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La disputa por el sentido: la politización de las causas nacionales

Por Uriel Manzo Diaz

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Hay fechas y causas que, en teoría, pertenecen a todos. El 24 de marzo, la cuestión de Malvinas, los debates sobre derechos de las mujeres, la memoria histórica, la educación pública. Son temas que atraviesan generaciones, identidades y pertenencias partidarias. Sin embargo, rara vez funcionan como espacios de consenso. Se transforman en banderas, en fronteras, en trincheras simbólicas.

¿Por qué ocurre esto? ¿Es inevitable que lo común termine siendo apropiado por lo partidario? ¿O estamos frente a un fenómeno más profundo que habla de la naturaleza misma de la política?

Las causas abiertas del Pabellón Argentina » CISPREN

La política como disputa de sentido

Desde la teoría política sabemos que la política no es solo gestión. Es, ante todo, disputa por el sentido. No se compite únicamente por cargos; se compite por definir qué significa cada símbolo, cada fecha, cada palabra.

El 24 de marzo, por ejemplo, es memoria, es interpretación histórica, es narrativa sobre el pasado y, sobre todo, es una forma de proyectar el futuro. ¿Qué se recuerda? ¿Cómo se recuerda? ¿Con qué énfasis? Allí empieza la disputa.

Lo mismo ocurre con Malvinas. La causa por la soberanía sobre las islas reconocida incluso por resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas es una política de Estado sostenida por distintos gobiernos. Sin embargo, el modo en que se la vincula con el pasado militar, con el nacionalismo o con la diplomacia contemporánea varía según la orientación ideológica de quien la enuncie.

¿Cuándo pasan de ser política pública a ser identidad partidaria excluyente?

La lógica de la polarización

En contextos de alta polarización, los símbolos se vuelven atajos emocionales. Las sociedades fragmentadas tienden a reducir la complejidad a consignas. Y las consignas simplifican lo que en realidad es profundo, doloroso y multicausal.

Las agendas vinculadas a los derechos de las mujeres son un ejemplo claro. Lo que comenzó como una ampliación de derechos civiles y sociales, terminó, en muchos discursos, convertido en marcador ideológico. Para algunos sectores, es sinónimo de progreso; para otros, de amenaza cultural. El debate se corre de la política pública concreta violencia, brechas salariales, acceso a justicia hacia una batalla identitaria.

¿Se discute el problema real o se discute quién “se queda” con el tema?

El capital simbólico como recurso de poder

En relaciones internacionales hablamos de poder blando: la capacidad de influir a través de valores, cultura y narrativa. A nivel interno, algo similar ocurre con el capital simbólico. Apropiarse de una causa amplia otorga legitimidad moral. Y en política, la legitimidad es poder.

Si un espacio logra instalar que es el verdadero defensor de la memoria, o de la soberanía, o de los derechos sociales: gana autoridad ética. Y eso vale oro en una competencia electoral.

El problema aparece cuando esa apropiación implica excluir al resto. Cuando quien piensa distinto deja de ser un adversario político y pasa a ser presentado como enemigo moral. La causa deja de unir y empieza a dividir.

¿Es posible despolitizar lo que es político?

Tal vez la pregunta esté mal formulada. No se trata de despolitizar. La memoria, la soberanía y los derechos son inherentemente políticos. Lo que sí podría discutirse es si deben convertirse en propiedad exclusiva de una identidad partidaria.

¿Puede el 24 de marzo ser un espacio de reflexión transversal y no un termómetro electoral?
¿Puede Malvinas sostenerse como política de Estado sin ser utilizada como herramienta de diferenciación coyuntural?
¿Puede la agenda de mujeres discutirse en términos de políticas públicas y no de alineamiento ideológico automático?

La respuesta depende de los dirigentes y también depende de la sociedad, de los medios y de la capacidad colectiva de tolerar la complejidad.

La responsabilidad de la dirigencia y de los medios

Los medios digitales y acá hay autocrítica necesaria muchas veces amplifican la versión más extrema de cada debate. El algoritmo premia la confrontación, no el matiz. Y así, lo que podría ser un debate democrático se convierte en chimento.

La dirigencia, por su parte, enfrenta un dilema: apelar al consenso rinde menos rédito inmediato que movilizar a los convencidos. La política contemporánea, marcada por redes sociales y ciclos informativos acelerados, tiende a priorizar impacto sobre profundidad.

Pero en el largo plazo, una sociedad que convierte cada símbolo compartido en una batalla permanente erosiona su propia cohesión.

Lo que está en juego

Cuando todo se convierte en bandera partidaria, el riesgo es la polarización y lo es la pérdida de un espacio común. Y sin espacio común, la política deja de ser negociación entre diferencias y se convierte en guerra cultural permanente.

Las naciones necesitan consensos mínimos: memoria histórica, integridad territorial, ampliación de derechos básicos. Para que ese debate no destruya el marco compartido que lo hace posible, y de manera saludable.

Una cosa es que un tema sea político. Otra muy distinta es que deje de ser de todos.

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Uriel Manzo Diaz

Uriel Manzo Diaz

Hola! Mi nombre es Uriel Manzo Diaz,
actualmente, estoy en proceso de profundizar mis conocimientos en relaciones internacionales y ciencias políticas, y planeo comenzar mis estudios en estos campos en 2026. Soy un apasionado por la política, la educación, la cultura, los libros y los temas internacionales.



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