Yemen: por qué la "guerra olvidada" nunca terminó realmente
Durante casi cuatro años, Yemen desapareció de los titulares. La tregua de 2022 bajó la intensidad del conflicto lo suficiente como para que el país saliera de la agenda internacional, y con él se instaló la etiqueta de "guerra olvidada": un conflicto grave, pero invisible. En 2026, esa calma aparente empezó a resquebrajarse, y las Naciones Unidas advirtieron que Yemen enfrenta hoy el mayor riesgo de volver a una guerra a gran escala desde aquella tregua. La pregunta que vale la pena hacerse no es si Yemen fue olvidado, sino qué significa realmente que un conflicto se "congele" sin resolverse.
De la Primavera Árabe a la toma de Saná
Para entender el presente hay que volver a 2011. Las protestas de la Primavera Árabe pusieron fin a más de tres décadas de gobierno de Ali Abdullah Saleh, quien cedió el poder a su vicepresidente, Abd Rabbu Mansour Hadi, dentro de una transición respaldada internacionalmente. Pero esa transición nunca resolvió los problemas estructurales del país: instituciones débiles, fragmentación territorial, tensiones históricas entre el norte y el sur, y una economía al borde del colapso.
En ese vacío creció Ansar Allah, el movimiento conocido como los hutíes, de raíz zaidí y origen norteño. El punto de quiebre llegó el 21 de septiembre de 2014, cuando los hutíes tomaron Saná. El gobierno de Hadi fue perdiendo el control de la capital hasta que el propio presidente abandonó el país. Ahí la crisis política yemení dejó de ser una disputa por reformas y se convirtió en una lucha abierta por el control del Estado.
2015: una guerra interna se vuelve regional
En marzo de 2015, una coalición liderada por Arabia Saudita intervino militarmente en apoyo del gobierno de Hadi. Esa decisión cambió la naturaleza del conflicto: lo que había sido una disputa interna pasó a integrar la rivalidad regional entre Riad y Teherán. Arabia Saudita interpretó el avance hutí como una amenaza directa en su frontera sur; Irán, por su parte, profundizó su apoyo político y militar a Ansar Allah.
Conviene resistir la simplificación. Reducir la guerra de Yemen a un enfrentamiento por delegación entre Arabia Saudita e Irán deja afuera algo esencial: los hutíes tienen una agenda propia y una estructura política y militar autónoma. El respaldo iraní explica buena parte de su capacidad de combate, pero no los convierte automáticamente en un instrumento de Teherán. La distinción no es solo política, también es jurídica: el Derecho Internacional exige un estándar de control específico para poder atribuir a un Estado las acciones de un grupo armado que apoya. No alcanza con preguntar si Irán respalda a los hutíes; hay que preguntar bajo qué condiciones ese respaldo puede traducirse en responsabilidad jurídica.
Un tablero que dejó de ser binario
Durante años, el conflicto se narró como un enfrentamiento entre dos bandos: los hutíes de un lado, el gobierno reconocido internacionalmente del otro. La realidad siempre fue más fragmentada.
Hoy el Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC) encabeza el gobierno reconocido internacionalmente, con fuerte respaldo saudí. Pero el sur del país tiene su propia historia política, y el Southern Transitional Council (STC), apoyado por Emiratos Árabes Unidos, llevó adelante durante años el reclamo de un Estado independiente en el sur.
Entre fines de 2025 y comienzos de 2026, ese frente sufrió un giro brusco: el STC expandió su control territorial, pero una contraofensiva respaldada por Arabia Saudita revirtió esas ganancias. En enero, el STC anunció su disolución, una decisión disputada incluso puertas adentro de la organización, aunque el separatismo sureño no desapareció con el anuncio. El episodio confirma algo que suele pasarse por alto: el campo "antihutí" tampoco es un bloque homogéneo. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, aliados durante buena parte de la guerra, terminaron respaldando proyectos políticos distintos dentro del propio Yemen.
2022: una tregua que congeló la guerra sin resolverla
En abril de 2022, la ONU logró una tregua que redujo drásticamente los combates. Formalmente expiró en octubre de ese mismo año, pero no hubo un retorno inmediato a la guerra abierta: durante casi cuatro años, la violencia se mantuvo muy por debajo de los niveles anteriores y los frentes quedaron relativamente congelados.
El resultado fue una paradoja: Yemen no estaba en paz, pero tampoco en guerra total. Las preguntas de fondo, quién gobierna, cómo se reparte el poder, qué pasa con las fuerzas armadas rivales, cómo se distribuyen los recursos, cuál es el futuro del sur, qué relación tendrá el país con las potencias regionals, quedaron sin respuesta. Más que una paz, 2022 produjo una desescalada prolongada sin solución política de fondo.
