Lo que hoy se presenta bajo eufemismos de "revisión de cuentas" o "auditoría de gastos", esconde una realidad operativa alarmante: el desfinanciamiento sistemático del Programa Antártico Argentino. No estamos hablando simplemente de un ajuste fiscal más; estamos ante una parálisis que amenaza con convertir nuestras bases en cáscaras vacías y nuestra soberanía en una mera expresión de deseo.
La asfixia de la Campaña de Verano
La Campaña Antártica de Verano (CAV) es el corazón que bombea sangre a todo el sistema. Es el momento crítico donde se relevan dotaciones, se reparan estructuras, se abastece de combustible y víveres para el invierno polar y, fundamentalmente, se despliegan los equipos científicos.
Informes reservados que circulan entre el Edificio Libertador y el Palacio San Martín indican que la "motosierra" ha llegado a los rompehielos y a los aviones Hércules. La falta de giro de partidas presupuestarias está poniendo en jaque la logística más elemental. Sin fondos garantizados para el combustible naval, sin divisas para los repuestos de la aviación y con la provisión de alimentos cuotificada al extremo, la Argentina corre el riesgo real de dejar a sus científicos en tierra y a sus bases desabastecidas.
Una base antártica sin suministros no es soberanía; es una situación de supervivencia. Si el Estado se retira de la logística, la presencia argentina se reduce a una supervivencia testimonial, indigna de un país que se jacta de ser bicontinental.
El error conceptual: Militarizar la ciencia
Más allá del dinero, hay una batalla ideológica y burocrática que es tanto o más peligrosa que la falta de fondos. Existe una intención manifiesta de desplazar el eje de la política antártica desde la Cancillería hacia el Ministerio de Defensa.
Históricamente, la fortaleza del reclamo soberano argentino se ha basado en la ciencia y la diplomacia. El Tratado Antártico, del cual somos signatarios originales, consagra al continente a la paz y la investigación. La Dirección Nacional del Antártico (DNA) y el Instituto Antártico Argentino (IAA) son los organismos civiles que han legitimado nuestra presencia ante el mundo.
Al intentar vaciar de poder (y de caja) a la estructura civil de Cancillería para entregar el control total a la esfera castrense, el gobierno comete un error de cálculo geopolítico. No porque las Fuerzas Armadas no sean vitales —son el brazo logístico indispensable y heroico—, sino porque militarizar la gestión política de la Antártida debilita nuestra posición internacional. En un escenario global donde potencias como el Reino Unido buscan cualquier excusa para deslegitimar el reclamo argentino, transformar una presencia científica en una ocupación puramente militar es regalarles el argumento perfecto.
El vacío que otros llenarán
La política internacional aborrece el vacío. Cada metro que Argentina cede por inacción, desidia o "ahorro fiscal", es un espacio que otros actores están ansiosos por ocupar.
Mientras Buenos Aires discute si hay plata para el gasoil del rompehielos Almirante Irízar, otras naciones amplían sus instalaciones. Chile fortalece su puerta de entrada en Punta Arenas; el Reino Unido moderniza sus bases en las islas del Atlántico Sur y la península; China y Rusia miran con avidez los recursos estratégicos del futuro (agua dulce, minerales y biodiversidad).
Creer que la Antártida es un gasto superfluo es de una miopía estratégica imperdonable. La Antártida es la mayor reserva de agua potable del planeta y un regulador climático clave. Renunciar a la investigación científica —que es la moneda de cambio en el Sistema del Tratado Antártico— es autoexcluirse de la mesa de decisiones del futuro.
El desfinanciamiento del Programa Antártico no se arregla con un DNU ni se recupera en el siguiente ejercicio fiscal. Una serie histórica de datos científicos interrumpida pierde su valor. Una base cerrada se deteriora en meses bajo el clima polar. Un científico formado durante años que emigra por falta de proyectos es capital humano que no vuelve.
El gobierno parece olvidar que la soberanía no se defiende con discursos encendidos en redes sociales, sino con presencia efectiva, continua y profesional en el terreno. Desfinanciar la Antártida es, en la práctica, arriar la bandera. Y en el gélido tablero del sur, el país que se retira, aunque sea momentáneamente, quizás nunca pueda volver a ocupar su lugar.


Comentarios