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El peligroso factor espectral de Rusia (Alberto Hutschenreuter)

Por Poder & Dinero

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Es muy difícil contar con información relativamente precisa sobre lo que realmente sucede en la guerra de Ucrania. La información que ofrecen las partes no solo no contribuye a ello, sino que torna cada vez más confuso aquello que en las relaciones internacionales se denomina «principio de la incertidumbre de las intenciones» de los actores, por caso, es difícil determinar cuál de las partes (es decir, Ucrania-OTAN europea y Rusia) desea alcanzar un acuerdo o si ninguna de ellas lo desea.

Se trata de una situación a la que bien se puede aplicar lo que decía Jean-Jacques Rousseau sobre las cuatro verdades: «Siempre hay cuatro lados en una historia: tu lado, su lado, la verdad y lo que realmente sucedió».

No obstante la complejidad del tema, podemos igualmente reflexionar sobre lo que estaría ocurriendo y considerar el peligroso factor militar espectral ruso.

Hace un año el tiempo corría a favor de Rusia en la guerra, pero hoy esa ventaja acaso ya no es tal. Aunque continúa siendo un activo clave, la preeminencia rusa en materia de recursos se redujo, creándose una nueva situación donde el desgaste continúa siendo el rasgo de la guerra, pero las ganancias y las pérdidas tienden a equilibrarse.

¿Qué ha ocurrido para que la guerra ingresara en una nueva y más peligrosa fase?

En función del elevado costo que ha implicado hasta hoy sostener la predominancia territorial en el este y sur de Ucrania, aproximadamente 118.000 kilómetros cuadrados, tal vez el desgaste esté afectando más a Rusia. Asimismo, la estrategia basada en mostrar predisposición para alcanzar un cese de fuego para finalmente seguir la guerra ha vuelto a colocar a Putin como el «señor» de la misma.

Al principio se habló de «la guerra de Putin», pues el régimen no sólo rechazaba cualquier nueva ampliación de la OTAN en su vecindario inmediato, sino que negaba la misma existencia de Ucrania como Estado. Pero Rusia consiguió «globalizar» la guerra, es decir, mostrar que solo una parte del mundo la sancionaba, lo cual es verdad, y así, a escala exterior porque interiormente nadie habla de guerra, «despersonalizó» la confrontación: «la guerra de Putin» pasó a ser «la guerra de Rusia». Pero hoy vuelve a hablarse de aquella, no sólo por la decisión de continuar, sino por la creciente lasitud (y hasta reluctancia) de los rusos a ella.

La situación en el frente no ha implicado un cambio de escala, pero es indudable que Ucrania no sólo ha frenado el intento ruso de ganar nuevos territorios, multiplicando los costos a su rival, sino que, más allá de la incertidumbre en materia de información, amplificó su capacidad para golpear la infraestructura energética rusa en sus principales ciudades, Moscú, San Petersburgo, Omsk, como asimismo a la cadena logística rusa.

Es decir, Kiev logró capitalizar la experiencia de cuatro años de confrontación, movilizó su industria militar, particularmente en la producción masiva de drones y municiones, consiguió ganancias en la guerra naval y, por supuesto, continúa recibiendo asistencia financiera y estratégica-militar de una OTAN europea que, liderada principalmente por Reino Unido y Francia, pareciera haber abandonado toda opción diplomática, para sostener y potenciar la estrategia de desgaste y desangrado de Rusia, opción que supone, como advierte el estadounidense John Mearsheimer, un muy alto riesgo.

Ello no significa que Ucrania podría lograr la victoria, considerando victoria la expulsión de las fuerzas rusas del Donbas e incluso de Crimea. Pero sí puede que la «victoria» signifique (para Kiev) que Rusia no obtenga más que ese casi inmóvil 20 por ciento de predominancia geopolítica (recientemente, Ucrania sostuvo que estaría dispuesta iniciar conversaciones a partir de la situación existente).

