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El espejismo de la Paz en el Líbano: Por Qué el “Alto el Fuego es una Entelequia Estratégica” (George Chaya)

Por Poder & Dinero

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En el caso específico de la frontera entre Israel y El Líbano, la idea de un cese definitivo de la violencia no es más que una entelequia, es una construcción teórica perfecta que único problema es que choca frontalmente con las dinámicas de supervivencia, disuasión y soberanía de los actores en pugna. 

Para comprender la naturaleza de las anunciadas treguas actuales -como el pacto mediado a finales de 2024 de 60 días y los intentos posteriores por sostenerlo- es imperativo despojarse de los lentes del idealismo institucional. No estamos ante el nacimiento de una era de reconciliación, sino ante una sofisticada reconfiguración táctica del equilibrio de poder. La guerra no ha terminado; simplemente ha cambiado de ritmo y lejos está de finalizar.

La herencia del fracaso de la Resolución 1701 ONU, desde su nacimiento a la actualidad traza a la perfección la genealogía de la actual inviabilidad de la paz cuando se trata con el dogma del terrorismo religioso. En otras palabras: “si con el terrorismo reivindicativo y laico, la posibilidad de alcanzar el éxito en una negociación era escaso, las chances de lograr un acuerdo con el terrorismo religioso “es de suma cero”. El análisis debe remontarse obligatoriamente a agosto de 2006. Tras una devastadora guerra de 34 días, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad la Resolución 1701.  El documento, impecable en el papel, exigía la creación de una zona desmilitarizada entre la “Línea Azul” (la frontera de facto entre Líbano e Israel -fijada por la ONU-) y el río Litani. En esa franja de terreno, de 32 exactos kilómetros de ancho, ningún grupo armado que no fuera el ejército oficial del Líbano o los “cascos azules” de la FINUL podía operar.

Sin embargo, Cuál fue la realidad pragmática a casi veinte años de lo que el sociólogo Johan Galtung definió como “paz negativa”: “a la que refirió como el equivalente a la ausencia de conflicto armado a gran escala, pero con una acumulación masiva de tensiones estructurales”. Hezbollah no solo no se desarmó incumpliendo la Res. 1701 y también la 1559 (del año 2005), sino que multiplicó exponencialmente su arsenal y capacidades militares ofensivas. El grupo shi´íta construyó una vasta red de túneles, almacenó cientos de miles de cohetes de precisión y drones, y perfeccionó su capacidad de combate de guerrilla. Por su parte, Israel continuó operando y respondiendo desde el espacio aéreo y terrestre libanés bajo la premisa de la vigilancia preventiva y la seguridad de sus ciudadanos residentes en sus pueblos y ciudades del norte de su territorio (el más castigado por Hezbollah desde 1982). Las instituciones internacionales, representadas en el terreno por la FINUL, demostraron su incapacidad intrínseca para imponer el desarme de un actor no estatal que posee, en la práctica, capacidades militares y políticas superiores a las del propio Estado que lo alberga. 

El estallido del 8 de octubre de 2023 no fue más que la consecuencia lógica de este dilema de seguridad irresuelto. Al abrir fuego en el norte de Israel en “solidaridad” con los terroristas de Hamas en la Franja de Gaza, Hezbollah dinamitó e hizo volar por los aires las últimas apariencias de la Resolución 1701.

La lógica realista detrás de los acuerdos que se han intentado entre las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y Hezbollah pactados en un alto el fuego, como el orquestado en noviembre de 2024, bajo el auspicio de Estados Unidos y Francia, ha demostrado a los analistas ingenuos -o que son parte interesada- que no buscan la “buena voluntad” de los firmantes, sino sus resultados estratégicos.

Para Israel, un cese al fuego temporal responde a tres necesidades operativas críticas: a) Gestión de recursos y fatiga de combate, mantener múltiples frentes activos de forma simultánea desgasta los recursos económicos, militares y la moral de las tropas de reserva, b) Presión interna: El desplazamiento forzado de más de 50.000 civiles del norte del país genera una crisis política compleja para cualquier administración en Jerusalén. Congelar las hostilidades permite proyectar un retorno de la población, c) Libertad de acción encubierta: Al no tratarse de un tratado de paz vinculante, los estrategas israelíes se reservan el derecho a realizar ataques “quirúrgicos” o bombardeos si detectan que el adversario viola las líneas rojas del rearme o la movilización al sur del Litani.

