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El Laberinto de la Tela: La Ley de Talles que no Viste a la Argentina.

Por Jazmín Abdala

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Alguien debió haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, una mañana fue arrestado. La sentencia inicial de El proceso de Franz Kafka no es una reliquia literaria del siglo pasado; es la crónica diaria de cualquier argentino que hoy intenta, simplemente, cubrir su desnudez. En la Argentina de 2026, el arresto no es físico, pero es igual de asfixiante. El sistema no te encierra en una celda, te encierra en un probador de un metro cuadrado, bajo una luz dicroica inquisidora que parece diseñada para resaltar cada relieve, cada marca, cada gramo de existencia que se atreve a desbordar los márgenes permitidos. Allí, el cuerpo es el acusado, y el veredicto es la exclusión. Entrar hoy a un local de ropa es someterse a un juicio sumario donde las reglas son invisibles, los jueces son gerentes de marketing que nunca dan la cara y la defensa es nula. Somos culpables de habitar un cuerpo que respira, que cambia, que no se pliega ante la dictadura de la moldería industrial.

Este laberinto no es producto del azar, es una arquitectura de la humillación perfectamente diseñada. Kafka describía pasillos interminables y oficinas polvorientas donde la ley siempre estaba un paso más allá de lo alcanzable. En nuestras avenidas comerciales, esa ley inalcanzable se llama SUNITI (Sistema Único Normalizado de Identificación de Talles de Indumentaria). La Ley 27.521 fue una conquista del activismo, una promesa de ciudadanía corporal que hoy languidece en el despacho de algún burócrata que decidió que nuestra identidad puede esperar. Mientras el INTI y la Secretaría de Comercio se pasan la pelota en un ping-pong de desidia, el mercado ha instaurado su propio código penal estético. Es el "panóptico" de Foucault llevado a la vidriera: nos vigilamos, nos medimos contra maniquíes de proporciones alienígenas y nos castigamos cuando la tela no cede. Pero la violencia no es solo la ausencia de una prenda; es la nomenclatura que se utiliza para marcarnos como ganado.

La industria ha creado una semántica del rechazo que es, en sí misma, un manifiesto de violencia. Hasta el talle 48, el sistema te otorga el estatus de "normal". Sos una persona que merece ser vestida, alguien que encaja en la estructura de costos y en la mística de la marca. Pero a partir del talle 50, el lenguaje se vuelve un arma blanca: pasás a ser un "Talle Especial". Y si tu cuerpo se atreve a seguir existiendo hasta un talle 60, sos "Súper Especial" o "Extra Especial". ¿Qué hay de especial en tener un cuerpo diverso? ¿Desde cuándo el derecho a la vestimenta se convirtió en una concesión caritativa para quienes "se pasaron" del límite? Estas etiquetas no son solo nombres; son muros. Son una forma de apartheid simbólico que divide a la sociedad entre los que pertenecen y los que son una anomalía técnica, un error de fábrica que la industria tolera con desprecio. Es el Estado el que, por omisión, permite que se nos llame "especiales" como si nuestra morfología fuera una patología que hay que tratar con pinzas.

Pero la crueldad llega a su punto máximo cuando la violencia simbólica se convierte en violencia económica. Existe una regla no escrita, una sanción monetaria por cada centímetro de tela que se atreva a superar la frontera del talle 48. Es el "impuesto al sobretalle". Si sos "especial", pagás el precio de tu "especialidad". Es una extorsión: o pagás un sobreprecio por la misma prenda que alguien más delgado compró diez metros atrás, o te quedás desnudo. No hay lógica de mercado que lo justifique; el costo de unos gramos más de algodón es ínfimo comparado con el margen de ganancia de las marcas. Se trata de un castigo, de una multa por no disciplinar el cuerpo, por no encogerse para entrar en el molde. Es una práctica vejatoria que viola el "trato digno" de la Constitución y de la propia Ley de Talles, pero que se ejecuta a plena luz del día con la complicidad de un sistema que mira para otro lado. ¿Cómo puede ser que en un país con leyes de avanzada contra la discriminación, se permita que el precio de un jean dependa del ancho de una cadera? Es una forma de violencia patrimonial y estética que disciplina a través del bolsillo, recordándote en cada ticket de compra que tu cuerpo es una carga económica.

En El proceso, Kafka sugiere que la justicia no es algo que se alcanza, sino algo ante lo cual se espera eternamente. Los argentinos estamos en esa sala de espera, mirando cómo el Estudio Antropométrico —que ya demostró que no somos como los figurines europeos, que somos más bajos y más curvos— es ignorado por una industria que prefiere seguir vendiendo una mentira. La política de talles en Argentina es el reflejo de una desidia estatal que raya la perversidad. No es solo que "no hay ropa"; es que se permite que la búsqueda de una remera se convierta en una experiencia traumática que erosiona la salud mental de una generación entera. No hay nada más kafkiano que la figura del "talle único", esa entelequia que pretende que una sola medida abarque la infinita diversidad de un pueblo. El talle único es la negación del otro, es borrar la existencia de quien no es el "ideal". Es una herramienta de control social que le dice al joven: "Si no entrás acá, el problema sos vos, no la prenda".