Si es así, para Rusia la victoria terminaría siendo pírrica, pues el precio por capturar y mantener las regiones del este y sur ha sido hasta hoy muy elevado, debiendo el gobierno militarizar su economía para sostener el esfuerzo de guerra. Ello explica que desde hace algún tiempo la sociedad rusa esté pagando la guerra.

En todo caso, la eventual victoria rusa sería mayor si Ucrania finalmente adopta  una categoría de neutralidad (seguramente reforzada) en la que, por supuesto, no participe la OTAN.

Pero si Rusia no sostiene esa «victoria», podría encontrarse frente a los espectros militares de su pasado, esto es, la derrota en la guerra de Crimea (1853-1856), contienda que para el historiador británico Orlando Figes fue la última cruzada religiosa de la historia y la primera guerra moderna, e impidió la expansión rusa hacia los mares del sur; la derrota diplomática tras la victoria militar sobre Turquía (1877-1878); la catastrófica derrota ante Japón (1905), que disparó sucesos en cadena que culminaron en el “año estratégico” de 1917; la derrota frente a Alemania en la Primera Guerra Mundial, sellada con el draconiano tratado De Brest-Litovsk; la invasión de Alemania en 1941, que provocó lo que Lawrence Rees denominó una guerra de exterminio; la derrota en Afganistán en la década del ochenta, y finalmente la derrota de la URSS en la Guerra Fría y el mismo desplome del país.

Por ello, el factor espectral hace que la guerra se encuentre acaso en su momento más dramático, pues la acerca a los extremos más violentos, es decir, a posibles incidentes fuera del ya extendido teatro de guerra y al recurso de armas cada vez más sofisticadas y letales.

En mayo pasado, Rusia y Bielorrusia realizaron ejercicios de simulación con fuerzas nucleares estratégicas (fueron movilizados 64000 efectivos, misiles balísticos y capacidades terrestres, marítimas y aéreas). Su objetivo era ensayar el lanzamiento de armas nucleares en respuesta a un hipotético ataque exterior, incluso de carácter convencional. También durante mayo, Moscú anunció que había probado con éxito un misil balístico intercontinental (ICBM) «RS-28 Sarmat». El «Sarmat» es uno de los ICBM más avanzados del mundo y una capacidad principal en los esfuerzos de Rusia por modernizar su arsenal nuclear terrestre.

Cabe aclarar que las maniobras y anuncios fueron hechos en un contexto de ataques de Ucrania al territorio ruso con armas convencionales y con apoyo de los países europeos de la OTAN, situación que, según la revisión de la doctrina nuclear de Rusia, habilita a este país a recurrir al arma atómica.

Ello no quiere decir que el uso del átomo militar sea inminente. Pero como sostienen los especialistas Rafael Loss y Katrine Weestgard: «La doble filosofía rusa sobre el conflicto explica el papel estratégico que desempeñan las armas de largo alcance —tanto nucleares como convencionales— en su teoría de la victoria. En este contexto, las armas estratégicas no nucleares no sustituyen a las nucleares, sino que refuerzan la credibilidad de la amenaza de usarlas». Asimismo, «Las armas de largo alcance implican que ningún lugar de Europa está a salvo. Rusia considera que su uso disuadirá cualquier represalia europea, ya que siempre podría responderse con el uso de armas nucleares estratégicas rusas en la siguiente ronda de ataques».

En breve, la guerra no sólo no parece estar cerca de su final, sino que podría dirigirse hacia sus extremos más peligrosos. Para Rusia, recordando palabras del general Douglas MacArthur, «no hay sustituto para la victoria». El peligro radica en qué podría hacer (o acaso qué utilizaría) el régimen para asegurarla.

Alberto Hutschenreuter es Doctor en Relaciones Internacionales (summa cum Laude) por la USAL. Ha sido profesor en la UBA, el ISEN, la Escuela Superior de Guerra Aérea y otros centros de enseñanza. Ha escrito numerosos artículos y libros sobre temas internacionales y geopolítica.

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