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La Última Sonrisa. En memoria de Rolando Abrego González y Arturo Zavala Ramos (Leo Silva)

Por Poder & Dinero

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Cada vez que escucho que Rayados y Tigres se preparan para disputar otro Clásico en Monterrey, algo sucede dentro de mí.

Por un momento, ya no soy un agente retirado de la DEA, a miles de kilómetros y quince años de distancia de aquel capítulo de mi vida.

Estoy de regreso en Monterrey.

Es viernes, 22 de julio de 2011.

Y mis amigos siguen vivos.

Sus nombres eran Rolando Abrego González y Arturo Zavala Ramos.

Eran miembros de la Policía Estatal de Nuevo León asignados al equipo de protección del Cónsul General de los Estados Unidos. Pero esa descripción siempre me ha parecido insuficiente. Abrego y Zavala eran mucho más que dos policías que conocí por mi trabajo en el Consulado de los Estados Unidos.

Eran mis amigos.

Antes de que nuestras familias recibieran la orden de salir de Monterrey en 2010 debido al deterioro de la situación de seguridad, Abrego y Zavala asistían a cenas en mi casa. Se sentaban a mi mesa y comían con nosotros. Al otro lado de la calle había un parque donde jugaban mis hijos y los hijos del Cónsul General, y estos dos hombres cuidaban de ellos mientras nosotros disfrutábamos de nuestras veladas.

Confiaba a mis hijos a Abrego y Zavala.

Hay pocas expresiones de confianza más grandes que una persona pueda depositar en otra.

Cuando finalmente nuestras familias se marcharon de Monterrey, quienes nos quedamos nos unimos aún más. Durante algunos de los días más oscuros que había vivido la ciudad, las personas que nos rodeaban se convirtieron en nuestra familia sustituta.

Abrego y Zavala eran parte de la mía.

Sin embargo, aquella mañana de viernes de julio, ninguno de nosotros pensaba en una tragedia.

Pensábamos en fútbol.

Monterrey se preparaba para el Clásico entre Rayados y Tigres. Parecía ser lo único de lo que todos querían hablar, y nosotros no éramos diferentes.

Cuando llegué al Consulado esa mañana, me encontré con miembros del equipo de protección del Cónsul General junto a su Suburban blindada, impecablemente vestidos, como siempre, con sus trajes negros y zapatos lustrados.

Comenzamos a hablar del partido.

Les dije en broma que Rayados iba a vencer a Tigres y que no quería verlos llorando por la derrota cuando volviera a verlos el lunes.

Ellos se rieron.

Yo me reí.

Abrego sonrió.

Todavía puedo ver esa sonrisa.

No había nada extraordinario en aquel momento cuando ocurrió. Éramos simplemente amigos bromeando entre nosotros sobre un partido de fútbol.

No sabía que me estaba despidiendo.

Ninguno de nosotros lo sabía.

Horas después, el Cónsul General Nace Crawford partió rumbo al aeropuerto. Su equipo de protección regresó al Consulado, y Abrego y Zavala se cambiaron los trajes por ropa de calle.

Zavala había comprado recientemente una motocicleta Suzuki y estaba orgulloso de ella. Tenía ganas de llegar a casa, preparar una carne asada y disfrutar del Clásico.

Los dos amigos subieron a la motocicleta y se marcharon juntos.

Aproximadamente diez minutos después, fueron atacados en Guadalupe.

Abrego murió en el lugar.

Zavala murió poco después.

Los hombres con quienes había reído aquella mañana ya no estaban.

Al día siguiente asistí a ambos funerales.

Dos funerales en un solo día.

El ataúd de Abrego permaneció cerrado.

Mientras su familia rezaba las últimas Avemarías, al Cónsul General Crawford, a otro colega y a mí se nos concedió el privilegio de acercarnos a su ataúd plateado, cubierto de flores blancas, para despedirnos.

Puse mi mano sobre el ataúd.

Nace también puso la suya.

Entonces nuestras miradas se encontraron.

Nunca he olvidado aquella mirada.

Ninguno de los dos dijo una palabra. No había nada que decir. En ese momento, él no era el Cónsul General de los Estados Unidos y yo no era el Agente Residente a Cargo de la DEA.

Éramos simplemente dos hombres con el corazón destrozado que habían perdido a sus hermanos.

Las lágrimas corrían por nuestros rostros mientras la familia de Abrego continuaba rezando.

Pensé en el hombre que estaba dentro de aquel ataúd.