Esta situación es un caldo de cultivo para la vergüenza y el odio hacia uno mismo. Mientras los funcionarios se envían correos electrónicos sobre la reglamentación que nunca llega, hay adolescentes llorando en probadores de Palermo o Flores porque sienten que su cuerpo es un error. Esa lágrima es una denuncia política. Esa frustración es el resultado de un sistema que ha decidido que la rentabilidad de las marcas es más importante que la identidad de sus ciudadanos. El Estado es el juez invisible que firma la sentencia cada vez que permite que un local no exhiba la tabla de talles o que una marca cobre un "extra" por un talle 54. La impunidad con la que opera la industria textil es el síntoma de una sociedad que todavía cree que el cuerpo es algo que debe ser corregido y no celebrado.

La Ley SUNITI no debería ser una sugerencia; debería ser el fin de la impunidad. Pero la ley sola no basta si no entendemos que estamos ante una forma de violencia sistémica. Cada vez que aceptamos que una prenda sea más cara por ser más grande, cada vez que nos resignamos a comprar en locales de "talles especiales" porque en los "normales" nos miran con asco, estamos alimentando este laberinto. Estamos validando que nuestra existencia tiene un recargo. La presión que se siente en el pecho cuando la vendedora te dice, antes de que abras la boca, "para vos no tengo nada", es el momento exacto en que la democracia falla. Es el momento en que el ciudadano se da cuenta de que no tiene derechos frente al mostrador.

Kafka terminó su novela con la ejecución de Josef K. "como a un perro", con la vergüenza sobreviviéndole. No podemos permitir que la vergüenza sea el sentimiento que sobreviva a nuestra experiencia de consumo. La exclusión textil es una herida abierta en el contrato social. No es una cuestión de moda, es una cuestión de poder. Es decidir quién tiene derecho a circular por la calle con dignidad y quién debe esconderse bajo prendas que no eligió, solo porque fueron las únicas que "le entraron". La desidia estatal es, en el fondo, una forma de censura corporal.

Hoy, ante el espejo del probador que funciona como un tribunal sin apelación, ante las etiquetas que nos llaman "especiales" para recordarnos que somos parias, y ante los precios que nos sancionan por cada centímetro de carne, cabe preguntarse: ¿Hasta cuándo vamos a aceptar que nuestra identidad sea una variable de ajuste en el balance de una empresa, y cuánto tiempo más vamos a permitir que el Estado sea el cómplice silencioso que nos deja morir de vergüenza en el laberinto de la tela?


Bibliografía y Fuentes de Consulta:

I. Referencias Literarias y Teóricas

  • Kafka, Franz (1925). El proceso (Der Prozess). Una obra fundamental para analizar la burocracia, la alienación y la vulnerabilidad del individuo ante sistemas de poder invisibles y arbitrarios.

  • Foucault, Michel. Vigilar y castigar. (Como apoyo teórico sobre el "disciplinamiento de los cuerpos" y cómo las instituciones —en este caso la industria de la moda— buscan normalizar y estandarizar el cuerpo humano).

II. Normativa y Datos Oficiales (Argentina)

  • Ley Nacional 27.521. Sistema Único Normalizado de Identificación de Talles de Indumentaria (SUNITI). Sancionada en 2019 y reglamentada mediante el Decreto 375/2021.

  • Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). Resultados del Primer Estudio Antropométrico Argentino (EAAr). Datos estadísticos sobre las dimensiones corporales reales de la población argentina obtenidos mediante escaneo 3D.

  • Secretaría de Comercio. Resoluciones vigentes sobre la implementación de tablas de talles y reglamentación del trato digno al consumidor.

III. Investigaciones de la Sociedad Civil

  • AnyBody Argentina (2022). Encuesta de Talles en Argentina. Informe anual que revela que el 70% de la población tiene dificultades para encontrar ropa y analiza el impacto psicológico de la exclusión.

  • Fundación Bellamente. Documentación sobre "Violencia Estética" y cómo los estándares de belleza y la falta de talles afectan la salud mental y la imagen corporal en jóvenes.

IV. Periodismo de Investigación

  • Figueroa, Gimena (2024). "Existe una ley, pero más del 70% de los argentinos no consigue talles en locales: por qué está 'cajoneada'". Publicado en El Destape. (Fuente clave para entender el conflicto actual entre el INTI y Defensa del Consumidor).


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Jazmín Abdala

Jazmín Abdala

Periodismo en estado de pregunta.
Política y literatura como territorios de disputa.
Entre libros y coyunturas escribo lo que incomoda para leer la realidad.
Desde Buenos Aires, Argentina, la cuna de las contradicciones.

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