2026: el equilibrio empieza a romperse
Ese equilibrio inestable comenzó a resquebrajarse este año. En julio, los hutíes anunciaron nuevas operaciones contra la navegación vinculada a Arabia Saudita y atacaron buques comerciales en el mar Rojo. El enviado especial de la ONU para Yemen, Hans Grundberg, expresó su alarma y advirtió que la reanudación de estos ataques podía empujar nuevamente al país hacia una guerra a gran escala.
La escalada no se quedó en el mar. En las últimas semanas aumentaron los combates en zonas como Marib, Hadramawt y Mokha, con víctimas militares y civiles. El 13 de agosto, Grundberg informó al Consejo de Seguridad que Yemen enfrenta el riesgo más grave de volver a un conflicto de gran escala desde la tregua de 2022. Lo relevante no es solo la intensidad, sino la novedad: el conflicto no está simplemente regresando a su forma anterior, está incorporando dimensiones nuevas.
El mar Rojo: cuando una guerra civil se vuelve un problema global
La importancia estratégica de Yemen excede largamente sus fronteras. El país controla un tramo del estrecho de Bab el-Mandeb, uno de los pasos marítimos más transitados entre el océano Índico, el mar Rojo y el Mediterráneo. Por eso, cuando los hutíes atacan buques comerciales, las consecuencias se sienten mucho más allá del terreno yemení: afectan costos de transporte, rutas energéticas y cadenas de suministro internacionales.
Lo que empezó siendo una pregunta sobre quién controla Yemen se transformó también en una pregunta sobre quién puede garantizar la seguridad de una de las rutas marítimas más importantes del planeta. En julio, el bloqueo hutí contra la navegación vinculada a Arabia Saudita y los ataques a buques petroleros llevaron a la ONU a advertir que estas operaciones podían arrastrar al país hacia una confrontación regional de mayor escala.
Una guerra interna que vuelve a regionalizarse
Este es, probablemente, el cambio más significativo del momento actual. Después de 2022, la relativa estabilidad había permitido cierta separación entre la guerra yemení y las grandes crisis regionales de Oriente Medio. En 2026, esa separación se está diluyendo.
Los hutíes volvieron a usar su capacidad de misiles y drones contra objetivos fuera de las zonas bajo su control, mientras Arabia Saudita refuerza sus mecanismos de defensa y busca nuevas alianzas para proteger su territorio y las rutas marítimas. Yemen vuelve así a funcionar como punto de intersección entre distintos conflictos de la región, con un riesgo particularmente peligroso: un incidente local, un ataque a un solo buque, puede desencadenar una respuesta militar, que a su vez genera nuevos ataques hutíes, que a su vez puede arrastrar a otros Estados a ampliar el teatro de operaciones. Es una dinámica de escalada que, una vez en marcha, resulta difícil de controlar.
¿Guerra civil, guerra proxy o algo más complejo?
Desde el punto de vista jurídico, Yemen no puede describirse simplemente como una guerra entre Estados. En su núcleo sigue siendo un conflicto armado no internacional entre las fuerzas gubernamentales y Ansar Allah, aunque la participación militar de terceros Estados agrega capas de internacionalización que deben analizarse caso por caso, según quién combate contra quién.
La etiqueta "guerra proxy" es útil para describir la geopolítica del conflicto, pero no constituye una clasificación jurídica. El Derecho Internacional debe abordar además la legalidad de las intervenciones extranjeras, el derecho a la legítima defensa, la protección de civiles y la responsabilidad por violaciones del Derecho Internacional Humanitario, incluidos los ataques contra buques comerciales.
La otra guerra: la crisis humanitaria
Mientras los actores militares intensifican sus operaciones, la población yemení sigue atravesando una de las crisis humanitarias más graves del mundo. Según el Plan de Necesidades Humanitarias y Respuesta de la ONU para 2026, 22,3 millones de personas necesitan asistencia humanitaria y protección, y unos 18,3 millones enfrentan inseguridad alimentaria aguda. Más de 2,2 millones de niños menores de cinco años sufren malnutrición aguda.
El problema no se limita a la falta de alimentos. Años de guerra debilitaron hospitales, sistemas de agua, infraestructura sanitaria, educación, la economía y el acceso humanitario, en un contexto de creciente escasez de financiamiento internacional. Esto significa que incluso una escalada relativamente limitada puede tener efectos desproporcionados sobre una población que ya está al límite.
