La guerra que el presidente Donald Trump lanzó contra Irán, bajo la promesa de una resolución vertiginosa y contundente, ha mutado en un laberinto estratégico de una complejidad alarmante. Este giro inesperado está marcado por una urgencia inédita: la necesidad de cosechar apoyos internacionales para sostener un esfuerzo bélico que ya no solo busca la victoria, sino la supervivencia de la arteria energética más vital del planeta, el estrecho de Ormuz. Lo que en su génesis fue planteado como una ofensiva quirúrgica para desmantelar el poderío militar iraní, ha terminado por transformarse en una crisis sistémica donde Washington descubre que ya no puede cabalgar en solitario sin enfrentar riesgos prohibitivos y costos que erosionan su propia estabilidad económica.
El síntoma más dramático de este estancamiento es el colapso operativo en Ormuz, un punto de inflexión que ha sacudido los cimientos del comercio global. Los indicadores de mercado revelan una realidad desoladora: el flujo de crudo se ha desplomado desde los 19,5 millones de barriles diarios a un residual medio millón, una caída libre provocada por el pánico de las aseguradoras internacionales que han retirado sus coberturas ante un riesgo inasumible. En este escenario de parálisis, el vacío ha sido ocupado por naves que operan en las sombras del sistema financiero occidental, fundamentalmente buques vinculados a los intereses de China, lo que inyecta una variable geoeconómica que despierta las peores alarmas en el Despacho Oval.
Ante esta precariedad, Trump ha tenido que realizar un movimiento que trasluce tanto su desesperación como sus limitaciones materiales, solicitando formalmente a sus aliados de la OTAN y a las potencias del Asia-Pacífico el envío de flotas para constituir una coalición naval de rescate. Esta petición ha dejado al descubierto flancos vulnerables que pocos sospechaban; no solo la dificultad técnica de limpiar una zona saturada de minas y drones asimétricos, sino una preocupante carencia de medios específicos en la Armada de los Estados Unidos, que tras años de priorizar otros frentes, ha visto mermada su capacidad para el desminado marítimo.
Sin embargo, el eco de este llamado en las capitales aliadas ha sido de una frialdad glacial o, en los casos más severos, de un rechazo rotundo. Kaja Kallas, la Alta Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, no dejó espacio para la ambigüedad al declarar: “Esta no es la guerra de Europa y no la hicimos. Nadie quiere participar activamente en esta guerra”. En la misma línea, Alemania ha alzado un muro diplomático infranqueable. Una portavoz del Gobierno alemán fue tajante al afirmar: “Mientras continúe esta guerra, no habrá participación alguna, ni siquiera en ningún intento por mantener abierto el estrecho de Ormuz por medios militares”, lo que supone un golpe seco a la arquitectura de seguridad que Washington pretendía liderar.
Esta resistencia alemana no es caprichosa; se fundamenta en el profundo malestar que generó la falta de consultas previas por parte de la administración Trump antes de encender la mecha del conflicto. A esto se añade el temor visceral a una deflagración regional que destruya la seguridad energética europea en un momento de fragilidad económica interna, sumado a una opinión pública que rechaza cualquier eco de aventuras bélicas pasadas. El sentimiento de cautela se ha extendido como un reguero de pólvora hasta Japón y Australia, naciones que han preferido salvaguardar sus propios equilibrios diplomáticos y suministros antes que sumergirse en una operación de arquitectura difusa y alto riesgo.
Francia, bajo la batuta de Emmanuel Macron, ha intentado dibujar una postura más sofisticada pero igualmente vigilante. Aunque el Elíseo contempla la posibilidad de escoltas marítimas, Macron ha dejado claro que su prioridad es la seguridad global y que no participarán “en una escalada sin horizonte”. Por su parte, el Reino Unido navega en una ambivalencia incómoda; a pesar de su cercanía con Washington, las dudas sobre la viabilidad de la misión y el fantasma de intervenciones fallidas mantienen a Londres en un estado de parálisis reflexiva.
Mientras las potencias de Occidente calculan sus pasos, los países del Golfo Pérsico observan el incendio desde una proximidad asfixante. Arabia Saudí ha endurecido su discurso, con el príncipe heredero Mohammed bin Salman advirtiendo que “la seguridad energética global no puede quedar rehén de la inestabilidad”. No obstante, tras la retórica oficial se esconde una angustia real por la vulnerabilidad de sus infraestructuras y el desangre financiero que supone la caída de sus exportaciones. En los Emiratos Árabes Unidos, el cierre de Ormuz ha golpeado su corazón logístico, llevando a sus autoridades a recordar que la estabilidad del Golfo es un interés internacional que trasciende lo regional.
Qatar, fiel a su rol de equilibrista, insiste en que “no hay solución militar sostenible a esta crisis”, llamando desesperadamente a la reapertura de los canales diplomáticos con Teherán. En una sintonía similar, Kuwait y Omán han multiplicado sus gestiones de mediación, advirtiendo que la prolongación del bloqueo no solo arruina a los exportadores, sino que amenaza con detonar estallidos sociales internos. Incluso Bahréin, el aliado más incondicional de Washington, ha comenzado a admitir que la situación actual “no es sostenible en el tiempo”.
Esta parálisis en el corazón del Golfo genera un efecto mariposa que golpea a América Latina de formas contradictorias. El bloqueo de Ormuz ha disparado los precios del petróleo y encarecido el transporte marítimo, poniendo en jaque cadenas de suministro críticas, desde fertilizantes hasta metales industriales. Para los países latinoamericanos, la crisis amenaza con derivar en un episodio de estanflación similar al de los años setenta, un escenario que preocupa profundamente a líderes políticos y economistas por igual. Aunque algunos exportadores regionales podrían ver un alza nominal en sus ingresos, el aumento exponencial del riesgo y la disrupción del comercio global anulan cualquier beneficio inmediato.
En el fondo de esta crisis subyace una orfandad de estrategia. Como ha señalado el analista Thomas L. Friedman, la administración Trump ha oscilado entre distintas metas sin definir un rumbo coherente, lo que debilita la confianza de sus aliados. El pilar de seguridad que Estados Unidos garantizó durante décadas en el Golfo se está agrietando bajo el peso de la incapacidad de mantener el estrecho abierto. La negativa de los aliados a acudir al rescate es un ejercicio de realismo; el general francés Michael Yakovleff lo resumió con ironía: “Unirse hoy a la coalición de Trump es como comprar un billete para cenar y bailar en la cubierta del Titanic, después de que chocara con el iceberg”.
Esta guerra, que nació para reafirmar la hegemonía estadounidense, ha terminado exponiendo sus costuras, una lección que potencias como Rusia y China están procesando con suma atención. Irán, a pesar del castigo recibido, ha demostrado una capacidad notable para alterar el equilibrio global mediante tácticas asimétricas. El margen de maniobra para Washington se reduce; cada jornada sin solución no solo agrava la crisis económica, sino que erosiona la credibilidad de Estados Unidos como garante del orden internacional. Podríamos estar asistiendo al pasaje hacia un sistema global menos dependiente de Washington y más fragmentado, donde las alianzas ya no se dan por descontadas y donde los propios actores regionales comienzan a explorar alternativas ante una dependencia que ya no ofrece certezas.
Adalberto Agozino es Doctor en Ciencia Política, Analista Internacional y Docente de la Universidad de Buenos Aires.

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