Pensé en él sentado a mi mesa.

Pensé en él cuidando a mis hijos.

Y recordé su sonrisa.

Como el ataúd de Abrego permaneció cerrado, la muerte nunca pudo reemplazar la última imagen que conservo de mi amigo.

La última vez que vi a Abrego, estaba sonriendo.

Quizás aquello fue una última bondad.

Pero nunca está solo en ese recuerdo.

Zavala siempre está allí también.

Recuerdo su emoción por su motocicleta. Lo recuerdo sentado a mi mesa. Recuerdo a ambos hombres cuidando a nuestros hijos en el parque. Recuerdo a dos amigos con familias, planes y un futuro por delante.

Su pérdida cambió algo dentro de mí y, de alguna manera, he cargado con ella desde entonces.

Sus muertes también me obligaron a enfrentar algo que siempre había comprendido intelectualmente, pero que nunca había sentido con tanta profundidad: la fragilidad de la vida. Apenas unas horas antes habíamos estado riendo juntos, hablando de fútbol y haciendo planes para el fin de semana. Después, sin previo aviso, ya no estaban.

Aquella realidad me golpeó profundamente.

La vida no siempre nos da tiempo para prepararnos para una pérdida. No siempre existe la oportunidad de una última conversación, un último abrazo o siquiera una despedida apropiada.

A veces, un momento ordinario se vuelve precioso solo después de haberlo perdido.

Quizás por eso me he aferrado con tanta fuerza a aquella mañana de viernes.

Han pasado quince años.

Las investigaciones terminaron. Con el tiempo me retiré. Mis hijos crecieron. Guardé la placa. La vida continuó, como siempre lo hace.

Pero todavía lloro la pérdida de mis amigos.

Y cada vez que se acerca otro Clásico en Monterrey, el tiempo se repliega sobre sí mismo.

Por un momento, estoy de regreso.

Viernes por la mañana.

Los trajes negros.

Los zapatos lustrados.

Las bromas sobre Rayados y Tigres.

Zavala.

Abrego.

Y los tres riéndonos juntos.

Si hubiera sabido que aquellos serían nuestros últimos momentos juntos, quizás habría dicho algo profundo. Les habría agradecido su amistad. Les habría agradecido por sentarse a mi mesa y por cuidar a mis hijos. Les habría dicho que, durante algunos de los años más oscuros de nuestras vidas, se habían convertido en familia.

Pero la vida rara vez nos avisa cuándo una despedida será la última.

A veces no hay despedida.

A veces solo hay un apretón de manos.

Una broma sobre un partido de fútbol.

Amigos riendo un viernes por la mañana.

Y una sonrisa.

No puedo cambiar lo que ocurrió el 22 de julio de 2011.

Pero sí puedo elegir cómo recordar a mis amigos.

Elijo no recordar a Abrego y Zavala por la manera en que murieron.

Recuerdo cómo vivieron.

Los recuerdo sentados a mi mesa.

Los recuerdo cuidando a nuestros hijos.

Recuerdo a Zavala, orgulloso de su motocicleta y esperando con ilusión el fin de semana.

Recuerdo a Abrego sonriendo.

Y me recuerdo a mí mismo sonriendo con ellos.

Mientras quienes amamos a Rolando Abrego González y Arturo Zavala Ramos sigamos pronunciando sus nombres y contando sus historias, una parte de ellos permanecerá con nosotros.

Han pasado quince años.

Mis amigos nunca han sido olvidados.

Y mientras yo esté aquí para recordarlos, nunca lo serán.

La última sonrisa.

Abrego y Zavala.

Mis amigos. Mis hermanos.

Nunca serán olvidados.

Antes de que existieran los titulares, estaba Leo Silva, trabajando en las sombras de México y enfrentando a algunas de las organizaciones de narcotráfico más peligrosas del hemisferio occidental.

Agente Especial retirado de la Administración para el Control de Drogas de Estados Unidos (DEA), Silva pasó 28 años en la primera línea de la lucha estadounidense contra el crimen organizado transnacional, incluyendo una década destinado en México. Su carrera lo llevó desde investigaciones encubiertas a lo largo de la frontera del suroeste de Estados Unidos hasta destinos en Guadalajara y Monterrey, donde finalmente se desempeñó como Agente Residente a Cargo de la Oficina de la DEA en Monterrey, durante uno de los períodos más violentos de la historia reciente de México.

Hoy, Silva lleva todas esas experiencias a las páginas de sus escritos.

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