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El vendedor de máscaras

Por Poder & Dinero

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Vendía máscaras en una esquina concurrida del centro de Monterrey, bajo una maraña de cables eléctricos y un letrero desteñido de Coca-Cola que llevaba años sin encender. Su puesto era una pequeña explosión de color en una ciudad que a menudo vestía de gris: hileras de máscaras rojas, azules y plateadas de lucha libre ondeaban al viento como aves tropicales extrañas.

Desde una bocina cercana, la voz de Linda Ronstadt y Blue Bayou flotaban sobre el aire de la tarde, lenta, tierna, nostálgica. El vendedor de máscaras tarareaba suavemente mientras cosía una, la melodía casi perdida entre el ruido del tráfico. La canción hablaba de paz, de hogar, de tiempos más simples, cosas que en Monterrey ya parecían imposibles.

Él mismo diseñaba las máscaras, me contó una vez. Las cortaba, las cosía y las pintaba a mano.

Cada máscara era un personaje, un sueño, una forma de que un niño se sintiera héroe. Los turistas se detenían a tomar fotos; los locales las compraban para cumpleaños. Había visto diplomáticos, marines e incluso altos funcionarios de Washington llevarse una para sus hijos.

Siempre se marchaban sonriendo.

Él también sonreía, una sonrisa que mezclaba orgullo y cansancio.

Una tarde le pregunté cómo iba el negocio. Dudó, miró por encima de mi hombro y bajó la voz.

—Están pidiendo dinero —dijo—. Un porcentaje. Cada semana. Los Zetas.

Miró sus manos, ásperas por los años de trabajo.

—¿Qué hago, señor? Si no pago, me matan. Si pago, no puedo alimentar a mi familia.

No había mucho que pudiera decir. Monterrey sangraba entonces, y nadie estaba a salvo del lento veneno del miedo que consumía la ciudad. Le pedí que tuviera cuidado. Asintió, volvió a sonreír y me entregó una máscara, plateada y brillante, como una moneda recién acuñada.

Fue la última vez que lo vi.

La semana siguiente, su esquina estaba vacía. Los ganchos seguían colgando del marco de madera del puesto, balanceándose levemente con el viento. Sin cinta policial. Sin aviso. Solo silencio.

Alguien dijo que se había ido del pueblo. Otro, que los Zetas se lo habían llevado. Pero en Monterrey, los rumores eran tan comunes como el polvo, y tan fáciles de atragantar.

Para nosotros, la desaparición del vendedor de máscaras fue una señal temprana del caos que se avecinaba, un presagio que pocos percibieron y menos aún comprendieron. Su ausencia debió ser una bandera roja, pero la ciudad ya estaba demasiado entumecida, demasiado ocupada sobreviviendo para notarlo.

Dos semanas después de su desaparición, los Zetas atacaron el Consulado de Estados Unidos y luego persiguieron y asesinaron metódicamente a nueve soldados. El miedo se asentó sobre la ciudad como el polvo. Las calles se vaciaban temprano. Las conversaciones se hacían más breves. La tensión era un ser vivo, tan espeso como el smog que colgaba sobre las montañas.

Nosotros estábamos ocupados tras el operativo de El Canicón, y en medio de ese caos nos olvidamos del vendedor de máscaras, hasta que una tarde pasé por su antiguo puesto y comprendí que se había ido para siempre. Los ganchos seguían ahí, balanceándose con el viento.

Las averiguaciones entre otros vendedores y negocios cercanos no llevaron a nada. Simplemente había desaparecido.

El reinado de terror de los Zetas no perdonó a nadie. Corporaciones multimillonarias, maestros, incluso vendedores ambulantes: todos vivían bajo el mismo oscuro dosel del miedo. Las familias más ricas de Monterrey huyeron al norte, buscando refugio tras los portones de San Antonio, los muros altos de Houston, la tranquilidad artificial de los suburbios de Dallas. Pero hombres como el vendedor de máscaras no tenían a dónde huir. Buscaron escape en el silencio, en la oración, en la dulce misericordia de la desaparición.

A veces, todavía imagino sus máscaras danzando en el aire, cada una llevando el rostro de un hombre que solo quiso ganarse la vida, que creyó que el color y el valor podían sobrevivir en una ciudad en guerra con sus propias sombras.

Aún conservo una de sus máscaras: plateada, suave, cosida a mano. A veces la saco y me pregunto qué historias llevaban sus manos el día que la hizo. Ya no es solo tela. Es el recuerdo de un hombre que creyó que, incluso en una ciudad dominada por el miedo, la belleza valía el riesgo.

Cada hilo en esa máscara es un recordatorio: todos llevamos una para sobrevivir.

Su desaparición me impulsó a hacer mejor mi trabajo. Monterrey había sido una ciudad hermosa, y los Zetas la estaban arruinando para todos, tanto que ni siquiera un vendedor ambulante podía ganarse la vida honestamente. Era frustrante. Enfurecedor. Su muerte —o lo que haya sido de él— se convirtió en una promesa silenciosa que me hice a mí mismo: que hombres como él merecían algo mejor, que esta ciudad merecía algo mejor.

Hace mucho que me retiré, de mi trabajo y de Monterrey, pero cada vez que Blue Bayou suena en mi lista de reproducción, lo veo otra vez bajo aquel letrero desteñido de Coca-Cola, cosiendo esperanza en una máscara plateada. Esa voz, ese anhelo por un lugar intacto por la violencia. Monterrey fue alguna vez ese lugar. Tal vez por eso la canción sigue doliendo: porque, como cantaba Linda, todos queremos volver a un sitio seguro, a un lugar que ya no existe.

Leo Silva es un ex Agente Especial de la Drug Enforcement Administration (DEA) de los Estados Unidos que prestó servicios en el peligroso México.

Nota del Autor

Conocí al vendedor de máscaras durante uno de los periodos más oscuros en la historia de Monterrey. Su pequeño puesto en la esquina destacaba por su color, por su alegría: un desafío a la muerte en una ciudad que se ahogaba en el miedo. Para mí, su ausencia se convirtió en un recordatorio silencioso de por qué hacía mi trabajo y de por qué contar estas historias sigue siendo importante. Porque detrás de cada titular y cada estadística hay un nombre, un rostro y una vida que merecían algo mejor.

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