Durante buena parte del siglo XX, Vietnam fue sinónimo de guerra, resistencia y revolución. Primero combatió al colonialismo francés, después a Estados Unidos y más tarde resistió la invasión china de 1979. Hoy, sin embargo, la República Socialista de Vietnam protagoniza una historia muy distinta. Convertida en una de las economías más dinámicas de Asia y en un actor diplomático cada vez más influyente, Hanoi ha desarrollado una doctrina de política exterior que intenta resolver uno de los dilemas fundamentales de nuestro tiempo: cómo sobrevivir entre grandes potencias sin convertirse en satélite de ninguna de ellas.
La respuesta vietnamita a ese desafío es la denominada “diplomacia del bambú”, una concepción estratégica asociada al fallecido secretario general del Partido Comunista de Vietnam, Nguyen Phu Trong, quien elevó esta metáfora a la categoría de doctrina oficial de política exterior. Según la imagen empleada por el dirigente vietnamita, la nación debe parecerse al bambú: poseer raíces profundas, un tronco sólido y ramas flexibles capaces de adaptarse a los vientos más fuertes sin romperse.
La metáfora, aparentemente sencilla, encierra una elaborada filosofía política y geopolítica. Las raíces representan la defensa innegociable de la soberanía nacional, la independencia política y los intereses permanentes del Estado vietnamita. El tronco simboliza la autonomía estratégica y la continuidad institucional. Las ramas flexibles expresan la capacidad de adaptación ante las cambiantes circunstancias internacionales. En otras palabras, Vietnam se reserva el derecho de cooperar con todos sin alinearse plenamente con nadie.
Esta doctrina no nació de la nada. Es el resultado de siglos de experiencia histórica acumulada. Vietnam ha vivido durante gran parte de su existencia bajo la sombra de grandes imperios y potencias regionales. Durante más de mil años convivió con la influencia china; posteriormente enfrentó el colonialismo europeo; después fue escenario de una de las principales confrontaciones de la Guerra Fría. Esa memoria histórica generó una profunda conciencia nacional respecto de la necesidad de preservar la independencia política frente a cualquier poder externo.
Los fundamentos intelectuales de la diplomacia del bambú se encuentran también en el pensamiento de Ho Chi Minh. El líder revolucionario vietnamita sostenía que la independencia nacional debía combinarse con una apertura pragmática hacia el mundo. Sus ideas fueron reinterpretadas décadas más tarde tras el lanzamiento de las reformas económicas conocidas como Doi Moi en 1986, que transformaron gradualmente una economía centralizada en una economía orientada al mercado sin abandonar el monopolio político del Partido Comunista.
La caída de la Unión Soviética constituyó un punto de inflexión decisivo. Hanoi comprendió entonces los riesgos de depender excesivamente de una sola potencia. El aislamiento internacional que siguió al colapso del bloque socialista obligó a los dirigentes vietnamitas a replantear completamente su inserción internacional. La Resolución Número Trece del Politburó de 1988 introdujo el principio de “más amigos y menos enemigos”, sentando las bases de una política exterior multidireccional que terminaría cristalizando décadas después en la diplomacia del bambú.
La aplicación práctica de esta estrategia puede observarse con claridad en la manera en que Vietnam administra simultáneamente sus relaciones con China y Estados Unidos. Ningún otro país del sudeste asiático enfrenta un desafío tan complejo. China es el principal socio comercial de Vietnam y comparte con él una larga frontera terrestre, una intensa relación económica y una afinidad ideológica derivada de sus respectivos sistemas políticos comunistas. Sin embargo, también es su principal competidor estratégico debido a las disputas territoriales en el Mar de China Meridional.
Estados Unidos, por su parte, fue el gran enemigo militar de Vietnam durante la guerra que culminó en 1975. Medio siglo después, ambos países mantienen una relación cada vez más estrecha en materia económica, tecnológica y de seguridad. Hanoi considera a Washington un contrapeso indispensable frente al creciente poder chino, pero evita cuidadosamente cualquier paso que pueda interpretarse como una alianza militar formal contra Pekín.
La extraordinaria habilidad diplomática vietnamita quedó demostrada en 2023. En septiembre de ese año, el presidente estadounidense Joe Biden visitó Hanoi y elevó las relaciones bilaterales al nivel de Asociación Estratégica Integral. Apenas tres meses más tarde, el presidente chino Xi Jinping fue recibido con idénticos honores y firmó decenas de acuerdos de cooperación. Vietnam logró profundizar simultáneamente sus vínculos con las dos superpotencias rivales sin comprometerse con ninguna de ellas.
El coronel general vietnamita Nguyen Chi Vinh resumió esta filosofía con una frase que se ha vuelto célebre: “Vietnam no es neutral; es independiente”. La diferencia es fundamental. Hanoi rechaza la idea de una neutralidad pasiva. Su estrategia consiste en involucrarse activamente con todas las potencias relevantes, multiplicar alianzas económicas y diplomáticas y maximizar sus márgenes de maniobra.