Lo que la ONU puede y no puede hacer
Naciones Unidas enfrenta en Yemen un problema clásico de la gestión de conflictos: puede facilitar una negociación, pero no puede crear por sí sola la voluntad política necesaria para un acuerdo. El enviado especial Hans Grundberg sigue promoviendo una salida negociada y pidió a las partes reducir de inmediato las hostilidades, con una advertencia clara: la relativa calma construida en los últimos años puede desaparecer mucho más rápido de lo que costó lograrla.
El problema es que el conflicto acumula demasiadas capas simultáneas. No alcanza con negociar entre hutíes y gobierno: cualquier solución sostenible debería abordar también la cuestión territorial del sur, la distribución de recursos, la estructura de las fuerzas de seguridad, las relaciones con Arabia Saudita, la influencia iraní, la situación económica y la seguridad del mar Rojo.
Una crisis que todavía puede evitarse
A pesar de la gravedad del momento, la ONU no considera inevitable el retorno a una guerra total, y esa distinción importa. La advertencia internacional no dice que Yemen ya haya regresado al escenario de 2015-2021, sino que la ventana para impedirlo se está cerrando con rapidez. Grundberg sostuvo ante el Consejo de Seguridad que todavía existe una vía negociada, aunque la escalada actual pone en riesgo los avances logrados durante años.
La diferencia entre ambos escenarios es enorme. Una nueva guerra abierta no significaría solo más operaciones militares, sino también una posible profundización de la crisis alimentaria, los desplazamientos, la destrucción de infraestructura, la inseguridad marítima, la intervención de potencias regionales y la fragmentación territorial del país.
La verdadera naturaleza de la "guerra olvidada"
Llamar a Yemen "la guerra olvidada" resulta atractivo, pero puede ocultar una realidad más precisa: Yemen no fue olvidado porque el conflicto desapareciera, sino porque fue normalizado. La reducción de las grandes operaciones militares después de 2022 permitió que el país saliera del centro de la agenda internacional, mientras las causas estructurales del conflicto permanecían intactas.
Lo que muestra 2026 es una lección incómoda: una guerra congelada no es necesariamente una guerra resuelta. La tregua bajó la violencia, pero nunca construyó un nuevo equilibrio político capaz de sostener una paz duradera.
Cuatro disputas superpuestas
El conflicto ya no puede entenderse únicamente como una lucha entre los hutíes y el gobierno. Conviven, al menos, cuatro disputas distintas:
El futuro del Estado yemení; quién gobernará el país y bajo qué estructura.
La cuestión territorial; si Yemen seguirá siendo un Estado unificado o resurgirá con fuerza la demanda de autonomía o independencia del sur.
El equilibrio regional; hasta dónde llegará la influencia de Irán, Arabia Saudita y otros actores sobre el país.
La seguridad internacional; si puede garantizarse la navegación en el mar Rojo sin que Yemen vuelva a ser escenario de una guerra regional.
Son preguntas conectadas entre sí, pero no son la misma pregunta, y confundirlas es una de las razones por las que el conflicto resulta tan difícil de resolver.
Un conflicto sin salida militar
La mayor dificultad de Yemen es que ninguno de sus problemas centrales puede resolverse solo con una victoria militar. Los hutíes pueden ser contenidos, pero controlan una parte considerable del territorio y conservan capacidad para sostener una insurgencia prolongada. El gobierno puede recuperar terreno, pero sigue dependiendo de actores externos y arrastra una estructura política interna fragmentada. Arabia Saudita puede reforzar su capacidad de defensa, pero no puede eliminar por vía militar las causas políticas que permiten a los hutíes conservar apoyo y capacidad de movilización. Y la ONU puede impulsar negociaciones, pero necesita que los actores principales acepten ceder algo.
Por eso el desafío actual no es simplemente evitar otra guerra: es transformar la pausa que empezó en 2022 en una solución política real.
Conclusión
Yemen vuelve a estar en zona de peligro. Después de años de guerra abierta y casi cuatro de calma relativa, la escalada de 2026 confirma que el conflicto nunca se resolvió del todo. Los ataques hutíes, la respuesta saudí, la fragmentación del bando antihutí y la creciente militarización del mar Rojo están recreando las condiciones para un enfrentamiento de mayor escala.
La advertencia de la ONU pesa más que cualquier batalla puntual: Yemen enfrenta hoy el mayor riesgo de volver a una guerra a gran escala desde la tregua de 2022. La pregunta ya no es solo si el país volverá a la guerra, sino si la comunidad internacional sabrá aprovechar la ventana que todavía queda abierta antes de que la escalada la cierre.
Yemen no necesita otro alto el fuego más. Necesita, por fin, una paz que tenga algo que preservar cuando ese alto el fuego termine.

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