Con más de 100 años de historia - la primera edición se celebró en 1924 en la ciudad francesa de Chamonix - las olimpiadas invernales siempre se caracterizaron como un evento deportivo donde la nieve y el hielo se mezclan con el poder y la geopolítica para brindar un espectáculo único y la edición pasada no fue la excepción.
Ya desde la ceremonia de inauguración, esta justa olímpica dio que hablar. Sentado al lado del Presidente italiano Sergio Mattarella, el vicepresidente de los Estados Unidos y su esposa recibieron una ola de abucheos al ser enfocados por la cámara durante el desfile de la delegación estadounidense en el estadio de San Ciro.
Lejos de apoyar al representante oficial del gobierno de los Estados Unidos, varios atletas americanos se pronunciaron en contra de las políticas llevadas adelante por la nueva Administración Trump, sobre todo en materia de inmigración y derechos de las minorías.
Estos atletas fueron severamente criticados por los simpatizantes de Trump, quienes se consideran nacionalistas pero critican a quienes lo representan en el máximo nivel deportivo.
Esta presencia de los asuntos políticos en eventos deportivos no es nueva. Desde que se celebraron las primeras ediciones de los Juegos Olímpicos a principios del siglo XX, el deporte y la política se entrelazaron para convertir a la competencia deportiva en una disputa de poder entre naciones para medir su poderío y desarrollo deportivo.
Entre los deportes que componen el programa de los Juegos Olímpicos invernales se destaca el Biatlón. La historia de este deporte, que consiste en alternar esquí y tiro, se remonta a los tiempos donde la patrulla noruega lo usaba como entrenamiento militar. Ya durante la primera edición de las olimpiadas invernales, los veteranos de los países que participaron en la Primera Guerra Mundial formaron parte de los primeros equipos olímpicos de Biatlón de la historia.
Este ejemplo demuestra el rol fundamental que los Juegos Olímpicos -de invierno y de verano - han jugado a la hora de construir narrativas de soft power para los países participantes. Después de todo, quién es merecedor de las medallas de oro, plata y bronce muchas veces deja de ser exclusivamente un mérito deportivo para convertirse en un mensaje político.


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