La llamada política de los “cuatro noes” constituye uno de los pilares fundamentales de este enfoque. Vietnam rechaza participar en alianzas militares, se niega a alinearse con un país contra otro, no permite bases militares extranjeras en su territorio y rechaza el uso o la amenaza del uso de la fuerza en las relaciones internacionales. Estos principios fueron formalizados en el Libro Blanco de Defensa de 2019 y representan la expresión institucional de la autonomía estratégica vietnamita.
La importancia económica de esta estrategia resulta igualmente notable. Gracias a su capacidad para mantener relaciones fluidas con actores geopolíticos rivales, Vietnam se ha convertido en uno de los principales destinos de inversión extranjera en Asia. Empresas estadounidenses, japonesas, surcoreanas, europeas y chinas participan simultáneamente en el desarrollo industrial del país. Hanoi ha firmado acuerdos comerciales tanto con economías occidentales como con bloques asiáticos liderados por China, evitando depender de un único mercado.
El resultado ha sido espectacular. En apenas cuatro décadas, Vietnam pasó de ser una economía devastada por la guerra a transformarse en una plataforma manufacturera global especializada en electrónica, semiconductores, confección, tecnologías digitales y exportaciones industriales. El país se ha integrado exitosamente en las cadenas globales de valor sin renunciar al control político interno ejercido por el Partido Comunista.
Para numerosos analistas internacionales, la diplomacia del bambú constituye una de las innovaciones diplomáticas más significativas surgidas en el Sur Global durante las últimas décadas. El profesor Kishore Mahbubani ha sostenido en diversas ocasiones que los países medianos y pequeños necesitarán desarrollar formas sofisticadas de autonomía estratégica para navegar la creciente rivalidad sino-estadounidense. Vietnam aparece frecuentemente como uno de los ejemplos más exitosos de esta tendencia.
Asimismo, expertos del Institute of Southeast Asian Studies consideran que Hanoi ha logrado convertir su vulnerabilidad geográfica en una ventaja estratégica. En lugar de elegir entre China y Estados Unidos, ha optado por beneficiarse de ambos vínculos mientras fortalece simultáneamente su capacidad nacional.
Sin embargo, la diplomacia del bambú también enfrenta desafíos considerables. Las tensiones en el Mar de China Meridional continúan siendo una fuente permanente de fricción con Pekín. La guerra entre Rusia y Ucrania obligó a Hanoi a equilibrar cuidadosamente sus tradicionales relaciones con Moscú y sus crecientes vínculos con Occidente. Del mismo modo, los conflictos en Oriente Próximo han puesto a prueba la capacidad vietnamita para mantener posiciones equilibradas en escenarios cada vez más polarizados.
A ello se suma la incertidumbre generada por la evolución de la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China. Vietnam aspira a convertirse en una potencia tecnológica de ingresos altos hacia 2045, una meta que exige acceso simultáneo a mercados, inversiones y tecnologías provenientes de múltiples centros de poder. Cualquier fractura significativa del sistema internacional podría dificultar ese objetivo.
La llegada al liderazgo de To Lam ha abierto además una nueva etapa. El dirigente busca acelerar la modernización económica, impulsar la transformación digital, desarrollar industrias tecnológicas avanzadas y convertir a Vietnam en una potencia media de relevancia global. Para lograrlo necesita preservar exactamente aquello que la diplomacia del bambú ha garantizado durante años: estabilidad regional, acceso a inversiones extranjeras y autonomía estratégica frente a las grandes potencias.
Más allá de Vietnam, la trascendencia de esta doctrina radica en que ofrece una posible respuesta a uno de los grandes interrogantes de la política internacional contemporánea. Mientras la rivalidad entre Washington y Pekín redefine el equilibrio de poder en el Indo-Pacífico, numerosos países observan con atención la experiencia vietnamita. Desde el sudeste asiático hasta África y América Latina, gobiernos de distintas orientaciones políticas estudian cómo preservar márgenes de autonomía en un mundo cada vez más competitivo.
En ese sentido, la diplomacia del bambú trasciende las fronteras vietnamitas. Representa la aspiración de los Estados medianos a no ser simples piezas de un tablero diseñado por otros. Es la expresión de una convicción profundamente arraigada en la historia de Vietnam: la supervivencia nacional no depende únicamente de la fuerza militar o del poder económico, sino también de la capacidad para adaptarse a los cambios sin renunciar a los principios fundamentales.
Como el bambú que inspira su nombre, Vietnam ha aprendido que en ocasiones la mejor manera de resistir no consiste en permanecer rígido frente a la tormenta, sino en inclinarse lo suficiente para sobrevivir a ella. En una época marcada por la incertidumbre geopolítica, esa lección podría resultar más valiosa que nunca.

Adalberto Agozino es Doctor en Ciencia Política. Profesor del Instituto Universitario de la Gendarmería Nacional y de la Facultad de la Defensa Nacional de Argentina. Director del Instituto Argentino de Estudios Geoestratégicos. Editor de Alternative Press Agency. Experto en temas del Magreb

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