteriores turco, Öncü Keçeli, lo describió como “otro ejemplo de las políticas expansionistas del Gobierno Netanyahu destinadas a crear inestabilidad regional”. El estrecho de Bab el-Mandeb, vital para el comercio energético global, se ha convertido así en un nuevo frente de competencia indirecta.
La rivalidad ya no es meramente bilateral. Se han consolidado bloques regionales cada vez más definidos. Israel ha profundizado su alianza estratégica con Grecia y Chipre —basada en cooperación energética, ejercicios militares conjuntos e inteligencia compartida— y explora su ampliación hacia India a través de corredores como el IMEC. Frente a este eje aparece un conglomerado potencial integrado por Turquía, Azerbaiyán —aliado clave tras la guerra de Nagorno-Karabaj—, Pakistán —con creciente cooperación militar— y, eventualmente, Arabia Saudita, cuya aproximación dependerá de la evolución frente a Irán y la situación en Gaza.
Estados Unidos observa el escenario con creciente inquietud. Washington mantiene vínculos estratégicos con ambos países: Israel como aliado fundamental y Turquía como miembro clave de la OTAN por su control de los estrechos y su peso militar. El enviado especial estadounidense Tom Barrack ha calificado las tensiones de “retórica” y ha instado a la cooperación en seguridad y energía, afirmando que “Turquía no es un país con el que se pueda jugar”. Sin embargo, una confrontación directa entre Ankara y Tel Aviv podría fracturar el sistema de alianzas occidentales. Para la OTAN, el dilema es delicado: Turquía es uno de sus principales ejércitos y controla posiciones estratégicas vitales, mientras Israel mantiene una estrecha cooperación militar con miembros occidentales. La posibilidad de que Ankara ejerza su veto en la Alianza genera preocupación en círculos políticos y militares de Bruselas y Washington.
En paralelo, la retórica y la preparación militarista continúan escalando. Turquía ha exhibido avances en misiles balísticos, drones y sistemas de largo alcance capaces de alcanzar objetivos en el Mediterráneo oriental. Israel, por su parte, ha intensificado operaciones en Siria y reforzado sus defensas ante posibles amenazas regionales ampliadas. En este contexto emerge una cuestión particularmente explosiva: la posibilidad futura de que Turquía aspire a una capacidad nuclear militar. Aunque Ankara es parte del Tratado de No Proliferación Nuclear, Erdoğan ha cuestionado públicamente el “monopolio nuclear” israelí en la región, afirmando en el pasado que “el poder nuclear militar debe estar prohibido para todos o permitido para todos”. Sectores nacionalistas turcos argumentan que la asimetría estratégica actual coloca a Turquía en una posición vulnerable y que Ankara debería contar con una disuasión equivalente. Aunque este escenario sigue siendo remoto, el deterioro del orden regional y la proliferación de alianzas rivales lo hacen cada vez menos impensable.
La paradoja radica en que Turquía e Israel comparten aún intereses comunes sustanciales: ambos temen la expansión del caos regional, requieren estabilidad económica y mantienen vínculos comerciales profundos. No obstante, la lógica geopolítica —acentuada por el vacío dejado tras el debilitamiento iraní y la reconfiguración siria— parece empujarlos hacia una confrontación cada vez más estructural. Lo que está en juego ya no se limita a Siria, Gaza o el Mediterráneo oriental: se trata del liderazgo político, militar y energético del nuevo Oriente Próximo. En esa lucha, Ankara y Tel Aviv parecen convencidos de que el espacio para la coexistencia estratégica se reduce día tras día, configurando un escenario de alto riesgo para la estabilidad regional y global.
[i] MAVI MARMARA: El 31 de mayo de 2010, comandos israelíes abordaron el buque Mavi Marmara de bandera turca en aguas internacionales, matando a diez activistas turcos e hiriendo a decenas de ellos, provocando una grave crisis diplomática entre Israel y Turquía. La nave encabezaba una “Flotilla de la Libertad” para romper el bloqueo de Gaza.

Adalberto Agozino es Doctor en Ciencia Política. Profesor del Instituto Universitario de la Gendarmería Nacional y de la Facultad de la Defensa Nacional de Argentina. Director del Instituto Argentino de Estudios Geoestratégicos. Editor de Alternative Press Agency. Experto en temas del Magreb.

Comentarios