Por otro lado, para Hezbollah, la tregua representa una bocanada de oxígeno indispensable. Tras haber sufrido golpes devastadores en su estructura de liderazgo y en su infraestructura militar durante las incursiones terrestres y aéreas israelíes de finales de 2024 y las actuales, el grupo necesita tiempo. “El cese al fuego le otorga la ventana logística necesaria para reorganizar sus mandos, reabastecer sus arsenales a través de las porosas fronteras con Siria y consolidar su narrativa de resistencia ante su base social shi´íta en el Líbano”.

Bajo esta realidad, “el alto el fuego” no busca extinguir el fuego; busca evitar que los propios combatientes se quemen por completo antes de estar listos para la siguiente batalla. No obstante, los obstáculos infranqueables de la geopolítica confrontan con los postulados antes mencionados y existen factores estructurales que convierten la paz permanente en el sur del Líbano en una imposibilidad fáctica en el mediano plazo. El análisis político debe contemplar tres vectores inamovibles: En primer lugar, la asimetría de compromisos y la supervivencia organizativa. La principal exigencia de Israel para un cese de hostilidades duradero es el repliegue total de Hezbollah al norte del río Litani y su posterior desarme. Para Hezbollah, aceptar esto voluntariamente supondría firmar su propia sentencia de muerte política y militar en el país. La organización iraní deriva su hoy desgastada legitimidad interna ante muchos libaneses de su condición de “resistencia” frente a Israel. Despojarse de sus armas y abandonar sus bastiones territoriales en el sur significaría transformarse en un partido político convencional, perdiendo su principal carta de negociación y el poder de veto que ejerce sobre el Estado libanes por la fuerza de sus armas.

En segundo lugar, se encuentra la inoperancia y debilidad del Estado Libanés. Los acuerdos recientes suelen delegar la vigilancia del sur del Líbano al Ejército Libanés (LAF). Sin embargo, el análisis pragmático demuestra que las fuerzas armadas oficiales del Líbano carecen del presupuesto, el equipamiento y, por sobre todo, de la cohesión y voluntad política necesarias para enfrentarse a Hezbollah y forzar su repliegue. Es así que el país navega en un colapso institucional crónico; pretender que sus fuerzas armadas sometan a la milicia más poderosa de la región es pecar de una alarmante ingenuidad analítica.

Por último, el conflicto no es puramente un choque por delegación inserto en la gran arquitectura de seguridad de Oriente Medio. Hezbollah funciona históricamente como la pieza más valiosa del “Eje de la Resistencia” comandado por el régimen de la República Islámica de Irán. Las decisiones estratégicas del grupo sobre cuándo atacar y cuándo detenerse no la toma su dirigencia política-militar en los suburbios de Beirut, sino que responden directamente a las necesidades de disuasión y proyección geopolítica de Teherán frente a Israel y las potencias occidentales. Mientras persista la guerra fría (y caliente en ocasiones como la actual) entre Irán e Israel, la frontera libanesa seguirá siendo un polvorín listo para detonar.

Concluyendo, la guerra por otros medios, según el término que acuño Carl von Clausewitz, configura la célebre máxima de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En el intrincado laberinto del conflicto entre Israel y Hezbollah, se podría invertir el postulado: el alto el fuego es la continuación de la guerra por otros medios.  Pero no se debe confundir la ausencia temporal de bombardeos masivos con la resolución del conflicto. Los factores subyacentes que empujan a ambos actores al choque violento, la relevancia de la seguridad que da Israel a sus fronteras y la agenda político-militar de Hezbollah respaldada por Irán permanecen absolutamente intactas. 

Quien pretenda escribir o legislar sobre el Líbano, asumiendo que un acuerdo mediado por Estados Unidos, Arabia Saudita u otros actores de la comunidad internacional para poner fin a décadas de derramamiento de sangre, incurrirá  en el error del pensamiento ilusorio. En el terreno de la Realpolitik, las treguas son herramientas de ingeniería bélica. El alto el fuego no es el preludio de la paz, sino el cronómetro silencioso que marca la cuenta regresiva hacia el próximo e inevitable estallido de violencia.

Por George Chaya (Washington DC) *

*Professor George Chaya is a Senior Advisor on Middle Eastern affairs in National Security and expert in OSINT (Open Source Intelligence) based in Washington DC, USA.

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